Lunes 26 de Septiembre del 2016
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La tecnología transformadora contra la pobreza


Vencer la pobreza a golpe de innovación.
“Un equipo lo suficientemente resistente como para sobrevivir a un monzón, sin duda puede sobrevivir a un café derramado en Boston o San Diego”. La idea esbozada hace años por el profesor Coimbatore Krishnarao Prahalad, padre del concepto “la fortuna en la base de la pirámide, es una de las claves de la llamada “innovación inversa” (reverse innovation).

Cuando hablamos de innovación, solemos pensar en tecnología, equipos y procesos ideados por y para los países ricos, que más tarde son exportados a los más pobres. Sin embargo, cada vez hay más novedades que llegan al mundo desarrollado procedentes de los países más pobres.

Ignasi Carreras, ex director general de Intermón Oxfam y director del Instituto de Innovación Social de Esade, cita como ejemplo el acuerdo al que llegaron el banco social de microcréditos Grameen y la empresa Danone para desarrollar un producto con alto poder nutritivo a un precio bajo. Este acuerdo dio como resultado la creación de un yogur que contiene el 30% de las necesidades de vitamina A, cinc y sodio por persona al día, y que se vende en las zonas rurales de Bangladesh por 0,06 euros. En este país hay más de 160 millones de habitantes y el 56% de la población está malnutrida, según datos de Naciones Unidas.

“Se trata de aportar a las familias algo que genera un cambio radical. Además, utiliza plantas de la zona y la comercialización la hacen mujeres que han recibido ayudas para crear una empresa.

Al desarrollar la tecnología para crear este producto, Danone vio que había creado una nueva gama que podía comercializar también en otros países, como India o Polonia, donde ya se vende una barra de cereales barata y de alto poder nutritivo”.

La innovación se ha convertido en uno de los motores de transformación más poderosos en muchos países en desarrollo, que están incorporando nuevas tecnologías móviles (teléfonos, tabletas…) sin haber pasado previamente por la fase del ordenador personal conectado a una red.

“Si ahora ocurriera un tsunami como el de Sumatra del año 2004, las consecuencias no serían las mismas de entonces, porque la información sobre su llegada llegaría muchísimo antes a los habitantes. La penetración de la tecnología allí desde entonces ha sido enorme, especialmente del teléfono móvil”, explica Carreras. Y cita algunas iniciativas relacionadas con la tecnología que están resultando esenciales para impulsar el desarrollo económico de las zonas más pobres del planeta: “En África, se está acercando la banca móvil a la gente.

En India se da información online a los pequeños agricultores sobre cómo evoluciona el precio de los productos en el mercado. Lo que ha cambiado es el acceso a la tecnología, que es una parte de la innovación que se está haciendo”, resume.

Han logrado apoyo además del Gobierno de EE UU, de la Unesco y de potentes editoriales. Y han implantado dos tipos de programas en colegios de África: el primero consiste en dar un kindle a cada niño y otro al profesor; el segundo, en aportar 60 lectores, que comparten diversas clases. Distribuyen lectores electrónicos públicos, comprados por los Gobiernos, y de forma privada, que venden a entre 15 y 18 euros, con todo el currículo incluido. Su próximo reto es implantar el proyecto en América Latina.

Precisamente allí es donde han empezado los creadores de Frogtek. Fundado por David del Ser hace más de cuatro años, este proyecto busca “ayudar a los pequeños comerciantes a ganar más dinero y tener un control sobre sus negocios”, explica Guillermo Caudevilla, director de Tecnología de Frogtek.

“El vendedor escanea el código de barras de cada producto con un lector conectado por Bluetooth al móvil, que hace de caja registradora. Los datos se guardan en Internet y procesamos los de todas las tiendas, de forma que eso nos da información de lo que deben comprar al proveedor y nos ofrece a la vez datos sobre los productos que se demandan en la zona”, explica Caudevilla. Están presentes en 700 tiendas de diversas poblaciones de México y Colombia.

El comerciante abona por el equipamiento y la formación necesaria para utilizarlo unos 300 euros, en plazos. “Vamos a comercios muy pequeños de 1.000 o 2.000 productos. La mayoría llevaba la contabilidad en una hoja y aceptaba lo que le mandaba el proveedor sin ningún cálculo de ventas. Además, este sistema nos permite tener información directa del mercado para estudiar los canales emergentes. Queremos implantarlo en otras partes”, señala el emprendedor. Por ahora, tienen un proyecto piloto en Ghana.

La sanidad es uno de los campos en los que se están poniendo en marcha iniciativas más interesantes. Una de ellas partió de Embrace Global, una entidad sin ánimo de lucro estadounidense creada por exalumnos de la Universidad de Stanford. El equipo de Embrace Global buscaba una alternativa para las incubadoras tradicionales, que resultan demasiado caras para muchos países en desarrollo.

