Viernes 30 de Septiembre del 2016
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André Comte-Sponville, la filosofía como razón de ser


Hay quien se hunde en la miseria con el primer revés, otros en cambio sobreviven al dolor más hondo encontrando incluso una fuerza transformadora. Marcado por una infancia difícil, André Comte-Sponville (París, 1952) conoce como pocos las profundidades del alma también los rincones más oscuros: su madre frágil y enferma se suicidó en el tercer intento mientras que su padre lo recuerda como “un hombre muy duro, no era violento, pero era realmente muy duro”.

La suya podría haber sido una existencia de perpetua desdicha, de hecho a tenor de sus palabras algo de eso era “Alguien que sea plenamente feliz, ¿por qué va a querer estudiar filosofía?”, hasta que por suerte se cruzó en el camino la filosofía o quizá ella fue a su encuentro sabedora de tanta valía.

Gracias a Epicuro, los estoicos, Montaigne, Spinoza, entre otros,  descubrió que la felicidad podía ser verdadera que solo la chispa de la razón podía iluminar toda una vida, derrocar cualquier miedo “La filosofía nos enseña a vivir, a vivir mejor” expresa Comte-Sponville.

Con esto no pretende ejemplificar la disciplina como si de la panacea o fórmula milagrosa se tratase, aunque sí destacando el valor de ésta para elevar el espíritu, la razón de ser, acompañando al individuo en el proceso de crecimiento interior.

Considerado el filósofo francés contemporáneo más relevante a escala europea, Comte-Sponville ha sabido ganarse el favor de crítica y público. De hecho el que fuera profesor de La Sorbona traslada con éxito su sabiduría también fuera del aula, hoy conferenciante y escritor prolífico a tiempo completo.

El último libro ‘Las más bellas reflexiones sobre la vida’ (Paidós) se acerca a temas siempre actuales al tiempo que inherentes a la propia condición humana – el amor, la moral, el conocimiento, la libertad, la política y la muerte– en un recorrido por citas y pasajes de filósofos.

Posiblemente una de sus claves es que su filosofía no solo se limita a las élites, entendidos sino que se abre un amplio abanico haciendo buena aquella premisa que predicaba José Ortega y Gasset “la claridad es la cortesía del filósofo”. Ésta en concreto es una obra de iniciación, de divulgación que puede despertar el interés en los neófitos en la materia y seguir deleitando a otros  más fieles.

Cristina Grao Escorihuela
Redacción

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