Martes 27 de Septiembre del 2016
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Glenn Greenwald, el hombre que ha desencadenado un terremoto diplomático


Glenn Greenwald, el cruzado de las libertades públicas.
¿Y si en el origen de uno de los mayores casos mundiales de espionaje no hubiera más que una gran pena de amor? Es muy posible que nadie hubiera oído hablar jamás de Glenn Greenwald, ni del vasto programa de vigilancia electrónica llevado a cabo por Estados Unidos y cuya existencia él reveló, si no hubiera ido a curarse una pena de amor a Brasil.

Al llegar a Río se acercó con su perro (¡hoy tiene 14!) a la mítica playa de Ipanema. “Acababa de romper una relación de 11 años y lo último en lo que pensaba en aquel momento era en conocer a alguien”, recuerda hoy con aire divertido.

Sin embargo, el destino quiso otra cosa. O, mejor dicho, una pelota de voleibol le cambió el destino. Y con el suyo, el de la NSA, la poderosa agencia nacional de seguridad de Estados Unidos, puesto que Greenwald acabaría convirtiéndose en su más feroz enemigo. Pero eso vendría más tarde.

En aquel día de febrero de 2005, Glenn Greenwald cruzó la mirada con la de David Miranda, que se había acercado a recuperar la pelota extraviada y aterrizada a sus pies mientras se tomaba un té helado. Como ocurre en el cine, “el flechazo fue inmediato”. Sin embargo, todo separaba al abogado estadounidense de 38 años y a David, de 20, “un huérfano criado por dos tías alcohólicas en una favela de Rio”, cuenta Gleen Greenwald con un punto de orgullo.

Para vivir con David tenía que quedarse en Brasil, porque su nueva pareja, que no tenía titulación alguna porque había abandonado la escuela a los 14 años, tenía pocas posibilidades de obtener un permiso de residencia en Estados Unidos. Greenwald no lo dudó y se estableció en Río. Su trabajo de abogado mercantil en Estados Unidos comenzaba a ser una carga para él. Pero, como tenía que ganarse la vida, siguió gestionando su bufete a distancia, al tiempo que inició un blog, tanto para distraerse como para “intervenir en la conversación política”.

Su primera entrada de blog ya hizo referencia a un caso de espionaje en el que estaba implicado Dick Cheney, entonces vicepresidente de su país. “Gracias a mi conocimiento del derecho, pude demostrar que el gobierno mentía”, recuerda con placer.

El éxito fue inmediato y en una semana logró la fidelidad de mil lectores. Unos meses después, Glenn Greenwald tenía más de 100.000. Hoy tiene el doble y vive en parte del blog, gracias a una suscripción anual de sus lectores que le permite redondear los ingresos obtenidos de sus cinco libros, sus conferencias y sus artículos.

20.000 DOCUMENTOS
Glenn Greenwald abandonó sin reservas su carrera —“siempre me habían dicho, desde pequeño, que sería abogado”— para abrazar su vocación, la que le ha dado hoy, a los 46 años, fama mundial: whistleblower, denunciante de los “abusos” del Estado que “amenazan las libertades públicas”.

Y ello gracias a Edward Snowden, el exmiembro de la NSA refugiado en Moscú, que robó unos ficheros de la NSA que Greenwald recogió en colaboración con la documentalista estadounidense Laura Poitras. Una montaña de informaciones increíble, “alrededor de 20.000 documentos”, dice Greenwald, sobre el alcance del espionaje electrónico realizado por Estados Unidos en todo el mundo.

Desde sus primeras revelaciones sobre la dimensión del programa, publicadas en junio en el periódico británico de izquierdas The Guardian, Glenn Greenwald desencadenó un terremoto diplomático.

Pocas veces un solo 

No es extraño, por tanto, que varios estudios de Hollywood se hayan puesto ya en contacto con él, si bien él ha rechazado las ofertas, porque quiere conservar a toda costa el control de la historia.

Los documentos de Snowden le garantizan una visibilidad formidable y un negocio inagotable. “No ha habido nunca una filtración de datos de esta envergadura, el gobierno estadounidense me detesta”, asegura.

Sin embargo, la tarea es demasiado pesada para un solo hombre, incluso con la ayuda de su socia Laura Poitras. Para protegerse y asegurar una mayor difusión de los documentos filtrados por Snowden, la pareja ha decidido deslocalizar su labor mediante acuerdos de asociación con numerosos medios de comunicación, entre ellos Le Monde.

