Sábado 01 de Octubre del 2016
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El Mundo: “Cambia el director, sigue la orquesta”. Opinión de Pedro J. Ramírez


Pedro J. Ramírez, controvertido pero referente.
Ha sido y seguramente seguirá siendo, un referente de la libertad de expresión en toda el área hispanoamericana de los medios de comunicación de los últimos 30 años.

Podrá gustar más o menos, se podrán discutir sus métodos y su personalidad, pero nadie puede discutirle su permanente defensa de la libertad de prensa y su batalla constante con los poderes sean del color que sean.

Ha sido un periodista controvertido, pero un referente para los que estamos en esta profesión.

Publicamos su último editorial, porque consideramos que con sus más y sus menos, Pedro J.  ha sido un referente positivo.

Jorge Dobner
En Positivo

Cambia el director, sigue la orquesta.
Esta es mi última Carta como director de EL MUNDO. Y este número 8.808, el último en el que mi nombre aparecerá encabezando la mancheta. Así ha sido desde que hace 25 años fundé este periódico junto a mis compañeros. Y si a estos 8.808 días les sumamos los 3.151 de ‘Diario 16′, son 11.959 días dirigiendo periódicos. Multiplíquese la cifra por una conservadora tirada media de 250.000 ejemplares y el resultante son nada menos que 2.989.750.000 copias a lo largo de 34 años. Casi 3.000 millones de periódicos distribuidos con mi firma durante más de la mitad de mi vida.

Si contamos, también por lo bajo, 4,5 lectores por ejemplar, estamos hablando de al menos 13.500 millones de lectores. Unas cifras como para marear y baldar a cualquiera. No a mí.

Voy serenamente camino del vientre de la ballena pero, a diferencia de Jonás, yo no me he ofrecido como víctima propiciatoria. Han sido los propietarios del periódico quienes, en uso de sus legítimas atribuciones, han decidido poner fin a esta etapa. No estaba, no estoy cansado. Si de mí dependiera habría seguido siendo director de EL MUNDO no ya este año, no ya los tres años más que me quedaban de contrato, sino toda la vida. Así se lo dije, mirándoles a los ojos, a quienes tomaron la decisión. Y si hoy me volvieran a ofrecer el puesto, lo aceptaría de nuevo sin parpadear.

No niego que en muchas ocasiones -y especialmente durante estos durísimos años de crisis económica y putrefacción política- he tenido la sensación de estar atrapado por el deber de actuar en contra de mi propia conveniencia. Pero si eso era una cárcel de agobios y tensiones, yo quería cadena perpetua. No por ambición ni afán de poder -de sobra ha quedado demostrado que son los domadores de tigres de papel quienes prevalecen en España- sino porque, como explicaba Arthur Miller, «un periódico es una nación hablándose a sí misma» y ni uno solo de esos casi 12.000 días he dejado de sentir la preocupación por mi país, la adrenalina de los titulares y el cierre, el hormigueo de la información exclusiva, la pasión cívica por transmitir a los lectores cuanto se les oculta y les concierne.

Lo he dicho siempre: el periodismo es una forma de vida que adquiere valor en sí misma. La forma de vida más digna y emocionante a la que cabe dedicar el tiempo de cada uno sobre esta tierra.

En tiempos y circunstancias distintas me han destituido dos veces como director. Hace 25 años bajo un Gobierno del PSOE, ahora bajo un Gobierno del PP. Al final, la ballena es la ballena. Ya lo dijo John Adams: «Las fauces del poder están siempre abiertas para devorar y su brazo siempre extendido para destruir, si puede, la libertad de pensamiento y de palabra hablada y escrita…». Ahora ya saben a qué me refería el domingo pasado cuando hablaba del espejo arrojado contra el suelo mientras se derrite el «rey de nieve» y suena la canción de Alaska y Dinarama: «¡Vete de aquí, no me supiste entender! (…) Ni tú, ni nadie, nadie puede cambiarme».

