Domingo 17 de Diciembre del 2017
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Filosofía para todos. Entrevista a Juan Arnau


Hay quien considera la filosofía como algo complejo y limitado al reductor de mentes pensantes. Pero no es acaso el “amor por la sabiduría” una forma de despertar sobre lo que acontece en nuestra vida en aras de gestionarla mejor.

Al respecto el filósofo y ensayista Juan Arnau se ha propuesto acercar la filosofía al gran público en un manual para aplicar en la vida cotidiana a través de las enseñanzas de los grandes pensadores. 

Juan Arnau amalgama la visión del filósofo y la del astrofísico, prescription y después de atravesar aulas y caminos ha llegado a la conclusión, pills | con Macedonio Fernández, de que “la erudición es una forma aparatosa de no pensar”. Por eso ha decidido prescindir de esterilizantes academicismos y lanzarse a navegar el río de la filosofía en un bote ligero.

Zarpa en el siglo XX con Lévi-Strauss y remonta aguas arriba hasta el oscuro Heráclito: es un viaje de 2.500 años hasta la mismísima fuente de la filosofía occidental, recorriendo todos los meandros del cauce. El resultado es Manual de filosofía portátil (Atalanta), una aventura que nos enseña diversas miradas sobre el mundo.

¿Astrofísica y filosofía sánscrita: ¿qué las separa?

Para la astrofísica, la conciencia es un azaroso precipitado tardío de la evolución del cosmos. Para la filosofía sánscrita, la conciencia es el trasfondo del cosmos.

¿Con qué se queda?

Con la filosofía vitalista, que atiende a una pregunta: ¿cómo vivir en este mundo?

¿Alguna conclusión?

Acudo a veinte filósofos cuyas perspectivas me ayudan: ¡son filósofos muy portátiles!

Enumérelos.

Del siglo XX al VI a.C.: Lévi-Strauss, Wittgenstein, Nietzsche, Hegel, Kierkegaard, Novalis, Kant, Hume, Berkeley, Spinoza, Leibniz, Montaigne, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona, Plotino, Aristóteles, Platón, Empédocles, Parménides… y Heráclito.

¿Qué tienen en común, por portátiles?

Inteligencia de la vida, empatía, congenialidad, experimentan consigo mismos, sin perfección técnica, coherencia ni dialéctica.

¿Me los glosa?

Lévi-Strauss, harto de la fría y estéril racionalidad de la erudición universitaria, se pira a la selva, entre indígenas analfabetos…

¿Y qué aprendió?

Que el mito es el que piensa. Somos animales dados al mito: todo es mito, incluida la ciencia, el mito del progreso…

Sigue con Wittgenstein.

Se desprendió de la fortuna paterna para que sus amigos no lo fuesen por su dinero. La filosofía es palabra, dijo, “y de lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse”.

Nietzsche.

“Que no te aplaste una estatua”, dice: quiere enterrar la filosofía. ¡La vida, por encima de todo! Por encima de la razón, de la moral, de la verdad…, pero él quemó su vida por y para la filosofía, qué triste contradicción.

Hegel.

El espíritu va desplegándose a lo largo de la historia, y las oposiciones contribuyen al despliegue del autoconocimiento.

Kierkegaard.

Exprimirá su vida filosofando. La vida, dice, no es un proceso: avanza mediante saltos.

Novalis.

“Somos el único ser simultáneamente dentro y fuera de la naturaleza”, dice. Y añade: “La filosofía no puede hacer panes, sólo proporciona divinidad, libertad e inmortalidad”. ¿No es más práctica que la economía?

Kant.

La virtud vale por sí misma, depende de la voluntad. Y el ojo no te engaña: es la mente la que crea expectativas…

Hume.

No hay causalidad: hay hechos, nosotros los asociamos. “Soy escéptico…, pero no tanto”, matiza: cayó en una zanja, para salir pidió ayuda a una señora que pasaba… “¡Retráctese, ateo!”, dijo ella. Y Hume se retractó.

Berkeley.

No hay realidad, se trata de una convención. Lo que de verdad hay son sensaciones… “Las distancias… son colores”, apuntó.

Spinoza.

Si ofreces resistencia directa al mal, ¡lo refuerzas!: mejor sortéalo, cambia de tema, sustituye una pasión maligna por otra benigna. Identificó cuerpo y mente. Dijo que el sabio es el que posee contento de ánimo.

Leibniz.

Habló de mónadas como ángulos de visión del universo: cada mónada refleja el universo completo…, pero desde una perspectiva singular y distintiva.

Montaigne.

Glosa todo lo que lee en su torre-biblioteca y cuenta sin pudor lo que le va pasando. Sostiene que la imaginación es creadora, y sostiene que “no hay estupidez mayor que enojarse por las necedades del mundo”.

Tomás de Aquino.

No repugna a la razón la idea de que Dios está creando el mundo desde siempre.

Agustín de Hipona.

Sin forma, no hay tiempo: tiempo y materia fueron creados a la vez. Creer para comprender, dijo. Y es imposible no creer en algo: hasta el ateo cree (que no hay Dios).

Plotino.

El mundo es una copia de la verdadera realidad: la mejor copia posible, como la imagen de un espejo. Y la bondad es la raíz de la inteligencia, afirma.

Aristóteles.

“Entender es un placer”: la felicidad en la comprensión. Que tus circunstancias no te aplasten, nútrete de ellas. En el siglo IV a.C., empieza a desligar intelecto (nous) de ánimo (psyche): el pensamiento europeo…

Platón.

Conocer es recordar, porque la psyche es inmortal y ha conocido las Ideas antes de entrar en el cuerpo y olvidarlas, prisionera.

Empédocles y Parménides.

Son medio chamanes. Para Empédocles, todo en el mundo participa de la inteligencia, todo piensa. Para Parménides, todo Es, el Ser es Uno, infinito e inmutable: ¡todo es ahora a la vez!

Y así llegamos hasta Heráclito…

El cambio permanente es lo único que no cambia. Hay armonía invisible: el logos capta que en la pluralidad late unidad, y “sabio es reconocer que todas las cosas son una”.

Victor – M. Amela 

Fuente: La Vanguardia 

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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