Analizando los datos disponibles, llegaron a la conclusión de que la mayor parte de los prematuros lo eran por nacer solo entre 15 días y un mes antes de lo debido. Es decir, que no requerían un nivel de aislamiento similar al de los bebés prematuros nacidos varios meses antes de que la madre salga de cuentas. Se trata de bebés que, en esencia, solo necesitan calor y un espacio protegido.

Un yogur para atajar la malnutrición en Bangladesh dio lugar a una nueva gama
Embrace Global dio con una solución de bajo coste, portátil y fácil de esterilizar: un pequeño saco de dormir que cuesta unos 25 euros, el 1% de lo que vale una incubadora. Se creó pensando sobre todo en hospitales y centros de salud, pero su precio y fácil portabilidad ha hecho que también lo puedan utilizar muchas familias. Aunque no aísla como una incubadora, el pequeño saco aporta a los bebés el calor que requieren y les permite permanecer en un espacio que se puede esterilizar a menudo.

“La tecnología está siendo un elemento transformador potentísimo. Con una inversión muy baja el impacto que se consigue es elevadísimo”, afirma Mercedes Valcárcel, experta en emprendimiento social y en la valoración de su impacto social.

Valcárcel ha colaborado en el Grupo de Expertos en estas cuestiones de la Comisión Europea y es una de las creadoras de la Fundación Isis, que apoya este tipo de iniciativas.

María Zapata, fundadora de Ashoka España y directora de Operaciones Internacionales de esta organización, está de acuerdo en que cada vez hay más iniciativas locales, que parten de emprendedores de los propios países en desarrollo: “Hay muchas iniciativas promovidas por gente local y una explosión de fondos de capital riesgo social que buscan proyectos que tengan que ver con la tecnología o la salud”, señala Zapata.

“El uso de la energía solar está ya más extendido, con muchos proyectos en Asia o África, pero en los últimos años es el móvil el que está posibilitando un montón de avances. Por ejemplo, en cuestiones como el envío de dinero a través de la banca móvil, el acceso a contenidos educativos, la mejora de la salud pública y también el empoderamiento de pequeños productores, que ahora reciben información de primera mano sobre el precio de los productos con los que comercian, como puede ser el grano”.

Ashoka selecciona a emprendedores sociales y les da un sueldo-beca mensual durante tres años para que desarrollen su proyecto. En España se ha becado a 23 personas. De los proyectos que han apoyado en el mundo, Zapata calcula que unos 200 están enfocados a desarrollar tecnología para el desarrollo. Uno de los proyectos de españoles apoyados por esta organización es el de Andrés Martínez. Lo explica Zapata: “Está destinado a transmitir ecografías a través de la red para el diagnóstico. Permite que técnicos de salud de menor cualificación que trabajan en lugares donde no hay médicos realicen ecografías a través de un ordenador conectado a un ecógrafo y las transmitan. Así se consigue distinguir si el paciente debe ser tratado de una neumonía o de un catarro, o posibles complicaciones de un parto”.

Otro de los proyectos que ha apoyado Ashoka, promovido por el emprendedor Bright Simons, de Ghana, está destinado a luchar contra las medicinas falsas en África, en concreto, está implantándose en su país. Mediante el móvil se saca una foto al código del producto, se envía y en segundos se tiene la respuesta de si es válido o no. Se calcula que entre el 40% y el 50% de las medicinas que se venden en África son falsas, hay un mercado negro que fabrica medicinas que no curan. Y en algunos países, como Nigeria llegan a ser el 80% de las que se venden, según la Interpol, señala Zapata. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido sobre la gravedad de este problema y sitúa en un 30% la cantidad de medicamentos falsos o en malas condiciones que circulan por el mundo y el coste para la industria de ello en más de 55 billones de euros.

Una de las cuestiones que llaman la atención a la hora de ver los proyectos más novedosos ideados en los últimos años para paliar necesidades de los países en desarrollo es que muchos se basan en ideas simples y precisan también de tecnología muy sencilla y en algunos casos incluso beben de soluciones ya utilizada de manera más precaria por los antiguos habitantes del lugar. “En algunas zonas andinas, para intentar evitar la erosión se ha recuperado un sistema de riego barato que usaban los indígenas. Es tecnología más método, que a veces es tan importante como la tecnología. Pero sobre todo”, resume Ignasi Carreras, “el uso de la tecnología en los países más pobres va de la mano de aprovechar el flujo de Internet y de las redes sociales (como hace Avaaz, una organización que conecta por la red a 20 millones de personas en apoyo a causas sociales), la colaboración entre actores (como el caso de Danone y Grameen) y el apoyo a las tecnologías locales, que se desarrollan en un contexto de muy bajo coste y son muy creativas”.

