Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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El error como parte del acierto. Entrevista a Salim Ismail


“Cuando innovas, te atacan los anticuerpos de tu empresa”
Entrevista a Salim Ismail, director de la Singularity, la universidad de Google y la NASA.

Tengo 40 años y sufro un factor disruptivo creativo: ya soy papá. Nací en Bombay y crezco en Silicon Valley. Busco candidatos españoles para cambiar el mundo con la Singularity University. La realidad se acelera y si no reinventas tu oficio cada cinco años, te quedas sin ninguno.

Qué aprende de sus alumnos?
La verdad es que ya no puedo seguirlos. Cuanto más jóvenes, más hiperconectados están, hasta el punto de que ya han logrado pensar a la vez.

¿Inteligencia colectiva?
Esos chicos ya son un ente nuevo, una red que razona, actúa y siente por sí misma.

¿Cómo lo sabe?
Porque hoy esos entes inventan cosas. Jack Andraka tenía 14 años cuando ideó el primer test de detección precoz del cáncer de páncreas consultando Google y a su red de amigos conectados con centros biomédicos.

¿Por qué se puso a diseñar el test?
Porque un amigo suyo murió por no ser diagnosticado a tiempo. Pero lo genial no fue Jack, sino su red. En Silicon Valley los innovadores son adolescentes. Los he visto enseñar a manipular ADN a los científicos.

La experiencia no siempre es un grado.
Porque el metabolismo del mundo se está acelerando, por eso la experiencia del pasado lastra a quienes tratan de acelerarse con él.

La capacidad de los ordenadores aumenta más deprisa que la nuestra de aprovecharla. Y los más jóvenes la adquieren antes.

Perro viejo no aprende trucos nuevos.

Antes el aprendizaje de una profesión duraba 30 años; hoy debes aprender un oficio cada cinco años o te quedas sin.

Yo fui arquitecto de sistemas; he creado incubadoras de iniciativas para Philips y Yahoo. Y ahora soy decano de la Singularity University.

¿Qué ha aprendido?
Que cuando eres innovador en una empresa molestas a la jerarquía, que reacciona intentando liquidarte y así acaba por cargarse su única posibilidad de sobrevivir.

¿Por eso fundó su propia empresa?
Fundé la primera experiencia de la web en tiempo real antecesora de Twitter. Fue un fracaso, pero un buen fracaso te abre puertas en Silicon Valley. Y por eso allí pude crear Angstro, que después vendí a Google.

¿Aprendió alguna otra cosa?
Que la libertad no es creativa. La creatividad, como la música o las matemáticas, sólo se realiza dentro de unas normas. Debes someterte a ellas para, cuando llegues a dominarlas, poder mejorarlas y seguir creciendo.

Exige humildad y orgullo a la vez.

La única manera de aprender es equivocarse. ¿Cómo se aprende a tocar el piano? Equivocándote. Pues a innovar se aprende igual.

Aquí los errores se pagan.
Allí forman parte del acierto. Un buen error te prestigia. Por eso Silicon Valley es más innovador que la Costa Este, Europa y Asia.

¿No hay otras razones además?
En el valle cuando dices “quiero cambiar el mundo” nadie pregunta “¿y tú quién eres?”, sino “¿cómo?” Y si les gusta tu cómo, se suman.

¿”Se suman” es invertir su dinero?
Sí: invierten en errores, porque mientras tú y tu proyecto os equivocáis, mejorarás cosas que a ellos les interesan. Y allí trabajas con otros que también cambian el mundo.

¿Y cuando el dinosaurio eres tú?
En tecnología la estrategia es que tú tienes que ser disruptivo con tu modelo de negocio antes de que lo sea otro y te arruine.

¿Tienes que competir contigo mismo?
Amazon era líder en venta de libros, pero entonces lanzó el Kindle para el libro digital y así dinamitó su propio liderazgo de papel. Y ahora está fagocitándose a sí mismo innovando en logística. Nuestro mundo se acelera y cada ciclo es más corto que el anterior.

¿Por qué todo es gratis en la red?
Por la ley de Metcalfe: el valor de una red de comunicaciones aumenta proporcionalmente al cuadrado del número de usuarios del sistema (n<MD+>2). Es decir, que debes regalar a todos el acceso a tu red para que aumente de valor y puedas luego monetarizarlo.

¿Y si luego no logras monetarizarlo?
Un empresario desfasado hubiera cobrado una cuota por usar Facebook o Twitter y no hubiera entrado nadie y no tendría nada, pero si regalas el acceso a tu red, cuantos más usuarios logras, más valor tiene. Luego ya venderás en ella publicidad o lo que sea.

En ese camino se hunden editoriales, agencias de viajes y se pierden empleos.
¡Destrucción creativa! Una ola disruptiva imparable que barre otros ámbitos donde se impone la curva de Kurzweil, director de ingeniería de Google y profesor en la Singularity, que demuestra que los sistemas evolutivos tienden a acelerarse exponencialmente.

¿Y eso qué quiere decir?
Creíamos que sólo los ordenadores duplicaban su capacidad en ciclos cada vez más cortos. Pero hoy también se duplican otras tecnologías: las células fotovoltaicas doblan su potencia cada 22 meses y en 22 años toda la energía será renovable. También se aceleran la biotecnología, la aeronáutica… ¡Todo!

¿Adónde iremos a parar?

Según la curva de Kurzweil, en algún momento de este siglo la inteligencia artificial superará a la humana creando una singularidad como la que nos convirtió en humanos.

¿Y si aparece una nueva inquisición?
Nadie puede detener la ley evolutiva de la aceleración tecnológica: Bush prohibió experimentar con células madre y los investigadores se fueron a Canadá o China y la genética hoy sigue acelerándose.

Nuestra singularidad
La creatividad es una libertad que obedece. Exige humildad para someterse a las reglas y orgullo para mejorarlas. Antes de dominar un idioma hay que rebajarse a balbucearlo. Lo enseña Ismail en la Singularity University, con el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, cuya curva pronostica que los ordenadores serán más inteligentes que nosotros en el 2045, iniciando así la singularidad tecnológica.

Quizá se equivoque, pero es innegable que nuestro mundo se está acelerando y nos exige aprendizaje y error permanente. Silicon Valley lidera esa aceleración, porque ve el error como parte del acierto. Lo opuesto a la vieja soberbia de pretender saberlo todo.

Lluís Amiguet
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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