Viernes 30 de Septiembre del 2016
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La tarea de Francisco. Opinión de Manuel Castells


¿Una Iglesia franciscana?
“Un hospital para el alma”. Así definió el papa Francisco su proyecto de Iglesia, enlazando con la tradición franciscana a la que quiso asociarse. Una Iglesia que salga de sus burocracias y oropeles y vaya a buscar a la gente, restañe sus heridas cotidianas, aporte esperanza y sentido de vivir.

Dirigiéndose prioritariamente a los marginados y a los jóvenes incomprendidos por las instituciones, como hizo explícito en julio de 2013 en Brasil fustigando a los obispos atónitos por la llamada papal a la insubordinación de los jóvenes contra los pastores que no ejercen como tales. No fue por casualidad que escogió Brasil, el mayor país católico del mundo. En donde los católicos disminuyeron de 125 a 123 millones entre el 2000 y el 2010 mientras que los evangélicos aumentaron de 26 millones a 42 millones.

Un fenómeno global, puesto que aunque los católicos representan la mitad de los cristianos, crecen por debajo de la población mundial, mientras que los evangélicos doblan la tasa de aumento. Un 50% de los católicos están en las Américas (un 23% en Europa) y es precisamente en América en donde el desafío de las Iglesias evangélicas es mayor. Los pentecostalistas están arrasando en África (sobre todo Nigeria) y en América Latina. Mientras, en Europa la práctica católica está decayendo rápidamente entre los jóvenes, que no se reconocen en el mensaje oficial de la Iglesia.

La decadencia de la Iglesia católica es un factor clave para explicar por qué un jesuita (la orden más intelectual y aristocrática), enfunda el hábito de la orden de los frailes menores para movilizar el potencial de 1.200 millones de católicos como fuerza de regeneración de la sociedad en un momento de crisis general de confianza en las instituciones políticas y religiosas tradicionales.

Esa inspiración franciscana, que se extiende a los valores ecológicos, enlazando con las enseñanzas de Francisco de Asís sobre los derechos de los animales, es la última esperanza para un Papa que aspira a “la conversión del papado” para contrarrestar la descomposición moral y la crisis de influencia de la Iglesia.

Pero que nadie espere un reverdecimiento de la teología de la liberación como intento de politización izquierdista de la Iglesia. Francisco es un pastor conservador, enraizado en los valores originales del catolicismo. Lo que está haciendo es reafirmar y defender dichos valores frente a su negación cotidiana por parte de sectores de la jerarquía eclesiástica.

La cuestión para él no es acabar con el celibato, sino erradicar la pederastia, práctica masiva en el sacerdocio condonada por la jerarquía porque es peligroso tirar de la cuerda. No quiere permitir formalmente el matrimonio gay sino aceptar la realidad de niños que crecen en parejas gais y no por eso condenarlos al infierno. La atención a los marginados pasa ante todo por gestos simbólicos de humildad, ejemplarizados por el propio Papa, de modo a movilizar al casi millón de personas dedicadas a la Iglesia para que cada uno practique en su ámbito esa solidaridad.

En las homilías que pronuncia cada mañana en la capilla de Santa Marta habla sobre todo de tolerancia con las personas y de intolerancia con un mundo injusto, con un mundo en guerra perenne, con un mundo en que 900 millones pasan hambre mientras 1.300 millones de toneladas de comida se desperdician, llevándole a denunciar nuestro modelo alimentario. Y a condenar la avaricia y el culto al dinero y al consumo.

Es en realidad un viejo discurso eclesiástico pero que ahora se encarna en prácticas ejemplarizantes que intentan aleccionar a los católicos a creerse de verdad lo que predican.

Ahora bien, la batalla pendiente del Papa es la que su predecesor no pudo ganar, motivando su jubilación anticipada: la reforma política de la propia Iglesia. Porque en la raíz de la degeneración de la Iglesia está el poder omnímodo de la burocracia eclesiástica, sobre todo en el Vaticano y en la curia cardenalicia. Ahí es donde se anuda una trama de intereses financieros, políticos y religiosos que nadie ha podido deshacer.

Esa es la tarea de Francisco. Y la ha acometido con extraordinario arrojo desde el principio de su papado, nombrando una comisión para la reforma de la curia, otra para el control de las finanzas vaticanas, otra para la reorganización de la banca vaticana, otra para la descentralización de la Iglesia (dando mayor poder a las conferencias episcopales) y otra para el control de la pederastia y la ayuda personal a abusados y abusadores.

Dos tareas son cruciales. Una, el desmantelamiento del lavado de dinero en la banca vaticana. Es realmente un escándalo que nunca antes de haya actuado contra lo que es conocimiento público: la conexión entre dicho banco y las redes criminales mundiales, utilizando los tradicionales contactos con la mafia y alguna logia masónica italiana. Y la segunda, es la reforma de la curia, sustrayendo poder al cardenalato italiano tradicional y obligándolo a abrirse a las nuevas generaciones de los países emergentes.

Para que no lo crucifiquen antes de que gane la batalla (atentos a los rumores sobre su pasado en Argentina) Francisco necesitará algo más que su ejemplo, su argumentación y sus signos democratizadores, tales como suprimir el título de monseñor.

Necesitará la ayuda de los católicos, y sobre todo de los jóvenes organizados en las redes sociales, para vencer la resistencia feroz de los intereses creados en el aparato de la Iglesia.

Incluyendo luchas no resueltas por Ratzinger como la erradicación del poder oculto de algunas congregaciones, ligadas a oligarquías económico-políticas en muchos países, tales como los Legionarios de Cristo.

Mientras su profunda acción renovadora se quede en el plano del discurso las fuerzas del mal que anidan en la Iglesia serán discretas. Pero conforme avance la reforma el oleaje se embravecerá.

Por eso la popularidad del papado en la sociedad es la condición para reforzar la posición del Papa en la reforma de la Iglesia.

Y sólo si esa reforma tiene éxito los católicos podrán al fin creer que Dios les ha devuelto su Iglesia.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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