Sábado 24 de Septiembre del 2016
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La ola que viene ahora. Entrevista a Moisés Naím


“El único remedio posible es regenerar los partidos”
Tengo 61 años: nací en Trípoli, pero soy venezolano desde los 7 años y fui ministro de Innovación a los 35. Vivo en Washington. Soy judío: a los judíos acaban por definirnos los demás. Cada vez es más fácil conseguir algún poder y más difícil mandar. Diserto en el CCCB y en Esade

¿Qué pasa en el mundo?
Las clases medias protestan tanto en los países ricos como en los emergentes.

¿Por qué?
En Brasil, Turquía o Chile, porque han salido de la pobreza pero quieren vivir mejor, y en los países avanzados, porque no quieren vivir peor.

Unos quieren tener bienestar y otros no queremos perderlo.
En Brasil, la clase media denuncia el transporte caro y malo; en Chile, la universidad cara y mala; en Turquía, el autoritarismo especulador. Y todos quieren vivir como aquí.

Y aquí se temen los recortes.
Los indignados o el 15-M o, en EE.UU., el Ocupa Wall Street reflejan el temor de la clase media a caer en el precipicio de la desigualdad creciente y acabar en la pobreza.

Protestamos, pero no cambiamos nada.
En los últimos 50 años la tecnología lo ha cambiado todo, de la medicina al ocio. Todo menos el sistema de partidos. Por eso, cuando voy a una universidad y preguntó cuántos se vienen a salvar delfines con una oenegé…

¿…?
¡Todos levantan la mano! En cambio, cuando pido voluntarios para afiliarse a un partido, todos se tapan la nariz por la corrupción. Y a los mejores les da más asco.

¿Sólo los mediocres se afilian?
Los partidos se consideran maquinarias corruptas de las que se han apropiado castas egoístas para ordeñar el Estado y a los demás.

Por eso los mejores no hacen política, sino oenegés para combatir enfermedades o salvar niños, inmigrantes o fauna en peligro.

Y las oenegés han mejorado el mundo.
Muchas oenegés con un solo objetivo tienen éxito en lo suyo, pero no solucionan nada más. Por eso la gran energía de la protesta de la clase media, de hijos que no quieren vivir peor que sus padres, se disipa en la nada.

El cabreo sólo es útil si conlleva cambio.
Pero la gestión de la insatisfacción de las clases medias en democracia y su transformación en política y reformas sólo la pueden hacer los partidos políticos. Sólo ellos tienen una visión general de los problemas de una sociedad y pueden afrontarlos.

Pues así estamos.

Y, como no hay alternativa a los partidos en las democracias, estoy convencido de que las clases medias se darán cuenta de que los necesitan y los regenerarán o fundarán otros. Yo creo que es la ola que viene ahora.

Si las partitocracias lo permiten.
No tendrán más remedio. Ese malestar que hoy se diluye en un pedaleo en el aire acabará convirtiéndose en política y nuevos líderes, nuevas estructuras y nuevas siglas.

Un eficiente banquero dice que, pese al malestar actual, nuestros abuelos ni soñaban que hoy podríamos vivir tan bien.
Pero cualquiera que diga algo parecido a que “no estamos tan mal” será tachado de ignorar la dura realidad. ¿Y sabe por qué tenemos esa percepción de estar muy mal?

¿…?
Porque siempre comparamos nuestro estado presente con el mejor de los años pasados, no con el peor ni con la media.

Hay quejas. ¿Por qué no revoluciones?

¡Claro que hay revoluciones! Surgen grupos de jóvenes que desafían y derrotan a los monopolios con una start-up -recuerde a Kodak y piense en Instagram- y levantan nuevos gigantes transnacionales que cambian las reglas del juego. Y otros derrocan dictaduras. Hoy los dictadores apenas duran.

¿Por qué?
Porque los gobernantes están cada vez más condicionados por otros poderes. Y no sólo los dictadores: el voto que otorga el poder democrático también se ha dividido. Desde los setenta, cada vez hay menos gobiernos democráticos en el mundo con mandatos claros.

Ya es más lo que no puede hacer el presidente de EE.UU. que lo que puede.
Y cada vez puede menos. Fíjese en Siria, un Estado casi fallido al que Obama amenazó si usaba armas químicas: las usaron y no pudo cumplir su amenaza de represalias.

Yo no sé si alegrarme o preocuparme.
Tiene motivos para todo, porque ese poder difuso de hoy nos da a todos la oportunidad de influir: todos podemos un poco más y ya nadie lo puede todo. Tenemos más oportunidades de desarrollar nuestro talento, pero el peligro de la mutación del poder es caer en la anomia y, a lo peor, el caos.

Cada vez parece más fácil conseguir algún poder, pero más difícil ejercerlo.
Los gobiernos están cada vez más fiscalizados: por los financieros internacionales, el escrutinio mediático, las oenegés y otros actores de la gobernanza mundial. Hoy los gobiernos son como Gullivers inmovilizados por las ataduras de cientos de enanos.

Un consejo para nuestra clase media.
Que no pierda visión periférica. Hoy todos estamos hiperconectados, pero, paradójicamente, sólo en el interior de nuestra burbuja profesional y grupal. Y cuando te das cuenta pasa algo fuera de ella… y, ¡zas!, te quedas sin empleo, sin empresa, sin cargo…

¿Otro consejo que acongoje menos?
El tamaño de la organización hoy importa menos que el tamaño del talento y el esfuerzo individual: ¡aprovéchenlo!

Desde dentro
Un fantasma recorre el mundo: el malestar de las clases medias. Protesta en Brasil, Turquía o Chile y otros países emergentes, porque quieren bienestar; y en Italia, España o EE.UU., para no perderlo.

Naím explica las conexiones del mundo de hoy, donde los ciudadanos, aun separados por océanos, somos vecinos con los mismos problemas. Y en democracia son los partidos los que deben solucionarlos, pero están viejos y podridos.

Hubo quien sugirió a los indignados -hoy insiste aquí Naím- que para lograr algo no deberían acampar en las plazas, sino dentro de los partidos y regenerarlos hasta reformar un sistema que se resiste a cambiar cuando ya todo ha cambiado.

Lluís Amiguet
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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