Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Lampedusa, propuesta para el Nobel de la Paz


Lampedusa merece el Nobel de la paz.
El reportero Fabrizio Gatti, que se hizo pasar por un inmigrante árabe, explica por qué en su opinión la isla símbolo de la política de inmigración de la UE y puesto avanzado de Europa en el Mediterráneo merece ser recompensada por el modo en el que sus habitantes acogen a los inmigrantes que llegan por millares a sus costas.

Hace exactamente diez años, en 2003, durante unos días otoñales como los de ahora, inicié un viaje como “infiltrado” en el tráfico de seres humanos. De África a Europa, a través de Senegal, Malí, Níger, Libia, Argelia, Túnez y, por fin, la isla de Lampedusa.

Decidí convertirme en Bilal, un nombre falso, observando las imágenes tomadas desde el helicóptero de los cuerpos que flotaban en el Mediterráneo boca abajo, hinchados como globos, con los brazos abiertos como dando un abrazo sin respuesta. Era un naufragio, uno de los innumerables. Ante Kerkennah, la isla mítica de Túnez: 41 supervivientes, 12 cadáveres rescatados, 197 desaparecidos. Han pasado diez años y las vidas de otras miles de personas se han paralizado boca abajo, con el cuerpo hinchado, con los brazos abiertos.

En estas aguas, el sitio web Fortress Europe ha contabilizado 6.825 muertos desde 1994, de los cuales 2.352 sólo en 2011. Teniendo en cuenta el conjunto de la frontera europea, desde las islas Canarias hasta Turquía, el balance de víctimas desde 1988 es de 19.142.

Lo más absurdo es que todas estas personas han muerto por dos trozos de cartón con un puñado de páginas en medio: un pasaporte. Viajando en camiones repletos hasta reventar en el Sáhara o estando detenido como Bilal en el campo de inmigrantes denominados clandestinos es cuando comprendí lo extraordinario y diabólico que puede ser el pasaporte. Si tienes el adecuado, pasas las fronteras y perteneces al mundo de los supervivientes. Si tienes el equivocado, debes ponerte en manos de los traficantes y perteneces al mundo de los náufragos.

Pero ¿podemos dejar morir a jóvenes, a mujeres, a niños y a sus padres por dos pequeños trozos de cartón con un puñado de páginas?

Cada Estado actúa por su cuenta
Durante estos años, la Unión Europea ha gastado cientos de millones de euros para proteger sus fronteras mediante la agencia Frontex, su policía. En este aspecto, los Estados miembros llegaron fácilmente a un acuerdo. Pero en lo que respecta a la aplicación de las convenciones sobre los refugiados, el deber de asistencia en el mar que tan a menudo se olvida o las normas sobre inmigración no se han gastado casi nada. Cada Estado actúa por su cuenta.

De este modo, la ausencia total de un proyecto común para decenas de miles de exiliados sirios, eritreos, somalíes y de otros países, así como la falta de apertura de corredores humanitarios en un territorio que se extiende desde los campos de detención en Libia a los campos de refugiados en Turquía, paradójicamente han convertido a las mafias en la única agencia internacional de pasadores que ofrece una vía de salida. La consecuencia de esta situación son las hecatombes que se producen.

Todo ello no ha impedido que la Unión Europea recibiera el premio Nobel de la Paz hace un año.

Por ello, ante las imágenes de los cuerpos que de nuevo flotan en el mar, he sentido la necesidad de romper el silencio y proponer en el sitio web de L’Espresso, el semanario para el que trabajo, una recogida de firmas para conceder el premio Nobel de la Paz de 2014 a los miles de rescatados y náufragos que con su huida han intentado escapar de las guerras.

Puesto que el Nobel no se puede conceder a los que han desaparecido en el mar, propongo concederlo, en nombre de los muertos y los supervivientes, a la pequeña localidad de Lampedusa y a sus habitantes, que jamás han dejado de rescatar los cuerpos.

Lampedusa no es el Estado italiano que, por una ley absurda, prevé que los 155 supervivientes sean juzgados [por un delito de inmigración ilegal]. Lampedusa tampoco es Europa, sino únicamente el punto más cercano de África. Lampedusa es el primer lugar, real y simbólico, entre nosotros, los espectadores, y estos hombres, mujeres y niños que se aferran a las rocas para pedirnos ayuda. Durante este trágico decenio, Lampedusa y sus 6.000 habitantes jamás han perdido la razón ni el sentido común que no diferencia entre ciudadanos y clandestinos.

Firmar una petición
Ese sentido común lo viví en mis propias carnes, la noche del 23 al 24 de septiembre de 2005 cuando, por imperativos de mi investigación, me arrojé al agua simulando ser un clandestino. Un hombre al que no conocía y que a su vez no me conocía me vio en el mar después de muchas horas. Me ayudó a llegar a tierra y me tendió sobre una roca. Se quitó su camiseta y me cubrió el pecho. Pero seguía temblando. Entonces, se tumbó sobre mí. Así es como me calentó sin saber quién era. Pesaba mucho. Yo estaba sucio, desaliñado. Podía tener una enfermedad contagiosa.

Al finalizar la investigación y después de publicar mi libro, le volví a ver. Massimo Costanza no es socorrista. Es electricista, está casado y tiene hijos. Es una persona normal.

El premio Nobel de la Paz tiene una finalidad. Sin su concesión a Aung San Suu Kyi, muy pocas personas habrían conocido la dictadura de Birmania. Por ello es necesario firmar esta petición, para romper el muro de silencio y dar a conocer al mundo entero lo que pasa en la frontera meridional de la Unión Europea.

Fabrizio Gatti
Fuente: Le Monde-Presseurope

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