Jueves 29 de Septiembre del 2016
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La vida SIN. Jorge Dobner


La moda de todo SIN se extiende como la pólvora: bebidas sin alcohol, cerveza 0,0, tabaco sin humo, mujeres sin curvas, piel sin pelo, comida sin calorías, ni grasas, inclusive sin sabor…entre los anuncios publicitarios que predominan a día de hoy.

En una época en que la austeridad es una de las máximas consignas para salir del hoyo, parece que renunciar  a los placeres de la vida es un sacrificio inherente.

Quedan atrás aquellos interminables festines de la Edad Media donde nobleza y dignatarios  eclesiásticos hacía gala de su desmesura glotonería  y afición por la buena mesa, Carlomagno o el propio Carlos V considerado el emperador de mayor gula. Comían con fruición y desespero como si no hubiera un mañana sin librar luego las consecuencias de tales apetitos, gota, indigestión y otros males.

En la lucha contra los excesos la retórica del miedo puede ser el peor castigo autoinflingido y a su vez  más efectivo. Basta leer ‘La Divina Comedia’ de Dante Alighieri cuya epopeya religiosa inducía a la humanidad apartarse del pecado y optar así por el camino de la virtud, pues solo las almas presas de la disipación están condenadas al infierno.

Sin embargo no nos engañemos casi siempre las privaciones han  estado supeditadas a una cuestión de clases. En el medievo mientras que unos satisfacían sus apetitos hasta hartarse otros en cambio soportaban grandes hambrunas; ahora mientras unos hacen y deshacen recaen en el resto sus decisiones.

Se dice que las costumbres forman parte del contexto, algo que parece cierto. De la exuberancia hemos pasado al nihilismo, entendido como la negación del mismo valor de la existencia. Las redondeces de las mujeres que en sus lienzos plasmaba Rubens quedan en la actualidad reducidas al patrón de una línea recta, dominio de la extrema delgadez y efectos colaterales, contar una por una cada caloría, examinar al detalle lo que nuestro cuerpo ingiere. El ruido, contacto, jarana y barroquismo se ha diluido en la rigidez del maniático.

En ciertos casos suprimir es señal inequívoca de buen refinamiento pero convertirlo en algo genérico parece un insulto a los dones regalados. En cualquier caso los extremos nunca deberían ser la opción; ni antes, ni ahora.

Por contra el movimiento minimalista puede representar una visión inteligente, también práctica, al despojar los elementos sobrantes, superfluo pero conservar lo esencial. Concebido como una alternativa sostenible en perfecto equilibro con el mundo que nos rodea.

Este es el arte del funambulista al moverse con destreza entre la línea del placer y hastío, el cuerpo y la mente.  Lejos de una existencia anodina es nuestra la decisión de saborear la vida, aun imperfecta con sus errores y aciertos.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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