Viernes 23 de Febrero del 2018
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La calle es nuestra. Opinión de Lluís Foix


Cuando no queda otra el pueblo se expresa en la calle, capsule a menudo como último recurso ante la indiferencia de los gobernantes. En momentos que se respira cierta contradicción acerca de su idoneidad o no, cialis parece más que nunca necesario reivindicar este derecho.

Tal y como asegura el reconocido periodista Lluís Foix, illness quien fuera director de La Vanguardia, las manifestaciones son el mejor barómetro para medir la opinión pública, pues los partidos solo muestran la realidad en parte. 

La política y la calle. 
Las manifestaciones se repiten en todos los países de forma casi sistemática. En regímenes totalitarios y en sistemas libres. Las he visto en muchas ciudades británicas en contra de la política de Margaret Thatcher y su pulso con los sindicatos. Las seguí muy de cerca en Buenos Aires cuando la gran mayoría de argentinos estaba a favor de la invasión de las Malvinas por la junta presidida por Leopoldo Galtieri.

Quizás, las más numerosas y generalizadas que recuerdo se registraron en París, Roma, Bonn, Amsterdam y Londres en ocasión de la instalación de misiles de crucero en Europa occidental para contrarrestar el rearme nuclear soviético en los países del Pacto de Varsovia. Era el otoño de 1983.

Cientos de miles de europeos salieron a la calle para protestar una iniciativa que fue propuesta por el socialdemócrata Helmut Schmidt en Londres en 1979 y aceptada posteriormente por Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la mayoría de gobiernos occidentales. La presión sobre la decisión transatlántica fue masiva en las calles de Europa occidental. Pero los gobiernos siguieron adelante con su plan y todos los partidos favorables a lo que se conoció como la doble resolución revalidaron los resultados en las siguientes elecciones.

No se puede menospreciar la capacidad de la fuerza de la calle para hacer cambiar o reivindicar políticas. La calle, bien mirado, es el necesario último reducto para advertir a la política cuando no resuelve las inquietudes e intereses más perentorios de los ciudadanos.

Las reivindicaciones callejeras en Barcelona han tenido aires reivindicativos, festivos o críticos contra los gobiernos. En muchas ciudades españolas se advirtió a Aznar de su desacuerdo en embarcarse en la guerra de Iraq que tantas funestas consecuencias ha tenido y tiene para los atribulados iraquíes.

El presidente del Gobierno se retrató en las Azores y nos dijo a todos aquello de que “créanme, hay armas de destrucción masiva en Iraq”. No se ha disculpado de lo que resultó ser una mentira.

Muchos recordamos las manifestaciones de 1977, la de la condena a los atentados del Hipercor, la del asesinato de Ernest Lluch y las que se celebraron el 11 de septiembre del 2012 y la cadena humana que unió festivamente a cientos de miles de catalanes desde la frontera francesa hasta los límites con el País Valenciano.

La manifestación que se prepara para el próximo 11 de septiembre puede ser otro éxito de la capacidad de organización y convocatoria de la Assemblea Nacional Catalana. Las consecuencias políticas de estas manifestaciones no suelen ser unánimes, como se demostró en las elecciones del 25 de noviembre del 2012.

He releído una de las crónicas que el periodista Manuel Chaves Nogales publicó en el diario Ahora de Madrid el 3 de marzo de 1936, dando cuenta del retorno del president Lluís Companys del penal de El Puerto de Santa María. Las elecciones del 16 de febrero las ganó el Frente Popular y se borraron todos los efectos del golpe de Companys a la República Federal Española, el 6 de octubre de 1934. Un millón de personas en las calles. Ni un solo guardia. El espectáculo era bonito.

Tras este inicio de crónica, sigue Chaves: “He recorrido el trayecto que hay desde Castelldefels hasta el Palacio de la Generalidad, al costado del coche descubierto y rebosante de flores en que volvía del presidio el presidente de la Generalidad de Cataluña, el honorable don Luis Companys, un poco avejentado, embutido en un gabancito insignificante, un pañuelo de seda al cuello y sobre la testa demacrada, como la de un San Sebastián laico, una pintoresca boinita, la misma que se puso aquella madrugada en que le sacaron de Barcelona entre guardias civiles para llevarle al penal…”.

Cuenta Chaves que aquella tarde, en uno de los locales en los que se reunía la burguesía barcelonesa para consumir pastelillos de nata, se decía que el desfile había sido impresionante y revelaba la gran fuerza espiritual del pueblo catalán, al que le entusiasman estas grandes paradas de la ciudadanía.

Pero acaso entre manifestación y manifestación, terminaba el periodista sevillano, “tendría alguien que preocuparse de rellenar el tiempo con una tarea que tal vez no sea del todo superflua: la de gobernar, la de administrar, la de hacer por el pueblo algo más que ofrecerle ocasión y pretexto para estos deslumbrantes espectáculos”.

Seguirán las manifestaciones y podemos prepararnos a ver magníficas concentraciones en favor del derecho a decidir que no tiene paralelismos en ningún ordenamiento jurídico o político democrático. Existe el derecho de autodeterminación o de independencia, que es el objetivo buscado por las dos preguntas confusas y correlativas propuestas por el president Artur Mas.

Todo ello tiene que responder a un pacto político que puede o no ser apoyado en las calles. La política también se basa en la garantía de los actos jurídicos. Necesita nuestro tiempo, decía Isaiah Berlin, menos ardor mesiánico, más escepticismo culto, más tolerancia con las idiosincrasias, medidas ad hoc más frecuentes para lograr los objetivos en un futuro previsible, más espacio para que los individuos y las minorías cuyos gustos encuentran poca respuesta entre la mayoría logren sus fines personales. Un partido nunca tiene toda la razón, por eso es un partido.

Lluís Foix
Periodista especializado en política internacional

Fuente: La Vanguardia 

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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