Sábado 01 de Octubre del 2016
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Una de las estafas mayores de la historia del espionaje. Opinión de Gregorio Morán


La oreja orwelliana.
Seguro que se acuerdan de aquella película alemana titulada La vida de los otros. Quien la vio allá por 2006 no puede haberla olvidado. La deprimente historia de un agente dedicado a escuchar a un matrimonio sospechoso de actividades contrarias al Estado. Se trataba de la Alemania comunista y toda la miserable peripecia de este control producía un rechazo visceral. Era lo que George Orwell había descrito sobre el Gran Hermano que nos vigila a todos.

Lo que probablemente no estaba en la capacidad profética de Orwell es una escena en la Alemania reunificada y gobernada por una ciudadana fuera de toda sospecha, Angela Merkel, a la que desde una oficina de la planta cuarta de la embajada de Estados Unidos le estaba ocurriendo exactamente lo mismo. Hasta su móvil privado. La diferencia es que en vez de ser una sola persona quien se dedicaba al trabajo de escucha, tratándose de una amiga y más que íntima de Estados Unidos de América, en este caso era un equipo completo.

Antes bastaba con un pringado, ahora se necesita un equipo de delincuentes de Estado (agentes en misión de alta responsabilidad, se les denomina ahora), con sus horarios reglamentados. Los espías postmodernos están muy atentos a su salud; quieren jubilarse en plenas condiciones físicas. Son empleados de una empresa cada vez más boyante, el Estado que se ocupa de la oreja de Orwell.

Nunca agradeceremos lo suficiente a ese héroe de la democracia por buen nombre Edward Snowden haber destapado una de las estafas mayores de la historia del espionaje: cómo bajo la tapadera de la lucha contra el terrorismo se lucha contra nuestra libertad.

¿Ustedes saben cuántos puestos de trabajo, de alta cualificación están en juego tras el desenmascaramiento de esta asociación de piratas bajo la bandera de Estados Unidos? Pasan de los 50.000, y como diría un economista puesto al día, sin contar los empleos indirectos.

Es decir que este aparato en el que escribo, esta máquina que aseguraban servía para todo y que nos hacía la vida más cómoda, ha resultado ser una pesadilla orwelliana. Porque nada de lo que escribo está exento de la posibilidad de que un hijo de perra, con categoría de responsable de servicios, trate de sacarme los colores porque escribía a quién sabe quién o dije quién sabe qué cosa. Hemos ganado en libertad, aseguran los cándidos. Al revés, es la primera vez en la historia que los espiados pagan para que los espíen. Y además felices de su inconmensurable salto tecnológico.

Ahora uno entiende por qué tenían tanto interés en pillar a Snowden. Por primera vez un tipo con dignidad y consciente de la mayor estafa de Estado que conoció la historia, tenía el valor de sacar más de 30.000 documentos de alta sensibilidad, a los que el general Alexander, jefe de los delincuentes, considera lo más grave que le ha ocurrido a Estados Unidos en su historia.

Ya tiene que ser grande con la larga historia que acumula ese país prácticamente desde que se convirtió en Imperio. (Nadie parece haberse acordado de que acabamos de pasar sin pena ni gloria, en sospechoso silencio, el 50 aniversario del derrocamiento de Juan Bosch en la República Dominicana, primer presidente elegido democráticamente en la historia del país y al que el ejército de EE.UU. derrocó para sustituirlo por un triunvirato corrupto y asesino).

Controlar todas las comunicaciones del mundo a partir de las máquinas que nos venden ellos es el mayor negocio que ha conocido la humanidad desde que se creó Silicon Valley. 33 líderes mundiales controlados en sus comunicaciones más íntimas es mucho, casi una exageración si no fuera porque es posible, y cuando se trata de alta tecnología todo lo posible es real. Es un juego perfecto. No hay demoras; la escucha, la transcripción, la entrega al mando es simultánea.

Cuando Obama se entrevista con Merkel, por ejemplo, ya lo sabe todo; es como ganarle al póquer a un ciego.

