Jueves 29 de Septiembre del 2016
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En política, “siempre” no existe. Opinión de Juan-José López Burniol


‘Siempre’ no existe en política.
Manuel Azaña poseía uno de los atributos mayores del talento: la capacidad de sintetizar en pocas palabras una tesis. Así lo demostró al sostener -en el debate parlamentario sobre el Estatut de Catalunya- que “siempre es una palabra que no tiene valor en la historia y, por consiguiente, que no tiene valor en la política”.

En esta misma línea, sostengo que no hay que buscar una solución definitiva -para siempre- del contencioso que enfrenta a Catalunya con el resto de España, sino tan sólo un pacto -un apaño, si así lo quieren- que permita superar con discreción y aseo los próximos quince años -una generación-, a la espera de que, consolidada la Unión Europea, el problema catalán quede diluido por elevación.

Llegado este momento, la política exterior, la política de defensa, la política económica y las grandes infraestructuras se decidirán en Europa, de forma que, entre la UE y los municipios, lo único que quedará serán las áreas culturales, entre las que ya es irreversible la presencia catalana.

Así -capeando el temporal unos años- se obviarían los costes grandes que para una generación supondría una independencia lograda de forma traumática, habida cuenta de que es impensable otra forma de alcanzarla.

No piensen ni por un momento que estoy aquejado de beatería europea. Sé que Europa nos dejó tirados cuando la Guerra Civil, permitiendo que nos matásemos como conejos en un enfrentamiento de pobres durante tres años, gracias a un pacto de no intervención amasado con egoísmo y cobardía de alto voltaje, los mismos ingredientes que sazonaron la infame conducta europea durante el reciente conflicto de los Balcanes. Hay que tenerlo muy presente: Poncio Pilato era europeo, por eso se lavó las manos en el momento cenital de su vida.

Comparto las dudas de Indro Montanelli cuando dice, en las memorias que dictó a Tiziana Abate: “No sé si Europa se formará jamás verdaderamente, ya que hay países que han dedicado mil años a convertirse en naciones y llevan en la sangre el orgullo de su identidad y de sus tradiciones: ¿por qué habrían de regalar todo esto a Europa?, mientras que entre los italianos, en cambio, siempre ha habido poca italianidad, y esa poca ha sido siempre propiedad de retóricos y grandilocuentes”.

Donde Montanelli dice italianos, pongan españoles: verán como el texto nos es aplicable. Por lo que la pregunta es inevitable: ¿cómo no van a sentir dudas, antes de ceder soberanía a Europa, aquellas naciones Estado que, como Francia, el Reino Unido y Alemania, están orgullosas de su historia y de ser como son? Su posición es distinta de la de aquellas naciones Estado que no han llegado a cuajar de una manera plena, como España e Italia, y ven en Europa un puerto refugio en el que amarrar tras una travesía procelosa.

Es más: también sé que la UE no es fruto de un altruista aliento solidario, sino el resultado de la confluencia de algunas conveniencias particulares. Así lo demuestra que Jacques Delors, en un revelador fragmento de su libro acertadamente titulado La France par l’Europe (1988), escribiese: “Crear Europa es una forma de recuperar ese margen de libertad necesario para una cierta idea de Francia”. Y aún es más revelador que Konrad Adenauer manifestase cuando le informaron por primera vez del plan Schumann: “Esta es nuestra oportunidad”, ya que sólo a través de dicha entidad supranacional podía la nueva República Federal Alemana aspirar a reincorporarse a la comunidad internacional en términos de igualdad.

Y doy por descontado que esta misma razón de conveniencia inmediata es la que impulsa hoy a Alemania a afrontar la crisis económica cargando sus costes de manera exclusiva sobre los países del sur, con una rigurosa exigencia de equilibrio fiscal que olvida la parte de responsabilidad que ella misma tuvo.

En el fondo, aflora la Alemania de siempre, la que persigue su hegemonía, bien con las armas -como intentó en dos ocasiones, frustradas por los anglosajones, durante el siglo XX- bien por la economía -como sucede ahora-.

Entonces, si todo esto es así, ¿por qué creo que la Unión Europea saldrá adelante? ¿Por qué unas naciones Estado orgullosas de serlo se avendrán a compartir destino con otras a las que miran por encima del hombro? ¿Por qué aquellas postergarán su conveniencia y su interés inmediato? Por una sola razón: porque a la fuerza ahorcan.

Es decir, porque Europa no tiene la más mínima posibilidad de ser y significar algo en un mundo globalizado si no es uniéndose. ¿Qué significa Alemania en el mundo por sí sola? Nada. Absolutamente nada. Pura provincia.

Por tanto, una vez más se cumplirá la vieja regla: la unión sólo sobreviene cuando la impone alguien con poder para hacerlo o cuando las desventajas de su ausencia superan a las de su aceptación. Por esto último habrá Unión Europea, y por esta razón encontrará en ella salida nuestro viejo, crónico y ya insoportable problema.

Juan-José López Burniol
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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