Jueves 27 de Julio del 2017
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Los viejos rockeros del socialismo. Manuel Castells


El efecto Corbyn.
Los grupos y músicos más creativos concurren cada solsticio de verano en el Festival de Glastonbury, en el sudoeste de Inglaterra. Esta vez la estrella del festival fue un político de 68 años, abstemio, vegetariano y socialdemócrata a la antigua, aclamado por miles de jóvenes. Corbyn proviene de esa prehistoria política anterior a Blair y a su tercera vía.

Nada de aceptar la ley del mercado como parámetro de la sociedad, ni rendirse a la globalización financiera, ni tragarse la fábula de la ineficiencia de lo público, ni considerar inevitable la indefensión de los trabajadores en la economía colaborativa en que unos colaboran y otros se aprovechan.

Este veterano político que siguió fiel a sus convicciones de origen en plena vorágine neoliberal decidió dar la batalla en el Partido Laborista tras la debacle electoral del 2015. Se candidató a líder del partido con un programa de izquierda frente a tres candidatos del laborismo acomodaticio con la derecha. Tuvo en contra al grupo parlamentario y a los grandes del laborismo, como Blair, Brown o Straw. Ganó con el 59% del voto de los delegados. Un año más tarde, ante la oposición interna volvió a hacer una elección en el partido y ganó por un margen aún mayor, favorecido por la incorporación de muchos jóvenes. Aun así, los laboristas sufrieron un revolcón en las elecciones municipales.

Por eso cuando Theresa May decidió convocar una elección anticipada para remachar el Brexit, Corbyn decidió jugársela con un programa sin ambigüedad, centrado en la lucha contra las ­políticas de austeridad y anclado en los temas clásicos de la izquierda: nacionalización parcial del sector energético y de servicios públicos como ferrocarril, autobuses y correos; un ambicioso programa de infraestructura industrial y tecnológica; una fuerte inversión en salud, educación y vivienda, restableciendo los servicios que habían ido recortando tanto los conservadores como los laboristas; matrícula gratuita para todas las universidades y ayudas a los estudiantes; seguridad mediante el aumento de policías en las calles, en lugar de apostar por los cuerpos especiales; y financiación de toda la inversión pública mediante un endeudamiento de 250.000 millones de libras, a pagar a plazos mediante recursos fiscales incrementados a través de impuestos a los más ricos y, sobre todo, un aumento de impuestos del 26% para las grandes empresas. Sobre el Brexit pasó de puntillas, aceptando el resultado del re­feréndum pero pidiendo negociar la continuidad de la asociación con Europa en nuevas condiciones. Tal pro­grama fue objeto de burla por parte de casi todos los medios, los expertos, las élites políticas y financieras. Unas semanas antes de la elección, los sondeos daban a los conservadores 20 puntos de ventaja.

Pero la noche del 8 de junio la sonrisa irónica de las élites se heló. El porcentaje de voto para Corbyn fue del 40%, muy cerca del 42,5% conservador. Y aunque la ley electoral, como siempre, tradujo esa escasa ventaja en más escaños, los laboristas ganaron más de 31 escaños y acabaron con la mayoría absoluta de los conservadores. Más aún, lo inesperado del resultado ha provo­cado una crisis profunda en los conservadores, mientras que ha dado alas a Corbyn a quien algunas proyecciones dan por ganador si se celebraran nuevas elecciones.

El cambio de opinión política se debió esencialmente a la movilización masiva de los jóvenes, que votaron en un 64% en el grupo 18-24 años en contraste con su tradicional abstención y lo hicieron por Corbyn.

La ventaja laborista fue considerable en los grupos de menos de 55 años, y sólo fue compensada por el voto ampliamente mayoritario para los conservadores a partir de los 55 y, sobre todo, de los 65. Fueron los sectores más educados los que apoyaron al laborismo. O sea la edad y la educación fueron más decisivos que los tradicionales criterios de voto de clase. Aunque también recuperó Corbyn el voto sindical en zonas de vieja industrialización del norte y Escocia. Es decir, la precarización de los jóvenes y el rechazo a la austeridad castigaron las políticas neoliberales que habían imperado en el Reino Unido como en Europa. Se evidenció la existencia de un espacio político socialdemócrata que los propios laboristas habían abandonado.

Las consecuencias de la elección de Corbyn han sido inmediatas: los conservadores ya están buscando sustituir a May, considerada responsable de una campaña nefasta y arrogante tras el Brexit. El líder del Brexit, Boris Johnson, es un obvio candidato a reemplazarla, pero hay una verdadera revuelta en el partido que busca líderes más jóvenes que conecten con la nueva generación. El éxito de los conservadores en Escocia, a expensas del nacionalismo escocés, lleva a algunos a proponer a su líder, Ruth Davidson, lesbiana y boxeadora, una interesante imagen en el tradicionalismo británico. No es anecdótico, porque el DUP, el partido extremista norirlandés que permite gobernar a May, es antigay, mientras que Davidson quiere casarse con su compañera.

Pero el efecto Corbyn va más alla de las islas. De repente Schulz, el candidato socialdemócrata alemán contra Merkel (con quien gobierna), decidió virar a la izquierda para la elección del otoño amagando incluso una alianza con verdes e izquierda. No parece tener posibilidades porque es un político tradicional que nunca fue de izquierda, a diferencia de Corbyn. Pero es significativo. En Estados Unidos Bernie Sanders está volviendo a movilizar refiriéndose al ejemplo británico. Y es probable que Pedro Sánchez se sienta reivindicado en su apuesta de gobernar desde la izquierda. No hay partidos nuevos y viejos, sino ciudadanos jóvenes, con inclinación de izquierda, y viejos que, en su mayoría, son de derecha.

El efecto Corbyn indica que otra política es posible, que el neoliberalismo no es un destino inexorable y que los viejos rockeros del socialismo aún conectan con los jóvenes.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

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