Jueves 23 de Noviembre del 2017
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El posperiodismo puede llegar a ser una realidad necesaria de la posverdad.


No lo llames ‘posverdad’, llámalo ‘posperiodismo’.
Ocurrió hace un par de años, en el centro de Madrid. La Policía Nacional procedía a un desahucio, pero se encontró con la resistencia de un grupo de activistas. Era una noticia de relevancia nacional por la conexión de sus miembros con un partido político. Uno de los principales periódicos del país reaccionó tarde y, cuando llegó su reportero, muchos medios de la competencia ya habían subido la información a sus páginas web. El jefe de sección del diario, con una línea editorial contraria a la formación política, llamó al periodista, visiblemente agobiado:

-¿Cómo vas? ¿Ya tienes algo?

-Acabo de llegar, aún no me ha dado tiempo a coger ninguna declaración…

-¡Da igual! ¡Manda lo que sea! ¡Un titular y un par de líneas!

La conversación fue tal cual está plasmada, igual que la reacción del reportero; se sentó en la acera con el ordenador portátil sobre sus rodillas, escribió medio párrafo de obviedades y lugares comunes y lo mandó al correo de su jefe, que inmediatamente lo colgó en la portada ‘online’ del diario. La competencia se había adelantado, lo importante era publicar la noticia cuanto antes. Ya se completaría o editaría más tarde. Como se trata de uno de los periódicos con más lectores del país, en pocos minutos eran cientos los lectores que habían accedido a esa información vacua, sin contrastar y con un par de errores ortográficos, fruto de las prisas.

Esta escena refleja el ‘modus operandi’, cada vez más extendido, de muchos medios de comunicación de referencia.

Las redacciones distan mucho de ser aquellas ágoras caóticas donde los periodistas debatían y rebatían sentados en las esquinas de sus escritorios desordenados, y ahora las presiden enormes pantallas que proyectan, al minuto y con gráficas, las audiencias de los otros periódicos, provocando agotadoras carreras por ser los primeros en publicar, lo que sea, pero publicar antes que el resto y llevarse más ‘clics’ de ratón. Una tendencia en detrimento de la información pensada, contrastada y comprobada. O en una palabra: rigurosa.

La falta de credibilidad resultante de esta forma de hacer periodismo es la gran causante de la migración masiva de la sociedad a otras vías para informarse, fundamentalmente redes sociales y blogs.

Y llegamos al germen del neologismo de moda: la posverdad que, como define el Diccionario Oxford, «describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales». La publicación británica la ha declarado palabra internacional de 2016, y cita un aumento del 2.000% en su uso en comparación con el año anterior. Se ha utilizado para explicar sucesos inesperados como la victoria de Donald Trump, el Brexit o el triunfo del ‘no’ en Colombia en el referéndum sobre un acuerdo de paz con las FARC.

Especialmente, han recurrido al término posverdad los medios de comunicación considerados profesionales, que achacan estos sucesos a la falta de criterio de una gran parte de la sociedad que se informa por vías alternativas de dudosa credibilidad en la red, sin un grupo editor que las avale. Resulta curioso que las principales cabeceras atribuyan, por ejemplo, que Trump vaya a ser presidente de Estados Unidos a la información falsa que circula por internet. Según argumentan, aleja de la realidad a una población que no vota basándose en un contexto veraz.

Son precisamente esos medios de comunicación los que han ahuyentado a la audiencia con las prácticas antes descritas, pero no solo: en demasiadas ocasiones, han vendido su prestigio y ejercido de correas de transmisión de los mensajes de los poderes políticos y económicos, creando una situación de dependencia con el poder establecido que ha situado su credibilidad en mínimos históricos, como delatan muchas encuestas.

En definitiva, los medios de comunicación asentados han entrado a formar parte del establishment, al menos, a ojos de la mayoría.

El origen del uso habitual del término posverdad está en el sociólogo norteamericano Ralph Keyes, cuando se refirió en 2004, en su libro The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life, a las apelaciones a la emoción y a las prolongaciones sentimentales de la realidad; su colega y compatriota Eric Alterman lo definió definitivamente como arma política de desinformación, y puso como ejemplo la justificación que esgrimía la Administración Bush, apoyada en la posverdad, para restringir libertades e iniciar guerras tras el 11-S, con el apoyo de una nación fuertemente marcada por el miedo. Pero esa luz de gas, como convencer a la opinión pública de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, no hubiera sido posible sin un altavoz mediático, en este, como en muchos otros casos, de los desmanes de la clase política.

Noam Chomsky ya hizo referencia a esta práctica, sin necesidad de mencionar la palabra posverdad, en su lista 10 Estrategias de Manipulación, en la que incluye «utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión», como una «técnica clásica para causar un cortocircuito en el análisis racional, y en el sentido critico de los individuos».

El término cobra hoy tanta relevancia porque el Diccionario Oxford ya no delimita la posverdad como una herramienta del poder político establecido, sino de las clases contestatarias, que desafían a todo lo que hasta ahora se había asumido como sentido común, y esto incluye a los medios de comunicación de referencia. Trump y el Brexit han sido los dos ejemplos más sonados del año pasado.

Las grandes cabeceras informativas tienen ahora el reto de volver a ganarse la confianza de la audiencia, y eso solo se puede lograr de una forma: con información sin condicionamientos externos, que vuelva a los hechos objetivos y desprecie distorsiones emocionales.

En caso contrario, hay que asumir el posperiodismo como una realidad necesaria de la posverdad. Y es imposible predecir las consecuencias de lo que vendrá después.

Luis Meyer
Publicado en: ethic

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