El mundo está hoy mejor que hace cien años, y mucho que mejor que hace mil

«El optimista vive más y vive mejor».
Entrevista a Luis Rojas Marcos, profesor en New York.
«En los botiquines debería ser obligatorio el sentido del humor», dice. Vino ayer desde Manhattan a Donostia para cerrar el congreso ‘Diálogos de cocina’
Viaja tanto entre los dos lados del Atlántico que ya tiene sus propias recetas para superar el ‘jet lag’: comer poco y una pequeña siesta. El psiquiatra sevillano afincado en Nueva York llegó ayer mismo a San Sebastián para clausurar ‘Diálogos de cocina’ con una defensa encendida del optimismo y el sentido del humor.

– No es fácil defender el optimismo hoy: peligro nuclear en Japón, Gadafi recupera fuerzas en Libia, la crisis econonómica golpea…
– No es fácil, no, pero soy un opimista histórico: el mundo está hoy mejor que hace cien años, y mucho que mejor que hace mil. La gran mayoría de las personas tenemos la capacidad de adaptarnos y superar la adversidad. Optimismo consiste en ver el futuro con esperanza, analizar el pasado primando los recuerdos positivos sobre los negativos y enfrentarnos al presente sabiendo que los problemas pueden tener solución. No pensar «que sea lo que Dios quiera», sino tener un papel activo. Y hablar: hablar es bueno para el corazón y para la mente. Al poner palabras a tus sentimientos reduces la intensidad emocional negativa. El optimista ve más motivos para vivir.

– Vivimos en una sociedad en la que el pesimista parece más inteligente y el optimista un ingenuo.
– ¡Pues yo para viajar en un avión prefiero un piloto optimista! Se ha avanzado tanto en la psiquiatría que cada vez hay más científicos que se dedican no a curar enfermedades, sino a otros aspectos que ayuden a superar problemas del ser humano. El optimismo y el amor se estudian de manera científica. Aplicando esos baremos comprobamos que la mayor parte de las personas es en realidad optimista. De cero a diez, la gente se sitúa mayoritariamente entre el 6 y el 8. El optimismo tiene mala fama en Europa. Los filósofos europeos llevan siglos lamentando qué desastroso es el mundo. En Estados Unidos, en cambio, se glorifica el optimismo: si vas a una entrevista de trabajo ni se te ocurra decir que no eres optimista. Allí se presume de felicidad.

– El amargado aquí mira al resto por encima del hombro, como con superioridad intelectual.
– El amargado desconfía de todo. Si tu le invitas a comer en casa, en vez de agradecértelo piensa que le quieres tender una trampa. Desconfiar de todo no lleva a ningún sitio. Yo empecé con 23 años de médico residente en un psiquiátrico de Nueva York: cuando llegaba el invierno los indigentes se acercaban y en muchos casos fingían una enfermedad para quedarse y dormir bajo techo. Un joven colega y yo nos enfrentamos al caso de un vagabundo que amenazaba con suicidarse. Pensamos que nos quería engañar: le citamos para el día siguiente y le dijimos que se fuera. Al instante intentó suicidarse allí mismo: sus tendencias suicidas eran reales. No hay que desconfiar por sistema, no hay que dar tantas vueltas a las cosas.

– ¿El optimista vive más?
– Sin duda. Más y mejor. Acabo de leer un estudio sobre enfermos renales que necesitan diálisis. Quienes dan un nivel alto en el estudio de optimismo viven más. Pero no por magia: el optimista piensa que puede ayudar a superar la enfermedad, toma las medicinas, va a la diálisis… Ni tira la toalla ni se encomienda a Dios: actúa. Quien tiene esperanza tiene más probabilidades: lucha más. Alguien que ha sufrido un infarto o un cáncer también vive mejor con esa actitud constructiva y positiva.

– ¿Hay estrategias para alimentar el optimismo?
– No es fácil en el caso de los adultos. Primero, la persona debe querer cambiar de verdad; segundo, necesita tiempo, y tercero, si va a un psicólogo necesita dinero. Pero en el caso de los niños sí se pueden fomentar actitudes positivas, valorar las pequeñas metas, hacer sentir al crío que puede controlar las situaciones.

– En un mundo tan informado una persona de Donostia con todas las comodidades puede vivir angustiada por el terremoto de Japón.
– ¿Pero dejará de pasear por La Concha por eso? Los seres humanos tenemos una gran capacidad para filtrar. Antes no vivíamos las desgracias ajenas en tiempo real, ahora sí. Pero lo que ocurría antes y ahora es que nos fascina la violencia. Hace dos mil años las gentes más educadas iban al Coliseo a ver gladiadores. Ahora la sublimamos en la tele. Y las malas noticias venden más.

– Usted recomienda que en los botiquines de urgencias haya un frasco de sentido del humor.
– Absolutamente, aunque sin llevarlo a extremos absurdos. El sentido del humor es útil para iluminar el futuro o el pasado o para torear incongruencias. Mi madre murió hace cinco años. Antes, le preguntamos si, una vez fallecida,prefería ser enterrada o incinerada. «Dadme una sorpresa», respondió con una sonrisa. El humor ayuda a relativizar. Darwin decía que la risa era útil como ejercicio físico.

– Nueva York dio la vuelta al 11-S, como usted estudió. El País Vasco se enfrenta hoy al fin de la violencia. ¿Sabremos superar cicatrices?
– Sí. Hace sesenta años la Segunda Guerra Mundial dejó más de cincuenta millones de muertos y el mundo lo superó con capacidad de adaptación y ‘mala memoria’. El olvido ayuda a liberarnos. Veo en los hospitales cómo la gente supera enfermedades terribles: eso vale para sociedades enteras. Antes había más violencia. ¿Quién preferiría vivir en el mundo de hace cien años? Ver la evolución con perspectiva invita al optimismo, también en el caso vasco.

– ¿Por qué un psiquiatra en una cita llamada ‘diálogos de cocina’?
– Me resulta divertido. Es un congreso muy bien organizado: estoy convocado desde hace un año. Mezclar psicólogos y cocineros es bueno para unos y otros.

– ¿Le gusta comer?
– De pequeño sufría muchas gastritis, pero descubrí que el problema era de cabeza, no de estómago. Aprendí a comer: sé qué me sienta bien y qué mal.

Mitxel Ezquiaga
Publicado en: eldiariovasco.com

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