Martes 27 de Septiembre del 2016
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Los hijos de papá, hoy lo son menos. Jorge Dobner


Quién nos iba a decir tiempo atrás que la conocida como generación ni ni (ni estudia, ni trabaja, ni tiene intención de hacerlo) remplazaría el más absoluto pasotismo por una actitud comprometida digna de mención. Los entonces prisioneros de la desidia – tantas veces criticados – quizá en la actualidad sigan desocupados pero no a falta de ganas, sino por imposición coyuntural.

En plena bonanza económica no hubiera estado de más recordar aquella vieja fábula ‘La Cigarra y la Hormiga’ donde la cigarra cantaba sin cesar creyendo que el verano era eterno hasta llegar el frio invierno y con él su dura realidad. Es decir la moraleja siempre vigente: no dejes para mañana, lo que puedas hacer hoy.

Ahora las cosas son bien distintas a todos los niveles –contexto, proceder y formas- tal y como revela el reciente informe “La sombra de la crisis. La sociedad española en el horizonte 2018”, elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud.

Aunque ciertas previsiones no parecen muy halagüeñas, otras en cambio sí que dan pie a la esperanza.

Este es el caso de los jóvenes que, seguramente motivados por las circunstancias, abandonan la apatía para transformarse en activistas. Su participación social cada vez más constatada es la semilla que germinó el movimiento 15 – M y sirve de anticipo a lo que viene: el debate como forma sistemática para cuestionar el ‘status quo’ y una constante renovación de causas.

Fruto de la desafección los jóvenes abren el cerco a nuevas formas democráticas lejos de los partidos convencionales (p. ej. la disidencia online o Plataforma de Afectados por la Hipoteca).

Lo más importante es que dichas iniciativas nacen del consenso, la unión del colectivo, dejando ya en el pasado un exceso de individualismo.

En un mayor grado de pertenencia la familia vuelve a ser núcleo de solidaridad y apoyo indispensable. Parecían olvidadas costumbres como reunirse alrededor de la mesa, charlar e implicar a padres y abuelos en los propios problemas que ahora son asunto de todos. Estos fragmentos recompuestos han significado el ascenso de valores como la honradez y respeto en contra de la corrupción amplificada dentro de la clase política.

Los hijos de papá, hoy lo son menos. Sabedores de su situación privilegiada, los jóvenes filántropos buscan legitimar las posesiones recibidas.

Riqueza no exenta de responsabilidad que se traduce en acciones encaminadas al bienestar común, al menos eso es lo que se vislumbra en el estudio #Nextgendonors. Así las nuevas generaciones calculan al detalle el impacto de sus donaciones, primero estudian el problema para luego encontrar aquellas herramientas y ONG’s más adecuadas en brindar solución y maximizar los dones. Siendo inminentemente empíricos, les gusta conocer, tocar de primera mano con la plenitud de todos los sentidos la realidad que les concierne.

Precisamente estos jóvenes filántropos son los máximos exponentes de movimientos como el Slow Money, tendencia financiera que promueve inversiones para fortalecer sistemas locales de agricultura y comercio sostenible. Y como su propio nombre indica Slow, lento y con paciencia pues el capital retribuido aquí solo es consecuencia del buen hacer.

También colaboran en Giving Circles donde un grupo de personas donan su propio dinero o tiempo para un fondo común, para luego decidir juntos en que proyectos de caridad se destinan, siendo además las mujeres las principales mentoras.

Al igual que el escritor Franz Kafka gestó en su libro ‘La Metamorfosis’ de hombre a insecto, ha llegado el tiempo en que pasamos de encarnar la cigarra a la más sabia y voluntariosa hormiga.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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