Una revolución basada en la libre comunicación

La wikirrevolución del jazmín.
Opinión de Manuel Castells.
Las masivas protestas que derrocaron al dictador tunecino Ben Ali muestran nuevamente el poder de los movimientos sociales espontáneos en un entorno de comunicación digital. El proceso, que en menos de un mes hundió un régimen sólidamente asentado desde 1987, ha seguido una pauta familiar: un hecho dramático desborda la indignación contenida por el temor, suscita manifestaciones que reprime la policía y de inmediato las imágenes de represión y los mensajes de protesta se difunden en las redes sociales de internet, amplificando el movimiento hasta que los medios de comunicación no controlados por el Gobierno –en este caso Al Yazira– informany retransmiten las imágenes ymensajes que cuelgan los manifestantes en YouTube y otras webs. Conforme se difunde la protesta, se activan las redes móviles, los SMS, los twitts y las páginas en Facebook y otras redes, hasta construir un sistema de comunicación y organización sin centro y sin líderes, que funciona con suma eficacia, desbordando censura y represión.

En pocos días, decenas de miles de personas se unieron a Facebook y otras redes sociales. El grupo más popular en Facebook se llamaba “Su gente se está quemando, señor Presidente”. Y eso que ahora los gobiernos ya están avisados y ponen en marcha la ciberguerra y la censura en internet, borrando información en Facebook y bloqueando páginas de activistas, quienes respondieron con humor llamando al “Error 404” –característico de una interferencia informática– el “Ammar 404”, nombre del censor jefe. Pero cuando se desencadena el poder internauta es difícil contenerlo, como muestra la difusión viral de un videoclip del rapero Ben Amor, el General, que animó a los jóvenes a protestar. Y es que la conexión entre juventud y la cultura de internet está en la raíz del nuevo poder popular: en Túnez, como en muchos países musulmanes, la mitad de la población tiene menos de 25 años.

Por eso podemos hablar de wikirrevolución. O sea, de una revuelta cogenerada sin estrategia central, por la simple indignación de miles de jóvenes dispuestos a arriesgar sus vidas. No tanto, como se ha escrito, por el efecto de la revelación de cables estadounidenses por Wikileaks sobre la corrupción del régimen. Porque los tunecinos no necesitaban a Wikileaks para saber la corrupción profunda de su gobierno (la familia controlaba la mitad de las grandes empresas del país). La chispa que encendió la hoguera provino de la rabia subsiguiente a la autoinmolación del joven vendedor ambulante Mohamed Buazizi en la ciudad de Sidi Buzid. Y su suicidio fue un último grito contra la humillación cotidiana a que le sometía la policía local.

En ese gesto de morir por su dignidad se reconocieron muchos jóvenes, incluido otro del que se habla menos, Lahsin Naji, que se electrocutó colgándose de un cable de alta tensión en Sidi Buzid mientras gritaba: “Basta de miseria, basta de paro” (el paro juvenil rebasa el 40%). Cuando la policía ocupó Sidi Buzid, la revuelta se extendió por otras ciudades hasta llegar a Túnez. Y cuando, tras 72 muertos, se dio orden al ejército de disparar, los jefes militares se negaron y se interpusieron frente a la policía política. Conforme se difundían las revueltas, la televisión por satélite, que tenía la mitad de la audiencia frente a la infumable propaganda televisiva oficial, empezó a difundir reportajes especiales –en particular Al Yazira–, pero también la BBC en árabe, France 24, Al Hiwar y otras, captando la atención del mundo árabe (curiosamente mucho menos en el mundo occidental, pese a la emisión en inglés y francés). Al Yazira creó un sistema interactivo con la información difundida por internet por los propios ciudadanos, usándolos como fuente documental y también organizando grupos en Facebook, y transmitiendo directamente a los móviles de forma gratuita. Así parece emerger el nuevo sistemade comunicación de masas construido como mezcla interactiva y multimodal entre televisión, internet, radio y plataformas de comunicación móvil. La comunicación del futuro ya se usa en las revoluciones del presente.

Obviamente, no es la comunicación la que origina la revuelta. Esta tiene causas profundas en la miseria y la exclusión social de buena parte de la población, en la pantomima de democracia, en el oscurantismo informativo, en el encarcelamiento y tortura de miles de personas, en la transformación de todo un país en la finca de las familias Ben Ali y Trabelsi con el beneplácito de EE.UU., los países europeos y las dictaduras árabes. Pero sin esa nueva forma de comunicación la revolución tunecina no hubiera tenido las mismas características: su espontaneidad, la ausencia de líderes, el protagonismo de estudiantes y profesionales, junto con los políticos de la oposición y los sindicatos jugando un papel de apoyo cuando estaba el proceso en marcha.

Es más, el efecto directo de la caída del régimen ha sido una extraordinaria primavera de libertad de prensa. El insufrible canal 7 se convirtió en Televisión Nacional Tunecina e informa con independencia, como la popular radio Mosaique y los principales diarios Al Churuk y Al Sarih, que ahora exponen en titulares la corrupción del régimen una vez que los periodistas echaron a los directores. Esta comunicación libre hace difícil a los políticos de la transición manipular el proceso como quieren. Cada intento de gobierno continuista se encuentra con una oleada de informaciones sobre los nuevos líderes que alienta la persistente protesta popular contra un cambio de fachada. De modo que, aunque, como siempre en la historia, los mismos perros con distintos collares y con los mismos amos se aprestan a retomar el poder, la revolución del jazmín no será tan fácil de doblegar porque es una revolución basada en la libre comunicación. Quienes mejor lo saben son los regímenes árabes que están en estado de alerta. Ya ha habido diez autoinmolaciones de protesta en Egipto y otros países, las manifestaciones se suceden, internet se puebla de llamamientos y debates y Al Yazira gana audiencia en una juventud que siente el embriagador aroma de la libertad.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

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