Domingo 25 de Junio del 2017
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Bolivia vive una auténtica revolución. Manuel Castells


castells-Manuel-Castells-manuel castellsLa revolución cocalera.
El trópico cochabambino era una fiesta. Miles de campesinos cocaleros desbordaban los graderíos del estadio de fútbol de Chimore que aún espera un equipo. Venían de las cinco federaciones de agricultores que defendieron su derecho a existir contra gobiernos, narcos y agentes estadounidenses durante tres décadas. Y ahí estaba su líder, compañero de marchas, cárcel y sufrimiento, Evo Morales.

Ahora, desde el 2005, presidente de Bolivia en representación de los movimientos sociales que derrocaron democráticamente a las antiguas élites y se emanciparon de la tutela norteamericana. El presidente estaba radiante, con su gente, volviendo al sentido de donde salió antes de ser propulsado a su papel carismático. Y así, tras los obligados parlamentos políticos, se procedió a la solemne proclamación de la ley de la Coca que amplía el área de producción en las Yungas de La Paz y en el Chapare de Cochabamba, al tiempo que la estabiliza, con control oficial de la producción y comercialización de la sagrada hoja.

Porque sagrada es para los bolivianos por su milenaria contribución a su cultura y a su salud. Fue la culminación de una larga marcha en la que conquistaron no sólo su supervivencia sino su dignidad.

Evo, flanqueado por su vicepresidente, el intelectual Álvaro García Linera, y la presidenta del Congreso, la feminista Gabriela Montano, gastó el último hilo de su voz ronca para rememorar la historia de los cocaleros, que es la suya, y asestar un “¡nunca más!” a la humillación. El escenario era significativo. Chimore fue base militar estadounidense inaccesible para los bolivianos, cerrada por el nuevo Gobierno en el 2006 y convertida en aeropuerto en el 2015 para integrar al Chapare en la economía nacional.

Tras el discurso, estalló la fiesta, danzas coloridas de jóvenes indias e indios, a las que se sumaron el presidente y sus invitados, en un desborde de alegría. La celebración siguió toda la tarde. Y mientras se apagaban los ecos de la música y sedimentaba el éxtasis de su victoria rememoré mi visita al Chapare, en 1985, lugar miserable en donde los campesinos, expulsados por el hambre de sus lugares de origen, se hacinaban en chozas miserables sin agua ni electricidad, expuestos a la violencia de las fuerzas boliviano-norteamericanas, en peligro permanente de perderlo todo, bajo la amenaza de los narcos extorsionadores y sin apenas posibilidad de producir coca legal por la colusión entre administración y narcotráfico. Ser testigo de esa transformación es para mí un nuevo ejemplo de que el mundo, al menos retazos de él, puede cambiar hacia una vida mejor. Reconforta ese sentimiento en medio de la podredumbre institucional y el cinismo político que nos rodean.

Porque en realidad, fue del movimiento cocalero de donde surgió la ola de cambio social que ha transformado Bolivia en la última década, al converger con los mineros, los movimientos indigenistas, los movimientos urbanos, los estudiantes, las mujeres y los intelectuales. Bolivia vive una auténtica revolución.

Su sentido profundo es ser una revolución cultural productora de un Estado plurinacional. En una sociedad mayoritariamente indígena, los indígenas vivieron permanentemente marginados. Hoy día, indias e indios ocupan posiciones relevantes en el sistema político y administrativo, empezando por la asamblea legislativa y culminando en la presidencia. Evo Morales es un aimara nacido en la extrema pobreza en un caserío de Oruro, emigrado a Argentina y luego al Chapare para sobrevivir.

Ese origen y su liderazgo en las luchas sociales construyeron un carisma irrepetible en el que se basó una legitimidad política que ha ido transformando al país más pobre de Sudamérica: 58% de pobres hace una década, 37% actualmente.

Empezando por la economía que, junto a Perú, presenta la tasa más alta de crecimiento de la región, actualmente un 4% anual. El modelo de desarrollo se basa en el extractivismo exportador, aprovechando los nuevos yacimientos de petróleo y gas en Tarija, que fueron nacionalizados, la bonanza de la soja en Santa Cruz, y la renovación tecnológica de la tradicional minería del estaño y otros minerales, incluyendo el oro, en Potosí. Actualmente, la gran promesa es la extracción, procesamiento y exportación de litio, mineral estratégico, del que Bolivia podría tener hasta un 70% de las reservas mundiales. Ya está en explotación en el Salar de Uyuni, en Potosí. El litio permite un alto grado de conservación de la energía acumulada en las baterías fabricadas con dicho material. Lo cual es esencial para la expansión del coche eléctrico, ordenadores portátiles y móviles, así como para las áreas rurales sin red eléctrica que aún proliferan en el planeta. Ya hay importantes acuerdos comerciales y tecnológicos con em­presas extranjeras, en particular chinas. Efectivamente, la presencia de China en todos los sectores exportadores es básica para la economía boliviana. Simbólicamente, el embajador de China acompañó a Evo Morales en la proclamación de la ley de la Coca.

Sin embargo, el proceso de cambio boliviano se enfrenta a una oposición decidida de parte de la clase media urbana, además del desprecio tradicional de la clase alta hacia los indígenas, hoy día convertido en odio. Yo presencié en un café de Santa Cruz una tertulia de militares retirados que juraban que pronto ajustarían cuentas con “los criminales del Gobierno”. De hecho, lo intentaron en septiembre del 2008. Pero el ejército, nacionalista y por fin liberado del control estadounidense, está con Evo. La oposición, sin embargo, es genuina. Las muchas razones se resumen en una: pérdida de privilegios sociales. Y esto incluye a muchos universitarios.

Evo cometió un error: convocar un ­referéndum hace poco para poder ­presentarse a la reelección. Lo perdió ante el temor popular a una deriva au­toritaria. Y sin embargo, su liderazgo, con obvios defectos y limitaciones, es esencial para la continuación de un proceso de transformación sin igual en América Latina.

Manuel Castells

Publicado en: La Vanguardia

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