Buena parte de la innovación para el desarrollo parte de organizaciones como el Center for Social Innovation of Standford University; Center for Social Innovation of Harvard University, Skoll Fundation, Younge Fundation, Ashoka o la Schwab Fundation. En España destacan en este terreno el Centro de Innovación Social de Esade o Denokinn, el Centro Vasco de Innovación, Emprendizaje y Desarrollo de Nuevos Negocios. Es decir, la mayoría de los proyectos parten de lugares donde existe un ecosistema, bien una incubadora o un acelerador, de empresas que tienen interés especial en colaborar con este tipo de iniciativas y del apoyo de algunos organismos públicos que están dispuestos a financiarlas.

Los especialistas destacan, sin embargo, que cada vez surgen más iniciativas de los propios países en desarrollo, tanto de algunos africanos como de Bangladesh, India o Brasil. “La innovación sale de personas innovadoras, aunque, si no tienen una red, no consiguen pasar de la creatividad a la innovación y al desarrollo del producto.

Las organizaciones internacionales, por lo general, van por detrás, aunque tienen la posibilidad de llegar a mucha gente y financian distintas iniciativas y think tanks”, añade Carreras.

“Una inversión baja logra un impacto elevadísimo”, señala Mercedes Valcárcel
En muchos de estos países se observa un enorme contraste entre el nivel de desarrollo económico y el acceso a determinadas tecnologías como, por ejemplo, el teléfono móvil. “Lo que no tendría sentido sería que implantaran tarde tecnología ya desechada en los más desarrollados. Por eso no es paradójico que tantos habitantes tengan móviles en África, India o Latinoamérica. Es lo normal. No tendría sentido implantar ahora líneas telefónicas en lugar de dar acceso a móviles”, explica Conchita Galdón, experta en emprendimiento social del IE Business School, que conoce de primera mano muchas iniciativas promovidas en África.

“La vanguardia es el leapfrogging (el salto de la rana), un concepto que se usa para explicar que la evolución se produce de forma directa a la última tecnología. Hay mucho más desarrollado de lo que pueda parecer desde aquí, y la mayoría es tecnología en proceso de prueba y que aún no es rentable”, prosigue esta experta. “En los noventa, no tenía sentido que África empezara con el taquígrafo, sino con el móvil directamente, como se hizo. Estás en poblados en los que no hay agua pero sí móviles”, explica Galdón. “Muchas zonas empiezan a tener extendido el acceso a Internet y la mayoría de los países en desarrollo —aunque, obviamente, no todos— tienen sus propios proyectos experimentales”.

El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) financian proyectos destinados a crear tecnología dirigida al llamado idesarrollo de las zonas más pobres. Uno de los campos en los que más se está invirtiendo es el de la agricultura. Hay buscadores que indican qué estiércol hay y a qué precio en una zona. Y se han desarrollado aplicaciones para móvil que no contienen muchos datos para facilitar su descarga.

La tecnología está dando además un impulso fundamental a la educación en estos países, gracias a las oportunidades de la formación online. En muchas localidades de África hay profesores formados allí que trabajan en contacto con otros de centros situados en países europeos. Esto permite que la formación llegue a zonas muy diversas.

Según explica Galdón, “el IE tiene un proyecto de formación, la mayor parte online, de mujeres en África para que creen empresas”. Y cita otro relacionado con la sanidad en India, país en el que ir al médico puede implicar perder un día de trabajo, por lo que mucha gente posterga su visita. Una alternativa son ya las visitas remotas. Cuando el facultativo necesita ver, por ejemplo, un melanoma, se le envía su foto a través del móvil.

En el terreno de la energía existen iniciativas como la de la compañía d.light, que produce aplicaciones de energía fotovoltaica. Fabrica células pequeñas, de unos 4×4 centímetros que van adheridas a todo tipo de equipos (desde linternas hasta las pequeñas hélices de los motores de las barcas de pesca o las luces del techo de viviendas). Uno más de tantos pequeños proyectos que están acelerando la transformación de las zonas más necesitadas del planeta.

El currículo en el kindle y la caja registradora en el móvil
La idea era usar la conectividad a la que ya tiene acceso el mundo en desarrollo para dar acceso a más conocimiento. “Surgió hace poco más de tres años y medio y consiste en dar acceso a todo tipo de libros a través de un Kindle o incluso de un móvil, con teléfonos básicos conectados a Internet con la red 2G, cuya penetración en África es de un 70%, mientras que la 3G es muy escasa”, explica Colin McElwee, uno de los cofundadores de este proyecto, denominado Worldreader.

“Hablamos con los gobiernos, digitalizamos el currículo y hacemos programas con escuelas mediante lectores electrónicos. Ya estamos en nueve países de África y tenemos aparte, desde muchas partes del mundo, 550.000 usuarios de nuestros programas, que leen los libros a través del móvil, 30.000 desde África”, asegura McElwee.Worldreader es una fundación española con sede en Barcelona. Sus dos fundadores habían trabajado en gigantes como Microsoft y Amazon. Esta empresa les cedió 20 kindles para hacer la primera prueba en Ghana.

Susana Pérez de Pablos
Fuente: El País

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