Para ser alguien en el centro de una tempestad, Glenn Greenwald tiene una tranquilidad asombrosa. Aunque vive en Brasil desde hace varios años, sigue siendo muy estadounidense: nunca una palabra más alta que otra, respuestas concisas y una cortesía inquebrantable, a pesar del teléfono móvil que suena tanto como la centralita de una comisaría.

UN ORDENADOR NUEVO CADA TRES SEMANAS
Greenwald recibe a marchas forzadas en un gran hotel de Río que da, como es debido, a una playa adornada con palmeras. Nada más sentarse, abre su bolsa en bandolera, de la que no se separa jamás, y saca uno de sus numerosos ordenadores. Por precaución, compra uno nuevo “cada tres semanas”, que no conecta nunca a internet para evitar cualquier riesgo de piratería.

No cabe duda de que Glenn Greenwald es un hombre con una misión: “Hacer todo lo posible para limitar el poder del Estado y obligar a quienes lo ejercen a rendir cuentas”.

Un espíritu irreverente que asegura haber sido “un niño problemático, en conflicto con la autoridad desde muy pequeño”. Criado con su hermano pequeño en Florida, en Lauderdale Lakes, una ciudad residencial típicamente norteamericana, tenía “una relación tensa” con su padre, que era contable, mientras que su madre trabajaba de cajera donde puede, sobre todo en McDonald’s.

Desde muy pronto se refugió en su abuelo paterno, “un socialista de los años treinta, gran admirador de Roosevelt” y concejal en el ayuntamiento, que le introdujo en la política. Hasta el punto de que Glenn Greenwald llegó a presentarse también a las elecciones locales, cuando todavía estaba en el instituto. No ganó, pero de aquella experiencia extrajo una lección que todavía le acompaña: “Me gusta el combate, los debates públicos, pero sabía que mi talento no consistía en complacer a la mayoría”. Un eufemismo, visto el escándalo mundial que ha desatado.

Antes, el joven abogado ya había suscitado polémicas al defender a grupos neonazis estadounidenses en nombre de una visión radical de la libertad de expresión. La misma que hoy le empuja a afirmar que “Estados Unidos es la mayor fuente de mal en el mundo”, por su poderío, dice, que le hace responsable, en su opinión, “de la mayor parte de las muestras mundiales de violencia, empezando por la guerra de Irak”. Unas afirmaciones que, por supuesto, indignan a sus compatriotas y a todos quienes no comparten la perspectiva libertaria de Greenwald.

90 MINUTOS DE SUEÑO CADA NOCHE
Ahora bien, si no hubiera conocido a Edward Snowden, Glenn Greenwald habría permanecido en la sombra, seguiría siendo un polemista de talento como tantos otros. Con Snowden, dice, “hubo una conexión inmediata”. Se entrevistaron a petición de este último, que había visto los escritos de Greenwald sobre los peligros del espionaje digital. La primera cita se celebró a principios de junio en un hotel de Hong-Kong, donde el antiguo colaborador de la NSA había decidido huir con sus explosivos documentos.

Entusiasmado por los papeles que Snowden acababa de darle, Greenwald trabajó a destajo: “No dormí más que 90 minutos cada noche durante 11 días”. A finales de junio, sus primeras denuncias ocuparon las portadas de la prensa mundial. Pero el caso no está cerrado, ni mucho menos.

Aunque se apoye en una paradoja cruel: Edward Snowden, el apóstol de la transparencia, debe su protección a Rusia, un país que también practica a ultranza el espionaje y la vigilancia de sus ciudadanos.

Otro matiz: Greenwald asegura que “nunca ayudará a los países enemigos de Estados Unidos a eludir el espionaje” dando a conocer documentos que podrían poner en peligro las actividades de los servicios estadounidenses en países hostiles. Hasta el momento, todas las revelaciones procedentes de los documentos de Snowden se refieren en exclusiva a países aliados de Washington.

Aun así, cuesta imaginar que los chinos y los rusos no hayan sentido la tentación de examinar con más detalle el contenido del ordenador de Edward Snowden. “No existe ninguna prueba de que Snowden haya entregado nada ni a Rusia ni a China”, cree Greenwald. “

Además”, prosigue, “la idea de que se pueda acceder a los archivos de Snowden, tan hiperprotegidos, sin su consentimiento, es absurda”. Para Glenn Greenwald y Edward Snowden, es vital que esta versión sea cierta. De no serlo, en Estados Unidos no dejarán de sonar las acusaciones de traición. Con graves consecuencias.

Yves-Michel Riols
Fuente: Le Monde-El País

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