Domingo 25 de Febrero del 2018
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No todo está perdido


Contra la impotencia y el tedio.
La política no consiste en ocupar cargos, sino en dinamizar las ideas, en integrarlas, en buscar el bienestar y la felicidad del ciudadano. Y debe ser creíble. La credibilidad de un sistema radica en la existencia y realidad de los controles a los que se somete el poder; quien más poder tiene debe ser el más controlado, ya que al administrarlo o al desplegar la acción legislativa sus detentadores deben ser conscientes de que son meros usuarios del mismo, en tanto que el pueblo al que sirven es su titular y ante él deben responder. Por ello la recuperación de la ética en la gestión pública es básica y fundamental.

Si queremos que la sociedad actual y la del futuro resulten fortalecidas, necesitamos líderes cuya marca sea la de la ética y la responsabilidad para hacer real la necesidad de seguridad física y jurídica, apoyada en los valores básicos del Estado de derecho que la defienden de las agresiones, sean estas internas o externas, y que la dotan de una fortaleza institucional indiscutible.

Creo que fue Napoleón Bonaparte quien dijo que dos fuerzas guían al hombre: el miedo y el egoísmo. Es posible que esta definición sea válida para cierta categoría de individuos: aquellos insolidarios, que carecen de empatía, que priman la satisfacción personal sobre los valores de la convivencia. Personas individualistas y sin duda temerosas de perder un estatus que parecen pasar la vida persiguiendo, para luego aferrarse a él por encima de cualquier otra consideración.

En mis años de judicatura he tenido ocasión de conocer a demasiadas personas que nutren la patología social en sus peores ejemplos. Desde luego, otro de los escenarios en los que se constata esa máxima, ampliada con el cinismo y la soberbia, es el de la política. Es cierto que estas patologías están en la base de muchos males. Y producen un efecto multiplicador, ya que la carencia de valores alienta el desapego y la búsqueda del propio bienestar, un bienestar basado en la cultura del dinero, el consumismo, la envidia, el aprovechamiento y la corrupción por conseguir aquello que tiene el otro.

En el entorno vital más primario, en el profesional, laboral e incluso lúdico, hay muchos individuos que reúnen estas características y que no son capaces de salir de ese bucle de mediocridad que, a la postre, los mantiene en una situación inducida por diferentes agentes, por los poderes económicos, por el consumo, por demasiados políticos, por los medios de comunicación que hacen de altavoz a los anteriores ahogando otras voces que llaman a corregir actitudes.

¿Qué ocurre con los niños y con los jóvenes? El mal ejemplo de sus mayores puede llevarlos a obviar el esfuerzo y perseguir un futuro de adultos acomodados a la espera de que un golpe de suerte mejore la situación y los convierta en personajes ricos y famosos.

Despojar a la escuela de elementos como la educación ciudadana u otras materias que contribuyen al bagaje humanista de los que se están formando es perverso. Supone negar a la persona herramientas para forjar su valía personal, su madurez, su capacidad de crítica, su formación social y política, su afán de superación, el brillante aliento de tener la alegría y la aspiración legítimas de unirse a otros seres humanos con el fin de colaborar en conseguir una vida mejor y más plena, de avanzar, descubrir y plantear como meta la felicidad propia y del conjunto.

Contra la impotencia y el tedio

Frente a esos elementos nocivos, es bien cierto que también existen otras personas que se levantan cada día con el ánimo activo y bien dispuesto a combatir la indiferencia.

Seres admirables que son capaces de denunciar un atropello a la convivencia, de defender a las víctimas de crímenes horribles, de apoyar causas justas enfrentándose a poderes omnímodos y temibles. Personas que se ponen en el lugar del otro, no para aprovecharse de él, sino para comprenderlo, respetar su diferencia, integrarse en una diversidad cada vez más diferente pero más igualitaria, o para construir un país más justo, menos excluyente; o para exigir transparencia a los Gobiernos o una justicia independiente. Todo ello anteponiendo el servicio público al interés personal, el sacrificio por los demás a la comodidad, la beligerancia y la indignación ante la injusticia al adocenamiento de la indiferencia, y la defensa de las víctimas a la impunidad de los perpetradores prepotentes y obscenos.

Este tipo de buenas personas está en todas partes, ya en lugares humildes o en los prósperos, en países que luchan por la subsistencia y en otros que no sufren apenas carencia alguna.

Desde quien cede su asiento en el bus a alguien que lo necesita hasta los hombres o mujeres capaces de prestar algo de su tiempo como voluntarios en un comedor social, acompañando a gente que vive en soledad o repartiendo por la noche sopa caliente a desafortunados que sufren el invierno en la calle. Son el contrapunto necesario en un mundo hostil, por la voluntad de quienes más lo agreden y propagan la desesperanza y el miedo. Y son de quienes deberíamos aprender que es posible cambiar lo que nos queda por vivir y construir, y con ello dibujar un futuro con menos desigualdad y más afecto.

Comparto con todos ellos un sentimiento de urgencia por dar un cambio radical a la expresión de hastío en la que naufraga una parte de la sociedad ante la falta de respuestas o ante la arbitrariedad de las mismas. Si permanecemos inermes, pasivos, acomodados, corremos el riesgo de que nos consuma el tedio y nos conduzca a una especie de adormecimiento inducido.

Entonces, ¿qué respuesta daremos a la pregunta que subyace en todo este planteamiento? ¿Cómo salir de esta impotencia para evitar que fermente y dé vida a los peores demonios que cada uno de nosotros albergamos? Desde luego no queda otra que gritar con indignación “Ya basta”, “No en mi nombre”, y a continuación levantarse y actuar. Siempre adelante, siempre convencidos de que se puede cambiar el curso de los acontecimientos y que el determinismo no es la filosofía que debe guiar nuestras vidas.

No todo está perdido. Cada día, cada momento, podemos hacer diferente lo que hasta ese instante parecía imposible.

La utopía no tiene por qué ser una frustración, sino el aliciente que alimente esa confrontación permanente del ser humano en la lucha por su supervivencia armónica en un entorno natural y sostenible.

Fragmento de ‘La indignación activa’ (Planeta), de Baltasar Garzón, que se publica el 23 de enero.

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