Vivir sin empleo no significa vivir sin dinero o en paro forzoso

“Para subsistir, la gente está creando economías paralelas”Julio Gisbert Quero, experto en alternativas a la economía del empleo.Entrevista a Ima SanchísTengo 44 años. Nací y vivo en Madrid. Estoy separado y tengo una hija. Soy informático y trabajo en una caja de ahorros desde hace 20 años. Creo en otra economía complementaria. No me adscribo a ninguna religión, pero colaboro con una asociación de diálogo interreligioso.¿Se puede vivir sin empleo?Sí, más allá de la economía formal existen opciones, y hoy la crisis obliga. En muchos países la gente se ha organizado y ha creado otras economías paralelas para poder subsistir dignamente.Es una muy buena noticia.La moneda social ya está trabajando en España. Consiste en una moneda que crea un colectivo en una zona geográfica concreta y que se utiliza como unidad de intercambio.¿Imprimen un papel y le dan nombre?Sí, y con él puedes intercambiar productos y servicios. Lo más normal es que se equipare a la moneda nacional. En Tarragona, por ejemplo, tienen el eco.Pero si no tienes euros no tienes ecos.La gente puede empezar a funcionar con un saldo a crédito. En cuanto hace un servicio a alguien ya está generando riqueza. Dentro de ese colectivo intercambian habilidades.¿Por ejemplo?Si tú sabes inglés, ofreces al colectivo esa habilidad. El colectivo te pagará en ecos o en otros servicios. En Argentina, cuando el gobierno bloqueó las cuentas y la gente se quedó sin dinero, crearon el arbolito, un billete de trueque, un mercado paralelo que permitía trabajar dentro de estas redes que rescataron de la miseria a más de dos millones de personas.¿Todo empezó con las redes de trueque?Sí, que derivaron en los bancos de tiempo: al recibir un producto o un servicio, el débito no era entre tú y yo, se gestionaba a través de la comunidad.Mi débito se lo puedo pagar a otro.Exacto, si yo te arreglo la bicicleta, me vas a pagar en horas, que ingresaré en mi cuenta del banco de tiempo. Si necesito que alguien me cuide a los niños una hora, extenderé un cheque de una hora a esa persona.Bonita alternativa.Los bancos de tiempo hacen una gran labor social, provocan que la gente se conozca y favorecen la autoestima, el “sirvo para algo”, que para un parado es esencial. En España hay unos 160 bancos de tiempo.Hay bancos de tiempo escolares.Sí, participan también profesores y padres. Pero sobre todo va orientado al apoyo entre los niños: un chaval consigue crédito dando clases a los pequeños para obtener un ordenador reciclado, por ejemplo. La divisa es la hora, y pueden incluirse objetos valorados en esa divisa. Y existen cuentas familiares: los créditos que generan unos pueden gastarlos otros. Una buena herramienta.¿Estamos saliendo del individualismo?Tímidamente, porque la publicidad e incluso la educación siguen promocionándolo. Es curioso, pero los catedráticos de economía no conocen estas iniciativas o no les dan importancia. Sin embargo, la moneda social no deja de ser un fenómeno económico como cualquier otro.¿Cuál es el problema?El sistema está tan estandarizado, tan esquematizado, que parece que sea imposible sacar un pie de ahí. Pero en estos momentos de crisis urge la creatividad.¿La moneda social puede ir más allá de la crisis?Sí, existen colectivos que se organizan en centrales de compra y se abastecen directamente de los agricultores, normalmente de productos ecológicos; el resultado es tan satisfactorio que no desaparecerán. Y esa divisa local no se mueve de la región donde tiene valor, con lo cual se promueve la economía local.¿Y cómo opera un banco comunitario?Por ejemplo, los palmares, del barrio de Palmares, en Fortaleza, Brasil, empezaron a circular y a crear riqueza local. Eran tan utilizados que se oficializaron a través de un banco. La gente podía vivir de esa segunda economía, incluso alquilar vivienda.¿Y el Estado se mantuvo al margen?El Banco de Brasil decidió permitir esas monedas siempre que se mantuviera la paridad con la moneda oficial. De esa forma, si Hacienda decide obtener beneficios de esa economía, podrá hacerlo fácilmente.Siempre tienen que meter la patita.Sí, la sociedad ha conseguido que gente que estaría ahora desempleada esté trabajando, que el barrio se haya enriquecido, y sin embargo el Estado ya está pensando en fiscalizarla. A mí también me parece fatal.Hábleme de Europa.En Alemania hay 60 experiencias de monedas sociales, tienen tanto auge que han creado una confederación de estas monedas. Pretenden crear una divisa regional, es el primer intento europeo. Y su lucha, por supuesto, es que estén exentas de fiscalidad.¿Qué otras alternativas hay?La ayuda mutua es el más allá de esta economía alternativa. Tú facilitas al grupo tu conocimiento, y se entiende que también puedes recibirlo. Los bancos de conocimiento operan a través de internet.¿Cuál es su ejemplo más inspirador?Desde mi perspectiva bancaria, que el primer banco de Suiza de pymes opere con la moneda social. Un modelo de éxito que se inició tras el crac del 1929 y que ha pervivido. Empresas que se han quedado sin efectivo, pero con existencias, intercambian los productos. Resulta una buena solución para la falta de crédito a las pymes.Entonces, de antisistema, nada.En absoluto, se trata de poder trabajar y vivir. Es la base social la que está creando, imaginando y sugiriendo cosas nuevas.”Para subsistir, la gente está creando economías paralelas”Más allá del sistemaVivir sin empleo no significa vivir sin dinero o en paro forzoso: “O se estanca el desempleo en porcentajes realmente altos, o intentemos iniciativas más originales para generar recursos”. Esas iniciativas ya existen: el trueque, los bancos de tiempo, las monedas alternativas, la otra banca, los sistemas de ayuda mutua. En Vivir sin empleo (Ed. Los Libros del Lince), Gisbert, vinculado profesionalmente al mundo de la banca y las finanzas, analiza esas opciones, dónde y cuándo se han llevado a la práctica y con qué resultados. Él mismo ha sido promotor de diversos movimientos asociativos en los que participa, y asegura que hay buenas opciones para vivir y trabajar fuera del sistema.Publicado en: La Vanguardia

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