Domingo 25 de Febrero del 2018
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Sentido y razón al periodismo más irremplazable


Érase una vez el periodismo.
Denominaban al periodismo el cuarto poder y la historia demuestra que el fango, la corrupción, la mentira y el abuso son ancestrales y fraternales acompañantes del poder. La lógica induce a sospechar que el periodismo también debe de compartir a veces esas lacras, aunque proclame continuamente y sin sonrojo que su esencia y su meta son la investigación de la verdad, la independencia, la libertad de expresión, la objetividad, la denuncia de la injusticia, en fin… esas cosas tan edificantes, solemnes y bonitas.

Cuando el cine se ha ocupado de él, algunos descreídos geniales como el escritor y antiguo periodista Ben Hecht, y los directores Howard Hawks y Billy Wilder, se empeñaron con las divertidas y memorables Luna nueva y Primera plana en mostrar el reverso canalla del periodismo, la manipulación como norma, la mezquindad, el todo vale con tal de vender el producto, sus alianzas con la conveniencia. Y, cómo no, el impresionante Welles de Ciudadano Kane, inspirándose en el personaje del magnate de la prensa William Randolph Hearst, hizo un retrato complejo y terrorífico de alguien que encarnó poder absoluto, capaz de propiciar una guerra o destrozar la reputación y la existencia de cualquiera, inocente o culpable, que no aceptara sus órdenes.

Son admirables la precisión, el dinamismo, la claridad y el tono que utiliza Spielberg para narrar esta complicada historia, su tenso y brillante homenaje no solo a los profesionales que alguna vez otorgaron sentido y razón al periodismo más irremplazable, el que hurga en los engaños del poder político, sino también a la aparentemente grisácea dama que jugándose todo lo que poseía consiguió que la gente fuera consciente de esa mentira tan trascendente y celosamente guardada. Esa señora es la dueña del periódico. Y a diferencia del mítico, audaz y posibilista editor Ben Bradlee, ella parece débil, heredó el cargo de su padre y de su suicida marido, tiene mucho miedo y no parecen sobrarle el coraje y la determinación, abogados y consejeros (el Post acaba de salir a Bolsa) intentan persuadirla de que frene la publicación de la noticia, tiene todo en contra, desde el Estado a los jueces, su ruina será total si fracasa.

Spielberg hace emotivo y apasionante con su arte el insólito triunfo de los buenos, de los que defendieron cuestiones tan importantes como inaplazables.

Todo resulta creíble en esta película excelente. Y Meryl Streep está más allá del elogio. Esta actriz inyecta veracidad a cualquier personaje que interprete. Y sus registros son inacabables. Puede ser (no parecer) lo que dé la gana.

Carlos Boyero
Publicado en: El País

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