Una salida laboral para invidentes

Manos que ven.Opción de integración para los inidentes en el gigante asiático.Los masajes tradicionales se han convertido en una salida laboral airosa para 150.000 ciegos en China.Con sus dedos, duros como tornillos, tienta los músculos del pie y repasa: aquí tienes el hígado, aquí el corazón… Son 64 puntos, como una sala de máquinas que controla a distancia el cuerpo. Li Jun rechaza quitarse las gafas de sol mientras trabaja. Como la bata blanca, integran su uniforme. Las lleva con orgullo. «No prueban mi invalidez, sino mi puesto de trabajo», se justifica.Hay unos 17 de millones de ciegos en China, según datos oficiales. Es difícil verlos fuera de los centros de masajes. La paradoja se acentúa en Pekín: el pavimento tiene relieves para ciegos, pero no hay ciegos en la calle. Algunos entonan viejas canciones en el metro con un vidente que toca el erhu, el violín chino. Los masajes de la medicina tradicional china son su principal salida laboral. Hay 150.000 masajistas invidentes (120.000 en salones de masaje; los restantes, dedicados a masajes terapéuticos), según la Federación de Personas Discapacitadas.El masaje de ciegos moderno nació en el Hospital de Masajes de Pekín en 1958. El programa nacional incluye formación, exámenes, registro de clínicas y políticas fiscales favorables a los empleadores. El objetivo es dar salida a un colectivo que en China siempre lo tuvo siempre especialmente crudo.Una enfermedad hereditaria empezó a nublar la visión de Li cuando era un niño. Sus padres no pudieron pagarle la operación que le habría salvado. El 70% de las cegueras en China se deben a cataratas congénitas operables, según la organización para ciegos chinos Bethel. A Li, las persianas se le acabaron de bajar a los 14 años. «A base de mucho esfuerzo, mi abuela aprendió a cocinar y limpiar. Nunca pudo trabajar fuera de casa, ganar un salario. No puedo quejarme», explica acabado ya el masaje y sin gafas.Una lacra ancestralContra los minusválidos chinos juegan muchos elementos. En zonas rurales son el fruto de un mal karma que los padres deben purgar, un oprobio social. Se añade la política del hijo único y la falta de coberturas sociales: un hijo es quien te mantendrá en la vejez y no una carga vitalicia. En la escala de preferencias, un hijo ciego va incluso por debajo de una hija. Muchos son aún hoy entregados a orfelinatos. El giro, pues, es radical: de mantenido a soporte familiar.A sus 26 años, tras tres de estudio y cuatro de prácticas, Li envía a sus padres de la provincia de Hebei una parte de los 1.500 yuanes mensuales. Sus jornadas se alargan 14 horas y dispone de uno o dos días de descanso mensual, pero su situación es privilegiada en comparación con el resto de minusválidos. Hoy los centros de masajes de ciegos abundan, y aun así la oferta no cubre la demanda. Los cientos de academias, públicas y privadas, no alcanzan a nutrirlos. La Escuela Tuina de Masajes, en el sur de la capital, forma a ciegos y videntes sin separarlos. El aprendizaje de los primeros es necesariamente más lento, por cuanto el profesor debe acompañar sus manos. No hay más diferencias. Obtienen el título básico que les permite ejercer tras un curso de tres meses donde aprenden teoría de la medicina tradicional, tratamiento de enfermedades comunes y masajes de pies. La mayoría llegan de las provincias más pobres del interior, donde estarían condenados a la inactividad o la mendicidad. «Es el mejor trabajo para ellos, el más seguro y el que mejor potencia sus habilidades», opina Zhang Hai-Yan, su directora.La cuestión recurrente es si un ciego es mejor masajista. Que la pérdida de un sentido potencie el resto es una cuestión científica que rehúye Zhang. «Lo que importa es la formación de cada uno, su experiencia», dice, aunque sí admite en los ciegos más concentración.Afinadores y adivinosEn el centro de masajes de Li también trabaja Wang, vidente. Ambos recuerdan la memorización de cientos de palabras y puntos de energía como infernal y niegan la ventaja de la ceguera. Un ama de casa con la cesta de la compra, un jubilado y un joven con dolores dorsales pasan por las manos de Li mientras Wang chatea con su portátil.Muchos ciegos se han empleado también en los últimos años como afinadores de pianos, profesión al alza que se añade a la tradicional de adivino. En la época imperial se les preguntaba por el resultado de guerras futuras y otras cuestiones. Hoy, en la crecientemente supersticiosa China, unos pocos se ganan así la vida. No es fácil. Deben enfrentarse al estudio del I Ching, el libro sapiencial y oracular escrito hace 3.000 años sobre el que pivota el taoísmo, una madeja de tallos de milenrama, trigramas y otros conceptos abstrusos. «Ni me lo planteé. No soy lo bastante listo ni tengo verborrea», explica Li.Publicado en: El Periódico

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