Ahora nos inundarán las campañas de contra información más sofisticadas. Imagínense miles de tipos, que viven de la delincuencia informativa, dispuestos a todas las perrerías para convertir al adversario en un pingajo y a la información que ha suministrado en una nadería de colegial. Ocurrió con el soldado Manning, el valiente muchacho al que llevaron al tribunal militar flanqueado por dos marines de altura descomunal para resaltar la escasa talla del “traidor” -nada se deja al azar cuando se trata de contra información-; luego le hicieron mujer, “llámame Mary”, pero como el asunto no ha prosperado sospecho que pronto irán por otra vía y lo volverán loco o de la Iglesia del Séptimo Día. Lo importante es que reniegue.

Luego Julian Assange. ¿Se acuerdan? El de los cuatro polvos; dos consentidos y dos sin consentir. ¿Dónde están las chicas suecas? Sólo sé que él no puede salir de la embajada de Ecuador en Londres porque le caerá la perpetua, como mínimo. El primer polvo fue consentido, el segundo no; aunque aseguran que fueron simultáneos. En el otro la primera coyunda se hizo con preservativo y la segunda no. ¿Ustedes creen que alguien puede estar fuera de la ley en todo el mundo por dos confesiones de esa naturaleza? ¿Conservaron el condón usado? Sería una prueba incontestable del rigor de los servicios de espionaje. Suecia ya no es lo que era.

Y qué hacemos con Edward Snowden. ¡Está en Rusia! ¿Y dónde quiere que esté, en países democráticos como España que intentó asaltar el avión del presidente de Bolivia para entregar a Snowden a sus jefes norteamericanos?

Cuando uno está jodido y es carne de presidio hay que buscar el lugar donde a los “cazadores de cabelleras” les dé miedo entrar. Un gesto, el de sus padres, visitándole muy orgullosos en Moscú.

No es lo mismo que el menos citado Glenn Greenward, sin el cual posiblemente nada hubiera sido igual. Este abogado norteamericano, colaborador del The Guardian británico, y al que sus padres han repudiado, se ha tenido que ir a vivir a São Paulo, porque su pareja es un brasileño al que torturaron en el aeropuerto de Londres la policía más prestigiosa del mundo hasta que se demostró que es tan corrupta e incompetente como las demás. (Brasil puede ser otro buen sitio para esconderse tras el comportamiento riguroso de Dilma Rousseff negándose a entrevistarse con su espía Obama y suspendiendo la compra de sus aviones). Es verdad que Greenward ha de vivir en un hotel y comprar un ordenador, según confesión propia, cada tres semanas; no usa internet porque está en el secreto.

Pero ¿y España? Impresionante. 61 millones de interferencias telefónicas de la NSA-CIA en un mes. Más que Francia e Italia. Parece como una confirmación de que nuestro país es donde las mafias conservan mayor control del territorio e incluso calma para instalar sus mansiones. Quizá sea por eso. O como escribió un columnista están muy atentos a lo que pensamos. ¿Sobre Rajoy? ¿Sobre la tormenta del vaso de agua en Catalunya? Me temo que lo nuestro no tiene nada que ver con la política. Nuestros políticos son mansos como corderos y glotones como gorrinos. Ningún departamento de servicios especiales haría otra cosa que trasladarlos a la sección de cobros.

¡Vamos a leer cada cosa, que les advierto no se pueden ni imaginar! Hay miles de tipos fabricando las pruebas. Cómo Snowden violó a niños cuando era adolescente, cómo trabajó para los chinos dada su afición al opio, o cómo los rusos le compraron cuando estudiaba el bachillerato y se convirtió en un infiltrado en los servicios de la NSA-CIA. (Desconfíen de las siglas NSA, CIA, SCS -los que escuchaban a Merkel- todos son lo mismo, no se diferencian ni en los collares ni en sus pagadores). Los imperios no pueden dejar impune a quien les ha bajado los pantalones y les ha descubierto sus vergüenzas.

¿Saben lo único que me ha dado un cierto ánimo en este pelea imposible? Que encuestados los ciudadanos estadounidenses sobre qué pensaban de Edward Snowden: un 39% le considera un traidor. Pero un 35 % le admira. Algo así entre nosotros sería impensable.

Gregorio Morán
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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