Prefiero que sean otros los que interpreten la secuencia de los acontecimientos desde que volví a ser reportero por un día y reflejé las revelaciones de Bárcenas sobre la financiación ilegal del PP y los sobresueldos de sus jefes; desde que publicamos los SMS de Rajoy instando a «resistir» al ex tesorero aun después de que se descubriera su fortuna en Suiza; desde que el presidente acusó en el Parlamento a EL MUNDO de «manipular y tergiversar las denuncias de un delincuente para generar una calumnia»; desde que pocos días después demostramos que quien había «manipulado y tergiversado» había sido él, reproduciendo la suculenta nómina de Bárcenas cuando «ya no estaba en el partido»; desde que descubrimos que la Fiscalía investigaba las percepciones del marido de María Dolores de Cospedal en el banco resultante de la fusión con Caja Castilla-La Mancha; desde que ella declarara poco después en sede judicial, sin venir a cuento, que «no leía» EL MUNDO y desde que el Gobierno y la cúpula del PP en pleno boicotearan con ostentación e infamia un acto del significado de la entrega de los Premios Internacionales de Periodismo -con Vargas Llosa entre los receptores-, instituidos en memoria de tres compañeros que dieron la vida por la libertad de prensa.

El poder había convertido a EL MUNDO en un apestado y las grandes empresas del Ibex -salvo honrosas excepciones- actuaron en consecuencia.

Nunca sabremos si yo continuaría siendo el director de EL MUNDO de no haber sucedido todo esto y de no haberse entreverado tales episodios con los de Botsuana, Corinna, Urdangarin y la Infanta. Debo admitir que lo anómalo no es que el propietario de un periódico decida cambiar al director, sino que haya mantenido durante 25 años al mismo. De ahí que mi gratitud hacia los sucesivos dirigentes del grupo RCS -desde el legendario Cesare Romiti hasta el actual consejero delegado Pietro Scott Jovane pasando por el gran Vittorio Colao- por la confianza depositada tan larga y reiteradamente supere con creces el disgusto actual.

Todo administrador debe velar por los intereses de sus accionistas y es innegable que las relaciones con el Gobierno y las demás instituciones del Estado forman parte del marco en el que desarrolla su actividad una empresa periodística e inciden en la marcha del negocio. En un momento tan difícil para el sector como éste, el Ejecutivo de Rajoy podía haber tomado medidas que paliaran el impacto del desmoronamiento de una inversión publicitaria que -se dice pronto- ha caído en los periódicos desde los más de 2.000 millones de 2007 a los apenas 700 de 2013.

No estoy hablando de ayudas directas sino de planes de reconversión tecnológica, formación de periodistas, digitalización o fomento de la lectura, análogos a los de otras democracias. En lugar de ello se nos ha obligado a pagar el error administrativo del anterior Gobierno en la adjudicación de las licencias de la televisión y se mantiene el IVA del 21% para los diarios digitales frente al 2,5% de Francia.

Está claro que Rajoy apuesta por el mito de «un Gobierno sin periódicos» -en realidad sueña con un Gobierno sin país- y ha optado por convertir la crítica y la denuncia en una mercancía cada vez más onerosa para los editores. No es extraño que en Unidad Editorial la cuerda se haya roto por mi cintura.

Hay tres cosas que, como les dije el jueves a mis compañeros, siento como punzadas en el hígado: dejar de ser director mientras Javier Espinosa -símbolo de todo lo mejor de este periódico- continúa secuestrado, no poder encabezar el desfile del próximo 23 de octubre cuando EL MUNDO cumpla su primer cuarto de siglo y no haber tenido tiempo para recoger los frutos del salto adelante que ha supuesto el cambio de piel de nuestro diario. Orbyt cuenta hoy con más de 127.000 suscriptores, 91.000 de los cuales corresponden a EL MUNDO. Tenemos, pues, más abonados digitales que todos los demás diarios españoles juntos y los orbyteros son la sal de la tierra.

Además, nuestra edición electrónica mantiene el liderazgo en internet, nuestras aplicaciones para móviles y tabletas crecen exponencialmente y lo mismo sucede con nuestras descargas de vídeo. En el canal tradicional, EL MUNDO es uno de los dos únicos diarios nacionales con más de un millón de lectores acreditados por el EGM -aventaja en 500.000 al tercero- y mantiene con claridad el segundo puesto en difusión pese a que la fuerte contracción del mercado distorsiona la perspectiva.

Cada uno podrá interpretar como quiera las miserias del presente, pero coincido con el diagnóstico que Miguel Ormaetxea hacía esta semana en su influyente blog Media.tics: no hay mejor garantía de supervivencia para una empresa periodística que conseguir que en el plazo de tres años el 50% de sus ingresos sean digitales. Ahí están los desafíos, ahí están las oportunidades e, inevitablemente, los riesgos. Recordad a Tácito.

