Yo sólo quiero reflejar mi malestar en el mundo

Yo sólo quiero reflejar mi malestar en el mundo

“¿Quién pretende ser rico como escritor?”
Ana María Matute (Barcelona, 86 años) es hoy una mujer frágil en lo físico (es la edad, qué diablos…), aunque inquebrantable de espíritu. Se sienta en la silla de ruedas y deja que Juan Pablo, su hijo, la traslade a lo largo de los pasillos de la Biblioteca Nacional. O le pide ayuda a la ministra de Cultura, ÁngelesGonzález-Sinde, cuando no entiende una pregunta. “Es que estoy muy sorda…”, responde. Pero cuando habla, se hace entender.

Si le preguntan por El Quijote,dice que le aburrió como niña, pero le hizo llorar como adolescente. “Esa muerte, ese desencanto, esa frustración por pensar que tu vida ha sido una pérdida de tiempo…”

Si le preguntan por la literatura de consumo rápido, dice que siempre habrá algo bueno, un rasgo de valor, en el texto de un escritor “de verdad”. “Pero me inquieta la visión de algunos jóvenes, una visión escalofriante.

Y si le preguntan por el discurso que ofrecerá mañana en Alcalá de Henares, donde le entregarán el premio Cervantes 2010 (tercera mujer en recogerlo en sus 34 años de historia, tras María Zambrano y Dulce María Loynaz), dice que no dirá nada: “Si lo cuento ahora, con lo cortito que es… Además, tampoco puedo desvelarlo”.

Aunque lo mejor, lo mejor de verdad, surge cuando evoca su infancia. Ahí se libera, la escuche quien la escuche, la contemple quien sea. Es siempre así, ya sea ante la ministra Sinde u otras dos ex titulares de la cartera, como Carmen Alborch o Carmen Calvo, o ya sea ante una bebé de dos meses y medio que dormita en una esquina de la sala del Patronato, arrullada por la dulce voz de la fabuladora.

El discurso de Matute envuelve a los oyentes y retrocede en el tiempo, recuperando la infancia, un tema recurrente en su literatura, acaso por encima de cualquier otro.

“La infancia ocupa gran parte de nuestra vida, siempre está ahí, nos marca para siempre. Aunque a veces nos apartamos de ella, quizá porque no nos gusta recordarla, quizá porque nos gusta demasiado…”

“Yo tenía once años – continúa, tejiendo pacientemente su discurso-,cuando estalló la Guerra Civil. Entonces sólo era una niña que en el colegio oía cosas. Sin embargo, luego vinieron los bombardeos, el miedo. El momento en el que no sabes si echar a correr o pararte. Un miedo que se queda”.

El miedo del infante ahí queda, proclama, mientras la bebé se revuelve en el carrito. Y de aquellos polvos, estos lodos: de ahí emerge la introspección de la escritora, la soledad de la profesión, la soledad del hombre actual. “Es cierto: el hombre siempre ha estado solo. Pero antes se unía más, había más afectos y desafectos. Ahora veo a la gente muy sola”.

Paciente y entregada a las cámaras (se aferra a las rejas de la puerta de la Biblioteca Nacional, aguantando los fogonazos), Ana María Matute, la autora de Olvidado Rey Gudú,la obra que la rescató de la oscuridad, en el ya lejano 1996, se declara sola, solitaria. Es así, por mucho que la atienda su hijo Juan Pablo, por mucho que la interprete la ministra Sinde. “Pero es que la literatura es muy egoísta. Tiene que ser algo mío. Yo escribo desde mí, sin preguntarme si gustará, si esto que estoy escribiendo está o no dentro de la moda. Yo sólo quiero reflejar mi malestar en el mundo”, dice. No habrá malestar mejor recompensado. “Me siento feliz por el premio, pero también estoy nerviosa: en público no leo muy bien”.

Sergio Heredia
Publicado en: La Vanguardia

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