Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Del cabreo al cambio. Entrevista con Remo Bodei


“Ni indignarnos ni resignarnos: reformemos con realismo”
Entrevista con Remo Bodei, filósofo de las emociones, autor de ‘La chispa y el fuego.

Tengo 75 años y enseño en EE. UU. y Pisa; ¿jubilarme? Vivir es filosofar. Nací en Calgari. La pasión y la razón se complementan en la madurez. La indignación no puede durar siempre, o la convertimos en proyecto realizable o se convierte en frustración. Colaboro con el CCCB

Cuando estudiaba a Hegel y Fichte, me maravillaba cómo podían ser tan racionales y al tiempo tan apasionados…

Era el espíritu de su época.
Me propuse entonces describir una cartografía de la razón y de las pasiones con el fin de conseguir conjugarlas.

¿Por dónde empezó?
Los griegos. Vivían aterrados por lo impredecible del caos: las epidemias, las guerras, las hambrunas… Nietzsche explica que desarrollaron el logos, su razón, como única manera de combatir el miedo: racionalizarlo.

Sigue siendo la mejor.
Intentaban transformar caos y pathos, las pasiones, en logos, orden y razón. Fíjese en que logos viene del griego legin, de ahí legumbre: lo que se recoge y ordena.

Recoger el desorden del miedo.
Pero el logos griego también era simbólico, porque integraba también las pasiones.

¿Por qué era una razón simbólica?
Synbolo, de synbole, juntar. El synbolon era una pieza de arcilla que los griegos partían al separarse de un ser querido.

Cada uno se llevaba una parte, que reunían al reencontrarse y revivían así su relación. En relación simbólica, un concepto remite a otro, una idea sintetiza otras y al tiempo es nueva.

La inteligencia es asociación.
En cambio, la razón cartesiana de la Revolución Francesa es monolítica. Esa razón se concibe a sí misma como una y única. Y su máxima emanación es la nación francesa y, de ella, la república, un estado por ello también indivisible, ni siquiera articulable.

La nación jacobina.
Esa razón es orden, indivisibilidad, predictibilidad, paz estática y unidad. Y sólo tiene una alternativa: el caos plural -los diablos son legión-, que siempre se multiplica de forma impredecible, diversa e incontrolable.

Veo que prefiere el logos griego.
Que alumbra el arte, la forma de conciliar razón y pasión. La música es la más alta expresión de exacta armonía matemática capaz de expresar las pasiones más crudas.

¿Y eso sirve para vivir?

Para vivir la vida como si fuera una sinfonía que intentamos componer con razón y pasión. Vivir la vida logrando la colaboración antagonística entre sentir y pensar.

Una relación dinámica y creativa en tensión que no se consuma y así no te consume. “Nec cum te nec sine te vivere possum”, dice Ovidio.

Y la copla: “Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio/Contigo porque no vivo/Ni sin ti porque me muero”.
La continuidad de los poetas, ya ve. Pero es así en toda nuestra vida; no sólo la pareja. Vivir es crear y para crear tu razón y pasión deben colaborar de forma antagonista.

¿Cómo?
Si pido un café y llega frío y pego una gran bronca al camarero, ese enfado ya no es por el café, sino que incluye mis frustraciones del día y, si chillo más, de la semana, el mes, y, si me abandono a la ira, de toda mi vida.

Ya pasa.
Porque la ira siempre hace, de una hierba, un haz: si se le da rienda suelta, va acumulando en cada episodio los anteriores. Todas las pasiones se acumulan al liberarse.

La razón consiste en dilucidarlas.
La razón discierne, categoriza, divide, elucida la realidad. Las pasiones, en cambio, siguen la razón simbólica, que las relaciona. La lógica griega unía, simbolizaba; en cambio, la razón ilustrada divide al analizar.

¿Qué dicen los neurólogos?
He investigado en Columbia con Sacks y otros grandes. Está bien explicar que el cerebro es química -proteínas y redes-, pero es como querer describir una centralita telefónica sólo con un croquis de cables: explica las conexiones, no las conversaciones.

Explíquemelo entonces sin croquis.
Fíjese en El Quijote. Cervantes lee a Maquiavelo, que lee a Aristóteles. Y sabe que la realidad no es la apariencia a la que la ha reducido Sancho sin cuestionarla, pero tampoco el delirio del Quijote para huir de ella.

Cervantes era un erasmista centrado.
Discutían a Maquiavelo en las barberías como hoy de fútbol. Y Maquiavelo distingue dos realidades: la que percibimos, la apariencia; y la que no, pero produce efectos.

Por ejemplo.
La familia es una estructura de hace miles de años. Y se va modificando, pero en esencia sigue siendo la familia. Es una realidad dinámica. Y se va adaptando a cada momento sin forzarla ni forzarse al adaptarse.

¿Adónde va a parar, profesor?

Los indignados son como Don Quijote y los conformistas como Sancho. Pero Cervantes ve una tercera vía, un camino central.

¡Está usted haciendo política!
La hizo Cervantes hace 400 años. La indignación dura menos que la injusticia que la provoca. O se organiza para corregir el abuso o su energía se pierde. Pero los indignados se resisten a organizarse, porque creen que al ganar poder perderán su razón.

Y se cansan y así ganan los sanchos.

El camino es el de Cervantes. Debemos transformar el rechazo hacia la corrupción en un proyecto realizable, capaz de mejorar la realidad sin escapismos quijotescos hacia quimeras imposibles.

Del cabreo al cambio
¿Para qué sirve la filosofía si ya tenemos la neurociencia? Para encontrar el sentido y las conexiones en el todo que la ciencia pierde al especializarse.

Bodei nos lleva de la mano desde la Grecia de los simbolones a la España de los indignados pasando por el Cervantes que supo ver lo revolucionaria que es la moderación: “Capaz de transformar -dice- la justa ira en un proyecto razonable”.

Lo demás son escapismos hacia quimeras quijotescas o inmovilismos sanchopancescos de quien se resigna a vivir a oscuras, porque no hay más cera que la que arde.

Entre la pasión indignada y la razón inmovilista, el filósofo Bodei alumbra el camino de la moderación revolucionaria.

Lluís Amiguet
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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