Bill Gates, África y el optimista racional

África necesita ayuda, no teorías defectuosas.
Escribe: Bill Gates.
El periodista científico Matt Ridley se hizo popular con libros como “La Reina Roja: sexo y evolución de la naturaleza humana” y “Genoma, la autobiografía de una especie en 23 capítulos”. Su libro más reciente, “El optimista racional: cómo evoluciona la prosperidad”, es mucho más amplio, como lo sugiere su título. El tema es la historia de la humanidad, con un enfoque en por qué nuestra especie salió adelante y qué debemos esperar del futuro.

Aunque discrepo rotundamente con lo que Ridley propone en su libro acerca de algunos de los temas críticos que enfrenta el mundo hoy en día, su amplia narrativa tiene como base dos ideas que son muy importantes y poderosas.

La primera es que la clave de la prosperidad creciente a lo largo de la historia humana ha sido el intercambio de bienes. Este puede no parecer un punto muy original, pero Ridley lo lleva mucho más lejos que ningún otro escritor. El autor argumenta que nuestro éxito como especie, a diferencia de los homínidos más antiguos, fue el resultado de características innatas que nos permitieron comercializar. Poco después de que aparecieran los homo sapiens, utilizábamos objetos raros, como hojas de obsidiana, lejos de las materias primas que necesitábamos para producirlos. Esto sugiere que incluso en la etapa de caza-recolección de nuestro desarrollo, ya se habían establecido amplios lazos comerciales.

Ridley ofrece muchos ejemplos de cómo el intercambio permitió que grupos prosperaran, permitiéndoles, por ejemplo, adquirir anzuelos de pesca o agujas de coser. También hace énfasis en que incluso los grupos humanos más primitivos de hoy están abiertos al intercambio. Siempre pensé que esta disposición era sorprendente, si se toman en cuenta los riesgos involucrados, pero Ridley describe su valor adaptativo de manera convincente.

Los intercambios han mejorado la condición humana a través del desplazamiento no sólo de bienes sino también de ideas. No es de sorprender, dada su experiencia en genética, que Ridley compare esta combinación de ideas con la mezcla de genes en la reproducción. En ambos casos, el autor cree que el proceso, a largo plazo, conduce a la selección y el desarrollo del mejor resultado.

La segunda idea fundamental de su libro es, por supuesto, el “optimismo racional”. Como muestra Ridley, ha habido constantes predicciones de un futuro inhóspito a lo largo de la historia humana, pero no se han materializado. Nuestras vidas han mejorado de manera notable en términos de duración, nutrición, alfabetización, riqueza y otras medidas, y Ridley cree que se mantendrá esa tendencia. A menudo, este éxito apabullante ha sido menospreciado por predicciones espantosas sobre amenazas como la sobrepoblación o el cáncer, y Ridley merece crédito por enfrentar esa perspectiva pesimista.

Después de demostrar que muchos temores pasados resultaron injustificados, Ridley aplica su “optimismo racional” a dos problemas actuales cuya seriedad, en su opinión, es bastante exagerada: el desarrollo en África y el cambio climático. Es aquí, al explorar temas complejos en los que no tiene mucha experiencia, en que queda mal parado.

Ridley dedica 14 páginas a decir que todo estará bien en África sin que nos preocupemos por las probabilidades negativas. Esto es poco feliz y equivocado. ¿Su optimismo se justifica por el hecho de que al final las cosas parecen salir bien? ¿O los buenos resultados dependen en parte de nuestro cuidado y de tomar acciones para prevenir y resolver problemas? Estas son preguntas importantes, y no las responde.

Al escribir sobre África, Ridley se apoya en críticos que dicen, básicamente: “La ayuda no funciona, no ha funcionado ni funcionará”. El autor cita estudios que, por ejemplo, muestran que la ayuda no produce beneficios económicos a corto plazo, pero ignora el hecho de que las mejoras de salud, promovidas por la asistencia, han sido un factor fundamental en la reducción del crecimiento poblacional, que, a su vez, ha demostrado ser vital para el crecimiento económico a largo plazo. Quizá soy parcial en cuanto a la ayuda porque invierto mi dinero en ella y me reúno con mucha gente que está viva gracias a ella. Pero incluso si ese no fuese el caso, no me dejaría convencer por un análisis tan incompleto.

