Viernes 21 de Julio del 2017
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La inmigración nos cambia a todos y esto es algo bueno. J. Ralston Saul


J. RALSTON SAUL-John Ralston SaulCanadá, inmigración y ciudadanía.
Es desesperante ver cómo el cáncer del miedo penetra como un gusano en el alma humana, la imaginación o donde sea que se aloja. Para muchos de nosotros la primera reacción a este miedo generalizado es de incredulidad. ¿La segunda? A medida que se expande y se transforma en populismo, racismo y exclusión, nos quedamos a menudo paralizados, sin saber cómo responder.
Cualquier comparación entre países en problemática, pero hoy podemos decir que Canadá es la única democracia occidental que no está dividida en torno al tema de los inmigrantes y refugiados.

Es más, es el único país en el que la mayor parte de la clase política está a favor de la inmigración.
A menudo se dice que Canadá es un país con mucho espacio y poca población, además de un país nuevo –en el que ninguna cultura puede sentirse amenazada– y alejado de las zonas de crisis. Nada de esto, sin embargo, tiene sentido. Casi todos los refugiados-inmigrantes que acoge Canadá viven en cinco zonas urbanas y densas del sur. ¡Muy pocos optan por la tundra! Canadá, además, no es nueva y se ha mantenido democrática desde 1848.
Durante los últimos ocho meses, Canadá ha acogido a 40.000 sirios y 20.000 más están en camino. Nada que ver con los que ha acogido Alemania, pero mucho en comparación con EE.UU. Francia o España.

El punto central es que Canadá acoge a 300.000 refugiados-inmigrantes al año, año tras año, década tras década. En otras palabras, acoge a cerca de un millón de personas cada tres años.

Esto supone entre un 0,7% y un 1% de su población cada año. El millón de refugiados-inmigrantes que ha acogido Alemania representan el 1,2% de su población.
Canadá escoge a los inmigrantes refugiados en función de una política establecida hace tiempo. En el caso de los 60.000 sirios se ha escogido a familias, especialmente de los campos de refugiados de Jordania, Líbano y Turquía. Esta gente no tiene tanta educación como la que arriesga sus vidas en barcas para alcanzar Europa. ¿Por qué Canadá escoge a esta gente?
Porque Líbano y Jordania se desestabilizan ante el peso de los refugiados-inmigrantes. Y porque los niños quedan atrapados sin educación en el purgatorio de estos campos.
Y aquí llegamos al corazón de la comparación. Mientras hay una atmósfera peligrosa, a veces envenenada, en Europa, EE.UU. y Australia, también hay magníficos programas de acogida impulsados por miles de ciudadanos y algún gobierno. ¿Por qué esta realidad no domina la esfera pública?
Para empezar porque en ningún país europeo existe una política genuina de inmigración. Esto es alucinante porque la mayoría de estos países reciben inmigrantes desde hace al menos 70 años. Alemania, por ejemplo, empezó con los refugiados de origen alemán. Siguió con los turcos. Luego acogió a los que huían de los Balcanes.

Pero se hizo sin una metodología, sin un propósito a largo plazo.
En Canadá, por el contrario, existe una política de inmigración basada en la inclusión y en cómo combinar la inmigración con la ciudadanía, característica que hoy es central en nuestra civilización.
En 1848, el primer parlamento democrático canadiense con plenos poderes decidió que la primera ley que promulgaría sería sobre inmigración. El objetivo era proteger los derechos de los recién llegados. En 1905 el primer ministro Wilfrid Laurier, elaboró una teoría de la inmigración, la pertenencia y la ciudadanía. La expuso ante una multitud de miles de personas en las praderas de Edmonton: “Necesitamos la cooperación de los nuevos ciudadanos que llegan desde todo el mundo para que den a Canadá los beneficios de su individualidad, su energía y emprendeduría.

Queremos compartir con ellos nuestras tierras, nuestras leyes y nuestra civilización. Dejémosles una parte de la vida de este país, ya sea municipal, provincial o nacional. Dejémosles ser electores a la vez que ciudadanos. No queremos que ninguno de estos individuos olvide su tierra de origen. Dejemos que miren al pasado, pero logremos que miren mucho más al futuro”.

En Canadá un refugiado-inmigrante se espera que sea ciudadano cuanto antes para que asuma su responsabilidad en la sociedad y en el Estado. Así, desde el momento en que llega, se prepara para que, en cuatro o cinco años, se convierta en un ciudadano mediante una ceremonia pública.
Los refugiados-inmigrantes han tomado una decisión dramática al cambiar de país y en esta decisión hay tres características de cualquier buen ciudadano: la necesidad de ser muy consciente, de poder tomar decisiones difíciles y de ser valiente. Estas son virtudes que los que hemos nacido en nuestro propio país apenas nunca hemos de demostrar.
En Europa, por el contrario, el fracaso de la política de inmigración es tanto conceptual como organizativo. Primero hay que resaltar que los países europeos no tienen un ministerio o un departamento de inmigración y ciudadanía. Esta área recae en los ministerios del Interior. Esto significa que la inmigración y la ciudadanía se inscriben en un marco mental dominado por la seguridad y la policía. Desde hace quince años esto ha supuesto un desastre. La lógica dominante no es la de ciudadanía e inclusión sino la de control y miedo. Esto es un error fundamental.
Cuando Canadá decidió a principios de diciembre del año pasado acoger la primera oleada de 25.000 refugiados sirios, el Gobierno envió a Jordania, Líbano y Turquía a unos 600 especialistas en acogida, sanidad, educación, seguridad… En dos semanas, las familias eran seleccionas y puestas en un avión. Nada más aterrizar en Canadá, estas personas eran registradas como refugiados. En otras palabras, el primer acto del Estado canadiense es ponerlos en camino hacia la ciudadanía. Luego, en el mismo aeropuerto, se inscribían en el sistema de salud y recibían la documentación necesaria para poder trabajar.
Apenas una hora después, la mitad pasaban a manos de las familias de acogida. Y este es otro pilar del sistema canadiense. La política de inmigración no se aguantaría sin el compromiso de los voluntarios. Los refugiados y los inmigrantes se incorporan a una sociedad, no a un gobierno.
Los patrocinadores se convierten en padrinos de los recién llegados. Y no podemos decirlo más claro: esto no es beneficencia, esto es ciudadanía comprometida. Empatía. Los voluntarios sacan tanto de la experiencia como los acogidos. Juntos constituyen la nueva conversación nacional y local.
Aquí reside, quizás, la gran diferencia entre Canadá y otros países occidentales. Es la conciencia de que estamos decididos a desarrollar un nuevo concepto de pertenencia, incluso podríamos decir que de identidad.

Esto no tiene nada que ver con ser un país grande y nuevo. Más bien significa que vemos la complejidad social como una fuerza positiva y construimos una idea de ciudadanía que no es religiosa ni racial, que niega diferencias étnicas y de fe.
La inmigración nos cambia a todos y esto es algo bueno.

J. Ralston Saul
Filósofo y ensayista canadiense, autor de ‘El colapso de la globalización’ (RBA, 2012), presidente del Institute for Canadian Citizenship y del 6 Degrees Citizen Space.
Publicado en: La Vanguardia

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