Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Bill de Blasio, nuevo alcalde progresista de Nueva York


Nueva York, laboratorio progre.
Ha llegado la hora del populismo, del progresismo y de la izquierda en el Partido Demócrata. Después de un par de décadas en las que la casa grande de la ciudad la controlaron dos conservadores, aunque en ocasiones, su antecesor, el multimillonario Bloomberg, se moviera como un asteroide de la política -amigo de Wall Street y, a su vez, campeón del ecologismo y el control de armas-, el nuevo mayor representa un giro radical. En teoría.

Este viernes, en pleno azote de Hércules, el temporal de frío polar y nieve que sufre la metrópolis, De Blasio se comportó como Bill. Como un vecino más. Cogió la pala y se puso a limpiar la nieve de la acera de su casa, en Brooklyn, todavía a la espera de mudarse a la residencia oficial de Gracie Mansion, en Manhattan. Ahí contará con funcionarios que se encarguen de esa tarea.

Sólo 48 horas antes, la familia De Blasio -Bill (52 años), Chirlane (58), Chiara (19) y Dante (16)-, se subió al metro en dirección al Ayuntamiento. Línea 4. Iban a la toma de posesión, a la fiesta de inauguración del mandato. En esta celebración, la solemnidad habitual fue sustituida por música disco, soul o bailable.

De forma inusual en una gala de estas características, a la que se facilitó el acceso a residentes de a pie, las tensiones raciales y de clase se hicieron patentes.

Una joven poeta, Ramya Ramana, leyó una composición en la que pidió el fin de “la guerra” entre brownstone (en referencia a casas lujosas) y brown skin, la piel oscura, aludiendo a la segregación. Glosó esa parte de la Gran Manzana “sin luces, sin Broadway ni Times Square”.

Un pastor habló “de una plantación llamada Nueva York”, mientras que Letitia James, sustituta de De Blasio como defensora de los ciudadanos, arremetió contra el imperio inmobiliario tan potenciado por Bloomberg. Contrastó “los decrépitos refugios para los sintecho” con la brillante sombra que proyectan “los edificios de millones de dólares”.

En su discurso de 19 minutos, Bill de Blasio tampoco dio marcha atrás. Insistió en su relato de las dos ciudades -la de los privilegiados del 1% frente a la del resto, el 99%-, que le llevó a la victoria, pese a que dos moderados de su partido, el expresidente Bill Clinton, que le tomó juramento, y el gobernador Andrew Cuomo, aparecieron como mentores.

El nuevo alcalde subrayó su acento en la lucha contra la desigualdad, contra ese agujero cada vez más profundo que separa a la minoría rica de la mayoría empobrecida, y prometió trabajar a favor de una urbe más humana.

“Hemos de acabar -sostuvo- con las diferencias económicas y sociales que amenazan con destruir la ciudad que amamos. Así, hoy nos comprometemos a dar una dirección progresista a Nueva York. Este impulso progresista está escrito en nuestra historia, se halla en nuestro ADN”.

Nueva York, la ciudad más grande de Estados Unidos, se convierte de esta manera en el faro de la llamada nueva izquierda.

“Estamos viendo un creciente apoyo al movimiento progresista dentro del Partido Demócrata en todas las elecciones, de cualquier rango”, afirma Ken Sherrill, profesor emérito de Ciencias Políticas en el Hunter College.

Sherrill cita como ejemplos de este tirón a Elizabeth Warren -la senadora y musa de los sectores sindicales y juveniles-, o el apoyo en los referéndums sobre el incremento del salario mínimo, la legalización de la venta de marihuana recreativa o de los matrimonios homosexuales.

“De Blasio es uno más de este movimiento. Sin embargo, resulta indiscutible que Nueva York es una ciudad global y cualquier cambio en ella siempre capta más la atención”, añade.

Las ideas que abandera De Blasio, dice Jeanne Zaino, profesora de Ciencias Políticas en el Iona College y de estrategias en la Universidad de Nueva York (NYU), no son originales entre los liberales estadounidenses.

Propuestas como el incremento del salario mínimo, la construcción de vivienda asequible o la imposición de la enseñanza preescolar ya han estado en el programa de otros dirigentes. En esta línea, De Blasio aludió al legendario alcalde Fiorello LaGuardia y prestó juramento con la Biblia del presidente F.D. Roosevelt.

“Se han creado unas expectativas enormes, no sólo por su propia carrera, sino para todo el movimiento”, señala Zaino. “El gran reto de De Blasio -prosigue- consiste en demostrar si es capaz de hacer lo que promete. Si fracasa, será muy difícil para cualquier progresista salir elegido. Todo depende de cómo le vaya a él”.

Al recién estrenado mayor le han llovido los adjetivos. Le han calificado de “populista urbano”, de “insurgente”, de “progresista desafiante”, de “activista”, de tener “la agenda más populista y ambiciosa” o, como demostración del temor que despierta en ciertos sectores y constatación del vértigo al que se enfrenta, de “brigadista rojo”. Porque la posibilidad del desastre es real.

Ni el gobernador ni el congreso del estado parecen dispuestos a gravar con impuestos a los que ganan más de 500.000 dólares al año para sufragar, como propone, esa educación preescolar y las actividades tras las clases, piezas angulares en su lucha contra el agujero social que denuncia.

“El incremento de la desigualdad es fácil de analizar y de lamentar, pero ¿qué hacer para afrontar esta cuestión?, se pregunta John Cassidy en The New Yorker. Según la profesora Zaino, cerrar ese abismo no se puede afrontar más que como una operación a largo plazo. “Políticamente puede ser frustrante -indica- y los progresistas han de afrontar cómo hacer esto, ya que todavía carecen de elementos específicos sobre cómo y cuándo se percibirá ese cambio”.

¿Difícil? El profesor Sherrill coincide en la complejidad que supone la desigualdad, pero aporta sugerencias para ir cultivando el terreno.

“Hay cosas que son complejas y cuestan dinero, pero hay otras que no”. Así que aconseja “prestar atención a las personas, mostrar respeto, intentar saber qué quieren y qué necesitan”.

Este asunto no es una cuestión exclusiva de un alcalde. Es un problema de alcance nacional. Pero De Blasio se ha puesto bajo el foco, en el centro del escenario.

Francesc Peirón
Fuente: La Vanguardia

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