Es difícil conseguir desarrollo en África, pero tengo fe en que se va a acelerar. La ciencia desarrollará vacunas para el sida y la malaria, y la estrategia de ayuda de abajo a arriba o top-down, como se le conoce en inglés, que Ridley (y el economista William Easterly) critica, financiará la distribución de estas medicinas que salvan vidas. Lo que Ridley no reconoce es que temer el peor de los casos —ser pesimista, en cierto grado— puede ayudar a encontrar una solución.

Ridley desestima los temores sobre el cambio climático como otro ejemplo de pesimismo injustificado. Sus argumentos en este capítulo son provocativos, pero no logra probar que no deberíamos invertir en reducir los gases de efecto invernadero. Le pedí a Ken Caldeira, un científico que estudia ecología global en el Instituto Carnegie para la Ciencia, que revisara esta parte del libro. Caldeira subraya que Ridley destaca la reducción de emisiones contaminantes del aire en Estados Unidos pero no reconoce que ello se debe a regulaciones gubernamentales basadas en ciencia financiada con dinero público, a lo que Ridley se opone. Como Caldeira observa correctamente, “es una maravilla del desarrollo” que la economía de EE.UU. “pueda crecer cuando la contaminación del aire disminuye”. Yo sugeriría que lo que funciona para EE.UU., puede funcionar para todo el mundo en momentos en que lidiamos con los retos impuestos por el cambio climático.

“El optimista racional” podría ser un gran libro si Ridley no hubiera entrado en estas discusiones sobre políticas inapropiadas ni arremetido contra aquellos a los que considera pesimistas. Concuerdo con él en que hay ciertas personas que se preocupan demasiado por posibles problemas, y no me había dado cuenta de que este pesimismo fue tan común en los países ricos en los siglos recientes. Como dijo John Stuart Mill en 1828, en una cita del libro que disfruté de manera particular: “Me he dado cuenta de que no es el hombre que espera cuando otros se desesperan sino el hombre que se desespera cuando otros esperan, quien es admirado por una amplia clase de personas como un sabio.”

El caso de pesimismo excesivo más obvio en la época de Mill era el Manifiesto Comunista. En una de las mayores ironías de la historia, Karl Marx utilizó las ganancias de las fábricas textiles alemanas del padre de Federico Engels para financiar la redacción y distribución de una filosofía política que se basa en el pesimismo sobre el capitalismo.

El pesimismo tiende a ser malo porque la gente asume un mundo donde no existe el cambio ni la innovación. Simplemente viven el día, sin reconocer los nuevos acontecimientos que pueden alterar el curso actual. Por mucho tiempo, por ejemplo, las proyecciones de población han ignorado la posibilidad de que el crecimiento demográfico disminuyera a medida que el mundo progresase porque la gente que tiene más dinero y es más saludable no siente la necesidad de tener muchos hijos. (Para leer más sobre este tema, vea las excelentes presentaciones del sitio web Gapminder.org, del experto en desarrollo Hans Rosling).

Gran parte de la retórica sobre sustentabilidad asume de manera implícita que vamos a agotar nuestros recursos naturales, como si una materia prima nunca pudiera sustituir a otra. Pero siempre ha habido ese tipo de sustitución. El fallecido economista Julian Simon hizo una apuesta famosa con el biólogo Paul Ehrlich, autor de “La explosión demográfica”. En respuesta a la predicción de Ehrlich sobre que el crecimiento demográfico conduciría a una escasez de recursos y hambruna, Simon le apostó que el costo de una canasta de bienes básicos, que incluía cobre, cromo y níquel, disminuiría entre 1980 y 1990. Simon ganó la apuesta porque creyó que, a pesar del incremento en la demanda, el aumento del suministro sería superior. Y de hecho, para citar un ejemplo, las fibras ópticas no tardaron en sustituir al cableado de cobre en muchas tecnologías de las comunicaciones.

