Martes 23 de Mayo del 2017
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El gran dilema del PSOE. Joana Bonet


Joana BonetEl desencanto de la rosa.
Qué lejos quedan aquellos tiempos cejudos en los que artistas e intelectuales –de Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat y ­Miguel Bosé a Pedro Almodóvar, Boris Izaguirre, Jesús Vázquez, Núria Espert, y hasta Bernardo Bertolucci o Daniel Barenboim– arropaban a quien quiso jugar a ser nuestro Obama, José Luis Rodríguez Zapatero, e incluso asumían el apelativo de “artistas de la ceja”. Era el 2008 y a ZP le cantaban, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, un poema de Mario Benedetti musicado por Serrat: “Defender la alegría como un derecho / defenderla de dios y del invierno / de las mayúsculas y de la muerte / de los apellidos y las lástimas / del azar”. Aunque la crisis ya sobrevolaba en el horizonte, era conjurada con un optimismo infantiloide, descorchando libertades, vibrando.

Cuánto han cambiado aquellos Ana Belén y Víctor Manuel, Imanol Arias, Ramoncín o Antonio Banderas –a los que el inefable ­Jesús Gil denominó güisquiprogres– escoltando a un Felipe aún vivaz y magnético antes de que se convirtiera en jarrón chino y perejil de todas las salsas.

Actualmente, no hay famosillo que quiera posar con la terna de candidatos a la secretaría general del PSOE. La política, a la que prestaban sus voces y rostros, mancha e incluso salpica de mierda.

La pérdida del apoyo social del PSOE es clamorosa: ni una cara, ni una foto, ni una celebrity.

Para entender esta desafección, habría que recordar aquella terrible frase de Rafael Sánchez Ferlosio afirmando que “cuando los socialistas oyen cultura extienden un cheque en blanco”. Eran los años ochenta, y los fondos destinados al cine, la moda, la literatura o la música fluían, mientras que la cultura del pelo­tazo, seguida de la crisis y la post crisis, han levantado un muro que ha dejado fuera a artistas e intelectuales.
Hoy, unos apelan a las bases, y otros al pedigrí. El Susanato por fin ha movido ficha, custodiado por los restos arqueológicos del socialismo español. Aún no me he podido recuperar del impacto: ¿qué hacían ahí todos esos señores con el gesto congelado en sus caras de piedra? Además del clásico enconamiento entre Felipe y Guerra, está la competencia de Felipe y Zapatero en Venezuela: el primero es abogado de Leopoldo López pero no puede verlo, mientras que ZP, bien reci­bido por Maduro, sí ha podido visitar al líder disidente. No han coordinado una estrategia común porque no se llaman ni se hablan.

A su lado sentaron a Rubalcaba, contra quien actuó Susana Díaz al apoyar a Pedro Sánchez en lugar de al delfín de Alfredo, Eduardo Madina, al que ahora, en cambio, ha sumado a su candidatura. “Nada une más que un enemigo común”, me dice el asesor de comunicación Luis Arroyo, que ha trabajado para los tres candidatos. El “todos con Susana” es también un “todos contra Pedro”. Pero la militancia de base cabalga a otro toque, y en Valencia el ciudadano Sánchez –competitivo, tenaz, trabajador, resuelto, frío– reunió a un buen puñado de simpatizantes, mientras que la salida de la Virgen del Rocío del Susanato se preparó con meses de anticipación. “Ella es cariñosa, cuidadosa con la gente; no le gusta la contienda a campo abierto, prefiere la competición de salón” me cuentan. Converso también con Ignacio Molina, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, y relativiza la debacle del PSOE: “Si por declive entendemos sólo el apoyo electoral, en Europa Occidental, en general, la socialdemocracia atraviesa un mal momento, sí. En Holanda, Grecia o Irlanda su representación no pasa del 5%; pero en Alemania, Italia y Portugal supera el 25%, y en España está un poco por debajo”. También me dice que lo que se ha acabado es la alternancia, y que el PSOE del futuro debe definir su posición en el tablero de juego político.

Este es el gran dilema. Hablo con amigos del entorno oficialista y aseguran que “el Pedro Sánchez que se escora a la izquierda es un personaje que ha acabado creyéndose”, y otros en sintonía con él razonan que “para derrocar a un secretario general elegido por la militancia había que haberle preguntado a la militancia”, o que “el partido está muy envejecido y totalmente controlado por el establishment. Los jóvenes no se sienten identificados, y ahí está la clave”. Domina un sentir desconcertado, y poca idea de lo que pasará a finales de mayo. Paul Valéry razonó que en toda disputa no es una tesis lo que se defiende ­sino a uno mismo. Las tesis tienen defensores, apoyos. En la soledad del “yo” sobran hasta las caras conocidas.

Joana Bonet
Publicado en: La Vanguardia

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