Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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El perdón sana


El poder curativo del perdón.
¿Cómo sana el perdón? Renunciando al deseo de venganza, al resentimiento y al juicio negativo sobre el que nos ha dañado, separándole de la ofensa. Las personas con mayor capacidad para perdonar, según algunos estudios, necesitan menos recursos de salud, consumen menos fármacos y tienen una mayor longevidad. Si es así, ¿por qué no perdonamos más veces?

Aun siendo tan positivo, perdonamos poco; esta decisión, que resulta tan positiva y liberadora, se hace a veces costosa.

Todos vivimos a diario situaciones en las que somos causantes o víctimas de una ofensa. Suelen ser tan menudas que procuramos olvidarlas para no alterar nuestro equilibrio emocional. Al fin y al cabo, confiamos en que no se repitan, o suponemos que no hubo mala intención o, sencillamente, que no afectarán a la estabilidad psíquica. Ahora bien, cuando el daño supera nuestro nivel de tolerancia, el sufrimiento se hace más intenso; y si se prolonga en el tiempo, pone a prueba nuestra resistencia mental y física.

Entonces, devolver el daño sufrido, con la esperanza de recuperar el equilibrio, se nos presenta como algo instintivo. Pero la venganza sólo convierte en agresor a la víctima, y no asegura la paz interior.

Y, como decía Hanna Arendt en La condición humana (1958), el hombre necesita del perdón y de la confianza para vivir en sociedad. Si es así, ¿por qué no perdonamos más veces?

Cuando alguien nos ofende, al dolor le suelen acompañar la ira y el odio hacia el culpable. Ese odio, la ira y el dolor no perdonado nos empujan al deseo de venganza. Y mientras perduran, nos mantienen atrapados en la ofensa, reviviendo el daño en un círculo vicioso que abre la puerta al resentimiento, ese veneno que, dice un experto, uno se toma para hacer daño al otro.

La relación entre lo psíquico y lo somático es estrecha, como lo demuestra el componente biológico de las emociones, como el afán de venganza y el resentimiento. Ambas son emociones auténticamente tóxicas que nos desgastan con una fuerza extraordinaria que las expande a todos los rincones del fondo vital. No nos dejan vivir en paz, y nos mantienen en un constante estado de alerta.

En esas condiciones, los mediadores biológicos del estrés, como la adrenalina o el cortisol, podrían alterar el funcionamiento del organismo y, más en concreto, los sistemas inmunitario y endocrino, y la función cardiovascular.

De hecho, algunos estudios demuestran que las personas con mayor actitud y capacidad para perdonar necesitan menos recursos de salud, consumen menos fármacos, poseen un umbral del dolor superior y, en última instancia, una mayor longevidad.

La salud mental también puede resentirse. De hecho, los cuadros psiquiátricos probablemente más frecuentes -los trastornos adaptativos- se deben con frecuencia a sucesos que la persona ha percibido de alguna manera como una ofensa. Y estas vivencias pueden desencadenar o perpetuar síntomas o trastornos de ansiedad, depresión, insomnio y conductas adictivas, como se desprende de algunos estudios.

La pregunta se nos plantea con nitidez: ¿cómo sana el perdón? ¿Cómo protege nuestra salud la decisión libre de la voluntad de responder a un daño comprendiendo y tratando con benevolencia al ofensor? Renunciando al deseo de venganza, al resentimiento y al juicio negativo sobre el que nos ha dañado, separándole de la ofensa (objetivamente mala). Tal decisión nos transforma de víctima pasiva en una persona activa, que busca un acercamiento empático y compasivo al ofensor. Una vez dignificado este, se abre la puerta a un abrazo que sellaría el perdón.

Ahora bien, el perdón genuino es cosa de dos, “es más para compartir que para conceder” (J. Burg- graf). El ofensor -como causante- y el ofendido -como víctima- participan simultáneamente del mismo mal; y también ambos se benefician de un perdón que les transforma, les permite mirar otra vez hacia delante, dignificar al ofensor, descargar la memoria, sustituir el odio y el resentimiento por compasión y benevolencia, y restablecer e incluso fortalecer la relación previa.

