Domingo 30 de Abril del 2017
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La solución a los ansiolíticos


Sufrir de ansiedad es sentirse amenazado por algo inconcreto. Es mantener hipertensión generalizada las veinticuatro horas. Es sentir ahogo, falta de aire. Cualquier anécdota, por insignificante que sea, es capaz de provocar el gran sobresalto.

Sufrir de ansiedad es, por encima de todo, una búsqueda permanente y desesperada por encontrar como liberarse de ella.

La ansiedad no debe confundirse nunca con el miedo. Se diferencian básicamente porque en el caso del miedo si existe un peligro definido. La amenaza de la ansiedad es inconcreta pero no por ello menos negativa.

El “ansiolítico ideal” es aquel fármaco que consigue aliviar o suprimir los síntomas de la ansiedad. Calmar la hipertensión, la irritabilidad. Y hacerlo sin necesidad de diagnosticar la amenaza generadora de tales síntomas. Sin darle remedio al motivo que provoca el cuadro de ansiedad.

El “ansiolítico ideal” desconecta por igual todas las emociones, las positivas y las negativas, hibernándolas, adormeciéndolas.

La capacidad humana para afrontar situaciones difíciles, saber sobreponerse e incluso salir fortalecido de ellas, tiene un nombre; resiliencia.

Se trata de una cualidad innata, un proceso dinámico que debe ir desarrollándose permanentemente a lo largo de la vida. Es la cualidad que nos proporciona la capacidad de adaptación necesaria a entornos adversos sin que estos lleguen a generarnos niveles insoportables de estrés negativo.

Es cierto que la resiliencia tiene una gran desventaja frente al fármaco. Se ha de trabajar. Requiere dedicar tiempo a desarrollarla.

El fármaco actúa de inmediato. Sólo precisa de un sorbo de agua. Pero no es menos cierto que el ansiolítico mantiene hibernado el problema en el mismo punto donde la medicación se inició, sin apenas avance, y únicamente dependiendo siempre de la renovación de la receta.

La resiliencia no se mide, se valora a través de los siguientes diez conceptos: autoconocimiento y recursos internos, autorregulación, gestión del estrés, responsabilidad, identidad y autoestima, recursos externos, equilibrio vital, red familiar y social, y coherencia y motivación transcendente.

El simple fallo de uno o varios de estos conceptos desactivan la resiliencia y se dispara instantáneamente la ansiedad que en muy poco tiempo lo confunde todo.

Es significativo que la mayoría de los diez conceptos expuestos para valorar la resiliencia pertenezcan al privado mundo interior de la persona. A su particular e intimo universo en el conviven su emocional con lo cognitivo. Algo que externamente, en el corto tiempo de una visita, a cualquier médico bien intencionado le resulta imposible de penetrar y, ante esta situación insalvable, siempre lo más compasivo es recetar una caja de ansiolíticos.

Una vez llegados a este punto y como resumen de todo lo expuesto anteriormente, podemos establecer con certeza que, mediante una correcta Educación Emocional y un nivel cognitivo estándar, una persona normal y corriente podrá desarrollar un nivel de resiliencia que le capacite para adaptarse a cualquier entorno adverso sin que la situación indeseada le genere niveles desequilibrantes de estrés negativo.

O dicho de otra forma, puede aliviar o suprimir los síntomas de la ansiedad, calmar la hipertensión, la irritabilidad, y puede hacerlo sin desconectar ninguna de las emociones, especialmente las positivas, y sin la intermediación de los ansiolíticos.

La pregunta consecuente es; ¿por qué la Educación Emocional no está introduciéndose masivamente de forma transversal en la Sociedad, en paralelo a la Educación Cognitiva?

El consumo de ansiolíticos sigue creciendo. Aproximadamente un tercio de la población parece estar ya diariamente fidelizada a este fármaco. Y, por si esto no fuera suficiente, hay razones de peso aún mayor.

