Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Capitalismo, el debate sobre la creciente desigualdad


El capital, según Piketty.
Thomas Piketty, director de L’École des Hautes Études en Ciences Sociales (EHESS), lleva más de quince años diseccionando todo tipo de estadísticas históricas para documentar y comparar la evolución de las desigualdades (en términos de rentas y de patrimonios) en los países más desarrollados.

Thomas Piketty-capitalismo

Después de su monumental Les Hauts Revenus en France au XX siècle. Inégalités et redistribution 1901-1998. (Grasset, 2001) a partir de los datos de la Hacienda francesa sobre el Impuesto sobre la Renta, Piketty publicó en septiembre del 2013 una radiografía exhaustiva (950 páginas en su edición francesa) sobre las vicisitudes del capital desde el siglo XVIII, su distribución, más o menos desigual según las épocas, y la distinción entre ingresos y rentas y patrimonio, con una tendencia a la concentración de este último de forma inquietante para el funcionamiento de los sistemas democráticos. El principio “una persona, un voto”, conjuga mal con el de “un euro, un voto”.

Según la ideología neoliberal dominante desde 1980, la desigualdad económica es fundamentalmente positiva por cuanto constituye el incentivo necesario para que los pobres espabilen y se esfuercen, salgan de la miseria y suban los peldaños de la escalera social. La tesis pierde relevancia cuando los mejor pagados y las mayores fortunas amasan cifras obscenas concentradas en un plutocrático 1% de la población, como denunció el movimiento radical Ocuppy Wall Street.

En Estados Unidos, Alemania, el Reino Unido, Francia y España causan estupefacción y rabia en la opinión pública las remuneraciones muy millonarias de las élites financieras y empresariales.

En cincuenta años, el abanico salarial en las grandes empresas ha pasado de “veinte a treinta veces más que el salario medio a 273 veces más hoy”, según denunciaba Barack Obama, preocupado, también, por la creciente desigualdad.

“El 10% más rico ya no se queda con un tercio de la riqueza total, ahora se lleva la mitad”.

Una explosión de las desigualdades que no están en absoluto justificada por una evolución paralela de la productividad y de la eficacia en la gestión (verbigracia la megacrisis financiera que aún colea). El incentivo de los sueldos multimillonarios deja de funcionar cuando tres cuartas partes de la población de los países ricos comprueban como su nivel de vida se ha estancado o ha bajado en los últimos treinta años.

El debate sobre la creciente desigualdad en los países ricos quedó eclipsado en los años 90 por los defensores de la mundialización, centrados en la lenta reducción de las diferencias entre los países pobres, emergentes y ricos, gracias básicamente, al despegue registrado en China y la India. En cifras absolutas, los misérrimos que sobreviven con un dólar diario han bajado de los mil doscientos millones de personas a mil millones.

Hoy la desigualdad preocupa tanto que fue tema estrella en el aquelarre de las élites mundiales en Davos, a finales de enero. Otro vocero (y ejecutor) de las recetas neoliberales, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha divulgado un paper en el que sostiene que un exceso de desigualdad económica es perjudicial para el crecimiento, una idea que nos parece puro sentido común al común de los mortales, con la que sus economistas justifican sus sueldos (libre de impuestos).

De su análisis histórico y comparativo, Piketty concluye que la contradicción fundamental del capitalismo radica en la relación entre el crecimiento económico y el rendimiento del capital. El segundo crece más deprisa que el primero y actúa así ampliando las desigualdades y concentrando la riqueza hasta niveles nunca vistos desde el boom de los años veinte del siglo pasado.

Para Paul Krugman, Nobel de Economía del Banco de Suecia en 2008, “Piketty ha transformado nuestro discurso económico. Nunca más volveremos a hablar de la riqueza y la desigualdad de la misma forma. Su libro es el más importante del año, y, tal vez, del decenio”.

El economista francés reclama elevar o restaurar el impuesto sobre sucesiones porque considera que debe penalizarse a quiénes viven sin tener que ganarse la vida.

Manuel Estapé Tous
Fuente: la Vanguardia

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