Por encima de todas las cifras me siento fieramente orgulloso -y este es un patrimonio que nadie podrá arrebatarme- de haber sido durante estos 25 años fiel a los principios fundacionales de EL MUNDO, plasmados en esta misma página el 23 de octubre de 1989. Prometí que «EL MUNDO no servirá jamás a otro interés que el del público» y así ha sido. Prometí que «EL MUNDO no utilizará jamás la información como elemento de trueque u objeto de compraventa en el turbio mercado de los favores políticos y económicos» y nunca lo hemos hecho. Prometí que «toda noticia de cuya veracidad y relevancia estemos convencidos será publicada, le incomode a quien le incomode» y reto a que alguien aporte un solo ejemplo de que no haya sido así. Prometí que «toda investigación periodística será culminada, le pese a quien le pese» y en la medida de nuestras posibilidades -con éxitos históricos como los GAL, Filesa o las actas de ETA y asignaturas pendientes de la dimensión del 11-M-, nunca ha dejado de ocurrir. Prometí que «en este periódico no habrá tabúes, ni cotos vedados, ni zonas de sombra, ni sanctasanctórums» y no los ha habido.

Advertí por último: «Si alguien pretende hacernos pasar por el aro, como a tantos otros, que abandone desde hoy toda esperanza».

¿No es un milagro que dentro de la más bien lúgubre historia de la libertad en España hayamos podido mantener desafiante y enhiesto este estandarte durante todo un cuarto de siglo?

Mi último acto antes de dimitir como miembro del Consejo de Administración de Unidad Editorial ha sido apoyar con entusiasmo el nombramiento de Casimiro García-Abadillo como nuevo director de EL MUNDO. No tengo ninguna duda ni de su excepcional talento profesional, ni de su integridad personal, ni de su compromiso con todos estos valores. Bajo su batuta y con la misma orquesta -siempre he dicho que el director representa y coordina al elenco pero quienes tocan son los músicos- la continuidad de nuestro proyecto está asegurada. Casimiro tiene muchas de mis virtudes y pocos de mis defectos. Aunará la firmeza con la templanza y eso creará espacios de distensión sin que el periódico renuncie a ninguna de sus señas de identidad.

El hecho de que el presidente ejecutivo de la compañía continúe siendo Antonio Fernández-Galiano -imbuido como pocos editores de la percepción del periódico como proyecto intelectual y ágora de debate- garantiza además que el nuevo director va a seguir teniendo la misma protección y cobertura con la que siempre he contado yo.

Por todo ello he preferido continuar ligado a Unidad Editorial y agradezco a sus directivos y accionistas que me permitan hacerlo en términos razonables.

Mientras EL MUNDO siga siendo EL MUNDO me sentiría incapaz -máxime tras lo sucedido el jueves- de hacer la competencia en ningún terreno a quienes siempre consideraré mis compañeros. Si las circunstancias cambian me tendrán, claro está, a su disposición.

Mientras sigue incubándose la crisis tremenda que de un modo u otro conmoverá todos los pilares de la España que conocemos, a mí me toca ahora dar un paso atrás.

El 2 de marzo reanudaré mis cartas dominicales, auxiliado por el genio de Ricardo Martínez, bajo un nuevo epígrafe y en una ubicación distinta. Prepararé además la publicación de mi próximo libro -cuando me lo autorice la editorial revelaré su contenido-, me ocuparé de la revista ‘La Aventura de la Historia’ y dedicaré algo más de tiempo a mis amigos tuiteros.

Esta segunda vez el ‘One Brief Shining Moment’ de Camelot ha sido bastante menos breve y ha brillado mucho más que la primera. Hasta nuestros más enconados enemigos reconocen que la España de este último cuarto de siglo habría sido distinta, y probablemente peor, sin un diario como EL MUNDO.

No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero es la hora de pedir perdón a quienes dentro y fuera de la redacción se hayan sentido injustamente tratados por mis decisiones, la hora de dar las gracias de corazón a todos esos españoles que han abierto casi catorce mil millones de veces un periódico con mi firma, la hora de aprender las reglas de urbanidad del manual del buen ex director, la hora de colgar en el vientre de la ballena el lema de Juvenal -‘Vitam impendere vero’- que me acompañará allí donde yo vaya.

Pedro J. Ramírez
Publicado en: El Mundo

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