Hay otros problemas potenciales del futuro que Ridley pudo haber tocado y no lo hizo. Algunos incluirían en esta lista a las computadoras súper inteligentes. Mi propia lista incluiría al bioterrorismo a larga escala o una pandemia. (Ridley desestima brevemente la amenaza de una pandemia, al citar la falsa alarma del virus H1N1 el año pasado). El bioterrorismo y las pandemias son las únicas amenazas que preveo que podrían matar a más de mil millones de personas. Los desastres naturales parecerían otros buenos candidatos a temas de preocupación, pero Vaclav Smil, con su libro “Global Catastrophes and Trends” (algo así como “Catástrofes y tendencias globales”), me convenció de que hay muy pocas probabilidades de que un meteorito impacte la tierra o que un volcán haga erupción en Yellowstone (un parque nacional en el estado de Wyoming, en EE.UU.).

Aunque no podemos calcular las probabilidades de amenazas como un ataque bioterrorista o una pandemia, es importante que la gente adecuada se preocupe por ellas y tome medidas para minimizar su posibilidad y su potencial impacto. Sobre estos temas, el trabajo que realizan el gobierno de EE.UU. y otros países no me impresiona.

La pregunta clave que Ridley no aborda es la siguiente: ¿qué tiene de malo tiene preocuparse sobre y defenderse contra las amenazas que podrían convertirse en grandes problemas reales? Los padres se preocupan mucho por la seguridad de sus hijos. Parte de esa preocupación resulta en pasos constructivos para mantener a los niños seguros y otra parte en una emoción negativa que no ayuda a nadie. Si todos acordamos unirnos a Ridley como optimistas racionales, ¿significa que debemos dejar de preocuparnos sobre tendencias que podrían causar problemas y no hacer anda para anticiparlos?

Ridley dedica su atención a tan sólo dos problemas del presente, el desarrollo en África y el calentamiento global, y parece concluir: “No te preocupes, sé feliz”. Mi receta sería: “Preocúpate por menos cosas y aprende de las lecciones del pasado, incluyendo las lecciones sobre la importancia de la innovación”. Esto quizá me coloque en el grupo de los optimistas racionales, dependiendo de qué tan estrictos sean los requisitos. Aun así, no hay dudas de que el pesimismo extremo puede causar problemas respecto a cómo una sociedad se prepara para el futuro. El libro de Ridley debería provocar debates profundos sobre la importancia de este tema.

Como muchos otros autores que escriben sobre innovación, Ridley sugiere que toda la innovación proviene de nuevas compañías, sin ningún aporte de las empresas establecidas. Como pueden suponer, no estoy de acuerdo con esta visión. También pareciera que Ridley cree que la innovación significa simplemente idear un nuevo concepto, cuando en realidad la ejecución de la idea es crucial. El autor cita al inversionista de capital de riesgo Georges Doriot (1899-1987), que dijo que en cuanto una compañía tiene éxito, deja de innovar. Un gran contraejemplo es Intel, que desarrolló 99% de sus avances más trascendentales después de su primer éxito.

Ridley describe la economía del futuro como “post corporativa y post capitalista”, una frase suelta tonta. Nunca explica qué reemplazará a todas las compañías que descubrieron cómo hacer microchips o fertilizantes o motores o medicamentos. Por supuesto, muchas empresas nacerán y morirán —ese es un elemento clave del capitalismo—, pero las corporaciones seguirán promoviendo el grueso de la innovación. Es un problema peligroso y común subestimar la continua innovación que se produce dentro de corporaciones maduras.

En su esfuerzo por destacar el intercambio como el mecanismo clave para el éxito de nuestra especie, Ridley minimiza el papel de otras instituciones, incluyendo la educación, el gobierno, las patentes y la ciencia, los cuales, especialmente desde el siglo XIX, han jugado un papel central en las mejoras que ha experimentado la humanidad. Muy a menudo, cuando Ridley encuentra un ejemplo que minimiza las contribuciones de estas instituciones, parece que pensara que ha validado la idea de que el intercambio merece todo el crédito.

Nunca me dejan de sorprender las posibilidades científicas. Electricidad, acero, microprocesadores, vacunas y otros productos son posibles solamente gracias a nuestros esfuerzos por entender el mundo y cómo funciona. Los científicos e innovadores que investigan estos mecanismos están sumidos en un profundo proceso de descubrimiento. Sin su curiosidad y creatividad, ningún volumen de intercambio habría producido el mundo en el que vivimos hoy.

Bill Gates.
Copresidente de la junta directiva de la Fundación Bill & Melinda Gates y es presidente del directorio de Microsoft.
Publicado en: WSJ Américas

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