Jueves 29 de Septiembre del 2016
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El silencio es también un bien a preservar. Opinión de Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano


El silencio como bien público.
Los aficionados a las jeremiadas por la crisis de valores no suelen mencionar el silencio entre lo digno de ser valorado. Y tal vez conviene empezar a plantear que el silencio es también un bien a preservar. Y es un bien público en la medida que no es un puro asunto individual, en la medida que acceder a él requiere condiciones sociales, actitudes compartidas y aprendizajes personales.

Sobra decir que vivimos inmersos en el ruido hasta el punto de que reducirlo genera a partes iguales sorpresa e inquietud. Hoy el excéntrico es el que pide silencio. Ya no se trata de la clásica apelación a respetar el descanso de los vecinos.

Se trata de la desvinculación del silencio de la idea de respeto: se exige respecto a lo que dice y lo que se hace, pero se descarta que el silencio propio y ajeno pueda ser objeto de respeto, porque el silencio cada vez más se considera un espacio vacío que requiere ser ocupado compulsivamente.

El silencio ambiental se convertirá –es ya– un lujo en un mundo que consume experiencias y no simplemente objetos, una experiencia pintoresca, excepcional y sorprendente que despierta la curiosidad, pero que no está fácilmente al alcance de todos.

Pero este silencio enterrado bajo el ruido ambiental no es excusa para ignorar que hay un silencio ausente simplemente porque huimos de él. Y se manifiesta en el ruido que invade nuestras relaciones. El ruido sordo y constante que nos proporcionamos a nosotros mismos y que toma la forma de la creciente dispersión personal bajo el tsunami de estímulos que nos arrastra.

Leíamos el otro día la noticia de la preocupación creciente por la atrofia de los pulgares entre los jóvenes por el uso continuado del móvil. Más debería preocuparnos la atrofia de la atención en una época en la que la gente ya pide perdón, ante la exigencia de estar conectado en todo momento si no lo está durante un periodo de tiempo, y donde pronto se necesitarán ansiolíticos si se pretende una desconexión sostenida durante algunas horas.

La incapacidad para el silencio se traduce en incapacidad para la escucha y, como consecuencia, en confundir estar callado con hacer silencio o reuniones con dialogar.

Como decían los indios: ¿cómo puedes decir que has escuchado a alguien si no hay un momento de silencio después de que haya hablado? La tertulia mediática está convirtiendo en el modelo normativo de diálogo, donde que los demás hablen no es más que la condición para que otro tome carrerilla para hablar él. Debemos empezar a plantear el efecto contaminante de las tertulias.

En tecnología se dice que hay que reducir el ruido para poder captar la señal: los diálogos actuales consisten exactamente en lo contrario, en el aumento del ruido y la pérdida de la señal. Cada vez más llamamos diálogo a la refriega de dos individuos confrontados en su separación, sin caer en la cuenta de que en el diálogo no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a la conversación que compartimos y construimos. Para ello necesitamos la capacidad de silencio imprescindible para poder escuchar, y la lucidez personal de recordar lo que dijo Azaña sobre otra dimensión del silencio: “Si cada español hablara de lo que sabe y sólo de lo que sabe, se haría un gran silencio nacional que podríamos aprovechar para estudiar”. O, al menos, para escuchar y escucharnos. Y, por consiguiente, para poder decidir mejor, porque, como dijo un alto directivo, el éxito de una intervención depende del estado interior de quien interviene.

Y aquí aparece la tercera dimensión: el aprendizaje y el cultivo personal del silencio.

Deberíamos considerar disponer de momentos de silencio un requerimiento diario como dormir, comer y la higiene personal. Y su déficit tan nocivo como el déficit de sueño, alimentación o limpieza. Hace unas semanas este diario nos explicaba cómo algunas escuelas educaban la práctica del silencio.

Porque el silencio personal es condición necesaria para la escucha, la lucidez, la receptividad y la acción más allá del activismo. Ya Pascal avisó de los males que resultaban de la incapacidad personal de restar un rato solo en una habitación… sin cobertura, claro.

Y por eso se puede decir que el silencio es un bien público, que hay que propiciar públicamente. Ahora que se habla de ciudades educadoras y de ciudades inteligentes cabe preguntarse si lo serán aquellas que no se preocupen de ofrecer espacios de silencio. Las iglesias podrían reconvertir simbólicamente y físicamente parte de sus espacios en una oferta libre y gratuita de lugares donde estar simplemente en silencio.

Porque necesitamos que alguien se convierta en la casa de misericordia donde se ofrezca la hospitalidad del silencio. Y los museos y bibliotecas podrían también disponer de pequeños espacios de silencio como una oferta de purificación de la sensibilidad.

¿O por qué no empezar y cerrar las reuniones con un breve momento de silencio para favorecer que los presentes sean realmente eso: presentes? Y quizás convendría empezar a deliberar si se puede hablar de verdad de educación si la propuesta educativa no incorpora explícitamente el aprendizaje del silencio; que es, en definitiva, el aprendizaje que todos necesitamos para ser, vivir, pensar, actuar y relacionarnos desde la capacidad de habitar mejor nuestro espacio interior.

Si no hacemos lo que tenemos que hacer y no vamos donde debemos ir siempre se quejará alguien. En cambio, si no cuidamos cotidianamente de este espacio interior al que se accede a través del silencio nunca se quejará nadie. Pero al final lo pagaremos nosotros.

Ángel Castiñeira y Josep M. Lozano
Publicado en: en La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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