Domingo 24 de Septiembre del 2017
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La transición fue el resultado de la única transacción posible. Juan-José López Burniol


El Rey.
Es inevitable. Para mí, el Rey sigue siendo don Juan Carlos de Borbón. Por inercia. Porque lo asocio a aquella etapa de mi vida en que viví con inquietud, esperanza y, al final, con satisfacción profunda la consolidación de un régimen político normal en España. No les extrañe que use la palabra normal para referirme a la democracia. Es la que usé, durante años, cuando lo que más me dolía de mi patria era que no fuese una democracia homologable con la vigente en los países de su entorno. Recuerdo que, la primera vez que salí al extranjero con una beca a comienzos de los sesenta, me avergonzaba de que España fuese una dictadura al hablar de política con mis compañeros de otros países en el colegio mayor donde residía. Por esta razón, porque convirtió a España en un país normal, ensalzo siempre la transición.

Y, por esta misma razón, tengo en alta estima a tres personas que, llegado el momento y aunque con grados de protagonismo diversos, encarnaron los personajes para mí más decisivos de la trama: Juan Carlos de Borbón y Borbón, Adolfo Suárez González y Santiago Carrillo Solares.

Sin perjuicio de que el auténtico motor de la transición no fue ningún impulso individual, sino el miedo. El miedo colectivo y acerbo a repetir la barbarie abyecta y sin sentido de la Guerra Civil. Una Guerra Civil entre pobres, que se prolongó durante tres años gracias a la política de no intervención de una Europa que, como suele, emuló al que parece ser su auténtico modelo: Poncio Pilato, quinto prefecto de Judea, que se lavó las manos consintiendo cobarde el suplicio y muerte de Jesús de Nazaret.
Ya sé que lo que ahora se lleva es denigrar la transición. Que si fue un pacto nefando y acomodaticio, que si no se condenó el franquismo, que si no se han reparado los desafueros de la dictadura, que si han perdurado símbolos, rasgos y formas de hacer propios de un régimen autoritario. Es cierto. Muchas de estas cosas son ciertas, pero para evitarlas hubiese sido necesaria otra realidad distinta.

Porque la vigente al tiempo de morir el general Franco venía marcada por estos hechos: 1) La guerra española fue una guerra civil –de media España contra la otra media–, no una guerra contra un enemigo exterior, y la media España que la ganó mantuvo el poder en sus manos durante más de un tercio de siglo. 2) El general Franco murió en la cama y dejó tras él unas instituciones que ejercían férreamente el poder, si bien estas estaban en manos de muchos que ya sentían la necesidad –la conveniencia– de un cambio. 3) La sociedad española, que estrenaba un incipiente y modesto bienestar fruto del crecimiento de los años sesenta, estaba despolitizada y escarmentada, sin perjuicio del comportamiento valeroso de quienes lucharon por la libertad y la democracia con un sacrificio personal heroico, dando pruebas de ello hasta el extremo.

Por tanto, así las cosas, la transición fue el resultado de la única transacción posible en aquellos momentos. Una transacción que, como todas, deja siempre un sabor de insatisfacción en los puros, los intransigentes, los inquisidores, los predicadores y en todos cuantos sacan pecho de hojalata a toro pasado.
Por todo ello ha sido un error descomunal e inexplicable que el rey Juan Carlos no haya sido invitado al acto solemne de conmemoración de la transición en el Congreso. He leído que don Juan Carlos ha comentado que “incluso han invitado a las nietas de la Pasionaria”. Lo cual me parece muy bien, porque celebro que estuviesen presentes las descendientes de una vasca de Gallarta tan profundamente española como fue Dolores Ibárruri Gómez. Pero también debía haber estado don Juan Carlos. Con tantos títulos, al menos, como el que más. Y no se diga que hay dos capítulos de su vida que obligan a marcar distancias con toda su trayectoria. Los conozco. Pero no obstan para reconocer y agradecer que, llegado el momento decisivo de su vida, don Juan Carlos acertase haciendo lo que tenía que hacer. No era fácil. Y eso basta. Todo lo demás, sus errores, la ejemplaridad mancillada y los juguetes rotos, son cosa suya.
Prefiero no saber quién tomó la decisión de excluir de la celebración a don Juan Carlos. Sin embargo, en todo caso, sí me queda añadir una cosa. Es cierto que, en una democracia, la legitimidad política procede única y exclusivamente de los votos. Pero mientras la forma de gobierno sea la monarquía, los reyes no deben olvidar nunca que, en su caso, a esta legitimidad democrática esencial, se yuxtapone –aunque sea a efectos exclusivamente internos– una evidente legitimidad familiar: se es rey porque se es hijo del que fue rey. Por lo que nunca se puede prescindir o preterir esta relación que constituye precisamente la esencia de la institución monárquica, que es una institución familiar.

Estoy seguro de que el rey Felipe VI, hombre discreto y prudente, contenido y reflexivo, lo tiene claro. Y al rey Juan Carlos le diría, si se terciara, que somos muchos los españoles, envejecidos con él, que le guardamos gratitud. Ya para siempre.
Al rey Juan Carlos le diría que somos muchos los españoles, envejecidos con él, que le guardamos gratitud. Ya para siempre.

Juan-José López Burniol
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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