Jueves 29 de Septiembre del 2016
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La adicción del movíl


Hay vida más allá del móvil.
Apple presentó el mes pasado una versión más económica de su nuevo teléfono inteligente, porque los dispositivos siguen estando fuera del alcance de millones de personas. Aunque a muchos, por lo visto, les gustaría que siga siendo así.

Ahora que los teléfonos inteligentes consumen gran parte de nuestro tiempo y se cuelan en todos los rincones de nuestra vida, algunos advierten que la adicción ha ido demasiado lejos.

Por eso, piden a sus amigos y familiares, e incluso a sí mismos, que guarden los teléfonos y se concentren en las personas que tienen delante y no en el torrente de información que llega a través del correo electrónico, Facebook, Twitter e Instagram.

Las estrategias son simples, pero variadas. La directora de una revista de Nueva York explica a The New York Times que suele dejar el teléfono en un viejo cántaro metálico para la leche desde que llega a casa hasta después de cenar. El diseñador Marc Jacobs prohíbe los aparatos digitales en el dormitorio.

Estas normas, que pretenden establecer “zonas de prohibición de dispositivos”, a menudo implican consecuencias para quienes las incumplan. Una pareja de Nueva Jersey se aplica un castigo permanente: quien conteste al teléfono por la noche sin “una razón plenamente justificada”, tiene que llevar a su hijo pequeño a la cama.

Por otra parte, una competición llamada el “juego de los teléfonos amontonados” está ganando popularidad en los restaurantes. Todo el mundo apila sus aparatos en medio de la mesa y el primero que atienda una llamada debe pagar la cena de todos.

“La expectativa de que siempre debemos estar disponibles para nuestros jefes, compañeros y familiares constituye un verdadero obstáculo a la hora de intentar reservarnos ratos de intimidad”, comenta el escritor Lesley M. M. Blume a The Times.

Ese sentimiento quedaba reflejado este verano en un vídeo de YouTube que ha sido visto por 24 millones de personas. En él aparece una joven, interpretada por la actriz Charlene deGuzman, a la que nadie hace caso porque las personas que la rodean están obsesionadas con sus teléfonos. En la bolera, derriba varios bolos y se da la vuelta para chocar los cinco con sus amigos, pero ellos no le quitan ojo a la pantalla.

Nick Bilton, de The Times, escribe que el vídeo “resulta bastante turbador” y sugiere “que quizá sea mejor vivir la vida que verla”. Bilton compara el actual examen de conciencia respecto al uso de los teléfonos inteligentes con la rebelión contra la televisión a la hora de cenar de finales de los cincuenta.

El problema ha sido abordado incluso por los planificadores de bodas. Bruce Feiler escribe en The Times sobre parejas que no quieren que los invitados lleven teléfonos ni cuelguen fotos suyas en la Red. Por muchos motivos: los famosos pretenden garantizar su intimidad, otros tratan de evitar hacer daño a quienes no han sido invitados, los hay que quieren cerciorarse de que solo se publican fotos favorecedoras…. Estas celebraciones tienen un nombre: “bodas desenchufadas”.

Feiler relata que asistió a una boda en la que la pareja dejó claro de antemano que los teléfonos no estaban invitados. El novio le dijo: “En una boda se supone que la gente ejerce de testigo. ¿Cómo va a hacerlo si ni siquiera oye los votos porque está demasiado ocupada sacando fotos?”.

Emma G. Fitzsimmons
Fuente: New York Times – El País

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