Martes 27 de Septiembre del 2016
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Primavera árabe, su mayor victoria. Opinión de Sami Naïr


Victoria laica.
La mayor victoria de la primavera árabe, inaugurada el 14 de enero de 2011 en Túnez, no ha sido solo la huida del dictador Ben Ali, que había reinado como mafioso-policía (pues sí) durante 23 años con la complicidad de todas las potencias occidentales.

Tampoco ha sido la expansión de esta primavera a casi todo el mundo árabe y la caída de tres dictadores —Hosni Mubarak en Egipto, Ali Saleh en Yemen y Muamar el Gadafi en Libia—. Ni, finalmente, la apertura de un proceso de transición caótico en todos estos países, que ha visto la elección democrática, realmente libre y transparente, de las mayorías dominadas por los partidos islamistas, las cuales, por cierto, tenían convicciones opuestas a la democracia.

En Egipto, los Hermanos Musulmanes, desde su llegada al poder, se aferraron a querer teocratizar el Estado y a colonizar religiosamente la sociedad. Esta se movilizó contra ellos, pero la reacción violenta de los islamistas hizo temer lo peor y el Ejército egipcio, al acecho, aprovechó para dar el golpe de Estado que preparaba de forma subterránea desde la salida de Mubarak.

En Túnez, los islamistas de Ennahda tentaron la misma estrategia que sus amigos religiosos egipcios, pero allí también la sociedad se sublevó contra ellos, recordando que la revolución se había hecho para instaurar la democracia republicana, y no una nueva teocracia político-religiosa.

La batalla ha durado dos años. Los islamistas quisieron antes hacer adoptar una Constitución totalmente teocrática; después, ante la resistencia de la sociedad civil, aceptaron hacer concesiones sobre los artículos de fe, hasta acabar admitiendo que el pueblo tunecino quería una ley fundamentalmente moderna, que separara la religión del Estado, que reconociera la libertad de credo, que proclamara la igualdad de derecho a creer y a no creer, que grabara a fuego la igualdad hombre-mujer y otras muchas maravillas fundadas en los derechos imprescriptibles de la persona.

Así pues, una vez más, Túnez sorprende al mundo, ya que acaba de desalojar del poder, sin violencia, a los islamistas y de hacerles aceptar una Constitución secular, que proclama en efecto la prohibición de atacar lo “sagrado”, pero que, de hecho, acepta colocar en el mismo plano de lo sagrado la fe y la no-fe.

Que más de 20 jefes de Estado —entre ellos el rey de Marruecos— y el príncipe Felipe de España se hayan dado cita el jueves 6 de febrero para asistir a la adopción solemne de este texto es síntoma de la importancia que el mundo atribuye a esta ceremonia simbólica. Es esta Constitución, en realidad, la mayor victoria de la primavera árabe.

Sami Naïr
Publicado en: El País

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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