Siendo tan positivo, curiosamente, perdonamos poco. Esta decisión, que habitualmente resulta tan positiva y liberadora, sin embargo, en ocasiones se hace extremadamente costosa. Cada uno tenemos nuestro propio estilo de hacer frente a las dificultades. Este estilo es fruto de diferentes estrategias de afrontamiento y de unos rasgos de personalidad que pueden ayudar o dificultar nuestra disposición y facilidad para el perdón. Por eso, aunque sea la persona la que se mueve libremente a perdonar, una adecuada ayuda psicológica puede servir para promover esta decisión. Un reciente metaanálisis, que evalúa 54 estudios previos, subraya la eficacia de las intervenciones psicoterapéuticas para superar las ofensas y ayudar a resolverlas encauzándolas hacia el perdón. Las técnicas más valoradas (Worthington y Enright) empiezan por reconocer el daño sufrido y las emociones negativas derivadas; e incluyen el esfuerzo por empatizar con el ofensor, intentando entender los motivos que pudieron llevarle a realizar esa ofensa.

Se dice que el tiempo lo cura todo, pero no es verdad. El paso de los días ayuda a olvidar una ofensa, pero sanar la herida, y prevenir con ello positivamente sus consecuencias sobre la salud mental y física, sólo lo hace el perdón.

Javier Schlatter Navarro
Subdirector del dep. de Psiquiatría y Psicología Médica de la clínica Universidad

Más allá del acto verbal.
El perdón se ha convertido en un tema de interés científico, promovido por la psicología positiva, ya que influye en el bienestar del ser humano. En la dinámica del perdón, una de las partes se siente agredida, dañada o perjudicada por la otra, que, de forma intencionada o sin ánimo de haber transgredido ninguna norma o regla de convivencia, ha generado un malestar. Evidentemente, hay situaciones más difíciles de perdonar que otras, dependiendo del daño generado al perjudicado. No es comparable, por ejemplo, el perdón de un padre al asesino de su hijo al perdón que pueda merecer quien haya mentido o engañado.

Una investigación llevada a cabo en Argentina, en el año 2006, por la fallecida doctora en psicología María Martina Casullo indicó que las mujeres perdonan más que los hombres (95% frente al 88%, respectivamente). Ellas perdonan para ser perdonadas, y consideran el perdón como un indicador de inteligencia. Los hombres suelen perdonar para olvidar y poder seguir adelante.

Según Javier Camacho (2010), es importante saber que el perdón no tiene que ser necesariamente un acto verbal o una formalidad. Se trata de un estado mental que se consigue a partir del trabajo personal e individual, e implica lograr el desarrollo de una actitud comprensiva y flexible por parte de la persona ofendida; no incluye necesariamente que quien haya provocado el daño pida disculpas.

Guardar rencor causa más dolor y malestar físico a quien lo sufre que a la persona que lo lastimó, y a la vez, une más a estas personas de lo que el agredido quisiera.

Por ello, el hecho de perdonar plantea beneficios como: 1. Niveles de estrés más bajos, al reducir las cantidades de cortisol y, por tanto, la ansiedad. 2. Sistema inmune más fuerte contra las infecciones. 3. Sistema cardiovascular más sano, a partir de ritmos cardiacos y presión arterial más bajos. 4. Descenso del dolor, tanto emocional como físico, reflejado en menor intensidad de malestares crónicos. 5. Restauración de patrones de sueño, gracias a la producción de serotonina. 6. Reducción de las probabilidades de padecer cáncer. 7. Mayor esperanza de vida.

Quien perdona se libera de un vínculo de apego negativo con aquella experiencia traumática, dando fin a un ciclo de dolor personal y abriendo la posibilidad a ser perdonado en otra ocasión.

Como dijo Buda: “Aferrarse a la ira es como tomar un carbón ardiente con la intención de arrojárselo a alguien; es uno quien se quema”.

Maribí Pereira
Psicóloga del ISEP Clínic Barcelona
Publicado en: La Vanguardia

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