Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Alimento para el espíritu. Opinión de Gabriel Magalhäes


En esta época de escepticismo en que por no creer no creemos ni en la propia condición humana parece necesario alimentar nuestro espíritu con tal de alejarnos del dolor. Pese a que la globalización pretenda reducirnos a cenizas, cosificarnos a nivel metafísico sin distinción ni singularidad.

La creatividad que nos convierte en seres únicos como reivindica el escritor portugués Gabriel Magalhäes es motivo más que suficiente para no dejar de maravillarnos. 

Todos los nombres de la felicidad.
La resurrección de Jesús ocurrió en esa zona oculta del amanecer de un día de trabajo: ese rincón de un bar desierto donde se toma un café, esa parada de autobús donde sólo está una persona, perdida entre el día y la noche. Claro que, en la Jerusalén de aquellos tiempos, los cafés y las paradas de autobús eran otros. Pero el ambiente, el mismo: una derrota que se transforma en quehacer cotidiano. Me apena que a Hopper no se le haya ocurrido pintar el hecho porque habría dado con la línea y el color de los vacíos de aquella mañana clandestina.

Nos resulta fácil creer en las Navidades pues los niños aún encandilan nuestros ojos y brazos. Son un delicioso imán de besos. Pero creer que alguien -encima un probable carpintero descarado que se decía hijo de Dios- haya podido resucitar después de muerto cae muy lejos de nuestro modo de pensar. La única solución es programar unas buenas vacaciones para sortear el absurdo de este festivo. Y entre hoteles, aviones y restaurantes, atentos a la incertidumbre meteorológica (pues el tiempo en primavera juega a las damas con nosotros), logramos que el día pase sin mayores problemas.

La resurrección fue el gesto más humilde de Jesús: incluso más que su nacimiento. Como buen menestral que era, después de haber descansado tres días (la labor de la semana anterior había sido dura), se levantó y siguió con su artesanía de eternidades. Sin que nadie lo viera, porque así se levantan los obreros de este mundo. Lo único que quedó fue la huella luminosa de la ausencia de su cuerpo.

Subirachs lo representó maravillosamente en la capilla del Santísimo de la basílica de Montserrat: en una especie de sábana de piedra vemos las marcas de la cabeza, las manos y los pies de alguien que se fue. Es un hermoso momento de la mentalidad catalana. Como si el escultor dijera: amigos, esto es lo que hay; ahora que cada uno imagine la estatua que quiera.

Tras la resurrección de Jesús, todo lo que tenemos por dentro, nuestros sueños, ambiciones y utopías, todo eso que a veces no se cumple halla su mapa y su destino. El lado de acá de nuestra vida jamás tendrá el tamaño de estas geografías interiores. Y de repente ese cadáver que no se encuentra, ese Jesús que aparece discretamente, esa gente sencilla que empieza a contarlo y que, contándolo, se transfigura y se transforma en iglesia, ese Pablo que se cae de un caballo bajo luces fotográficas: todo eso nos da derecho a la fantasía y nos dice cuál es el lugar exacto donde ponerla, sin dejar de querer cambiar nuestra vida y el mundo.

Comprendo y respeto a todos los que no creen en la resurrección. Y les confieso una cosa: nosotros, los cristianos, a veces fabricamos una religión que es más sombra que luz, más dolor que alegría. Nos transformamos en una colección de miedos: temor al pecado, a la muerte, a la condenación, al fuego del infierno. Y todo ocurre porque tampoco nosotros acabamos de creernos la maravilla de la resurrección.

Vivimos con el sufrimiento asegurado y la alegría eterna como una mera posibilidad. La idea de resurrección no debe situarse en los abismos de un decorado sepulcral, con efectos especiales de ultratumba, sino que es algo que uno puede cultivar cada día.

Resucitar es una manera de vivir y se puede practicar en los gestos más banales: actitudes de ternura, de amistad, de grandeza humana que ensanchan el tiempo hasta que llega un instante en que estallan las fronteras de la muerte.

Al lector le daría un consejo: si usted no cree en la resurrección, crea al menos en el ser humano, en su belleza y dignidad. Puede que le cueste porque las personas cometemos muchas salvajadas. Pero busque refugio en la pintura renacentista, en los vuelos de la obra de Gaudí, en su esposo o esposa, su hija o su nieto, en los regates de Messi si es necesario.

Y se lo digo porque la ideología dominante, la que comanda la globalización, enseña que el ser humano es sencillamente un animal más, un escarabajo grandote, un gorila informático. Todos estamos más o menos convencidos de ello, ¿verdad?

Por algo se van olvidando los derechos humanos, considerados cada vez más como una especie de fuero medieval al que no hay que hacer mucho caso. Y lo que se ve venir está más o menos claro: teniendo en cuenta la miseria animal que somos, van a querer perfeccionarnos. Van a querer realizar con nosotros lo mismo que con los paisajes, la atmósfera, la fauna y la flora. Nos tratarán como a los pollos y a las mandarinas.

Todo consiste en desprestigiar la idea de lo humano para poder modularla luego como convenga. Y siempre con ese perverso soborno de comentarnos que ya no moriremos de cáncer. Personalmente, prefiero creer que estamos muy bien hechos aunque me muera de lo que sea. Y amo de todo corazón este caos de cada uno de nosotros buscando una resurrección que puede tener todos los nombres de la felicidad humana.

Gabriel Magalhäes
Escritor e intelectual portugués

Fuente: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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