En Catalunya, por dar un dato indicativo, el número de muertes por suicidio con frecuencia supera al de muertes por accidentes de tránsito.

Parece fácil relacionar que a mayor consumo de ansiolíticos, posiblemente, le corresponda un mayor índice de suicidios.

La respuesta de por qué la Educación Emocional no está introduciéndose masivamente de forma transversal en la Sociedad, es porque la Educación Emocional es una metodología todavía joven. Poco divulgada aún.

Desde que en 1983 Howard Gardner propuso que todos tenemos en mayor o menor medida siete inteligencias diferentes, hasta hoy, sólo han pasado algo más de treinta años.

Si en vez de la ansiedad y de su devastadora estadística, habláramos de gripe, obesidad o de otra amenaza parecida para la salud pública, reclamar la atención social sería mucho más factible. Tendríamos a favor a los políticos responsables públicos de la Salud y la Educación, contaríamos con la colaboración de los medios de comunicación y la información se divulgaría instantáneamente por todos los rincones de la Sociedad surgiendo naturalmente en cualquier conversación. Y la población se pondría a salvo.

Pero para la Educación Emocional hoy nada es así todavía. Los políticos aún recelan, los medios no la consideran y en su mayoría las personas la desconocen. Únicamente existe un creciente ejército de profesionales de la Educación Emocional que, conscientes de lo que está sucediendo, se prepara duro para aquel tiempo en que los políticos confíen, los medios colaboren y los ciudadanos conozcan. Su vocación es darle la gran batalla a la ansiedad, aumentar el bien estar general y reducir notablemente el desmesurado consumo de ansiolíticos.

Si a corto plazo no vamos a poder cambiar la deriva económica mundial bueno será facilitarles a los ciudadanos las herramientas emocionales y cognitivas necesarias para poder soportarlo.

Mejor destinar el dinero público a difundir la Educación Emocional a la Sociedad para que a los ciudadanos, ante un entorno adverso y con su resiliencia bien activada, la situación no les genere niveles desequilibrantes de estrés negativo. Mejor destinarlo a este fin que a pagar la factura de los ansiolíticos a las farmacéuticas.

Breve histórico evolutivo mundial de la Educación Emocional

1983 Howard Gardner propone que todo el mundo tiene, en mayor o menor grado, siete inteligencias diligencias diferentes.

1990 Dos psicólogos americanos, John Mayer y Peter Salovery, por primera vez hacen aparecer el concepto moderno de Inteligencia Emocional en la revista Imagination, cognition and Personality.

1994 Se crea el Consorcio para el Avance de Social and Emocional Learning. Primera institución impulsora a nivel internacional de la Educación Emocional.

1995 El psicólogo estadounidense Daniel Goleman populariza, con su libro “Inteligencia Emocional”, el concepto. Se considera el inicio de la revolución emocional.

1997 De forma paralela en EEUU (en las Universidades de Yale y Casel) y en Cataluña (en la Universidad de Barcelona) surge la Educación Emocional.

En nuestro ámbito es el catedrático Rafael Bisquerra, al frente del Grupo de Investigación en Orientación Psicopedagógica (GROP), quien abre la primera línea de investigación.

2000 una conferencia como presidente de la American Phycological Associaton y un artículo que firma con Mihaly Csikszentmihalyi, son dos hechos de Martin Seligman que marcan el inicio de la psicología positiva, centrada en las emociones positivas, el bienestar emocional, la felicidad y el fluir.

2015 Nace en Cataluña “vilas pel bienestar” un proyecto científico impulsado por colaboradores del Grupo de Investigación en Orientación Psicopedagógica (GROP) de la Universidad de Barcelona, pionero mundial en desarrollar la auténtica política pública en bienestar emocional. El objetivo de esta política es que la educación emocional no se quede encerrada en el ámbito personal, o grupal, como sucede actualmente, y que finalmente el bienestar emocional salga a la calle.

Anton Layunta
Escritor

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SOS medios de comunicación

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