Miercoles 28 de Septiembre del 2016
Google+ Pinterest
sponsors 1

Una nueva espiritualidad


espiritualidad-nueva espiritualidad-espiritu-el mundo-nuestras manos-creencias

Hacia una espiritualidad laica
La sociedad y el ser humano han evolucionado más allá de las religiones y creencias. Por ello, y porque el ser humano es espiritual por naturaleza, se hace necesario el cultivo de una espiritualidad que tendremos que estructurar sin creencias, sin religiones, sin dioses ni sumisiones, como una indagación laica y libre

Cultivar la cualidad humana
Necesitamos con urgencia la cualidad humana, la espiritualidad de nuestros antepasados, cuanto más honda mejor, para gestionar sociedades de potentes ciencias y tecnologías, de lo contrario se podrían volver contra nosotros, contra las especies vivientes y contra el medio, como ya está ocurriendo.

Durante miles de años la humanidad ha tenido formas de vida estables basadas en el cultivo, la artesanía y el comercio; los colectivos se coordinaban mediante la sumisión y la coerción. Había cambios, pero no en lo fundamental. Los sistemas de interpretar la realidad, valorarla, trabajar, organizarse y actuar fueron estables e intocables.

Estamos hablando de las sociedades preindustriales estáticas, con variaciones en las formas pero con estructuras colectivas profundas idénticas. Estos sistemas culturales bloqueaban los cambios que tuvieran repercusiones serias en los sistemas de valores colectivos.

Durante esa larga etapa, la espiritualidad tuvo que cultivarse en moldes estáticos, de sumisión y sin excluir la coerción. En esa etapa las religiones fueron a la vez proyecto de vida colectivo y medio para cultivar lo que nuestros antepasados llamaron espiritualidad, en una antropología de cuerpo y espíritu, y que nosotros sin esa antropología tendríamos que llamar cualidad humana. En sociedades estáticas las creencias intocables fueron el medio de fijar los modos de vida y bloquear los cambios que pudieran poner en riesgo el modo de vida colectivo. El papel de la religión fue central en todas las culturas preindustriales.

La industrialización, donde se impuso, fue creciendo y arrinconando los modos de vida preindustriales. Ese crecimiento creó dificultades a las religiones.

A finales del siglo XX e inicios del XXI las formas de vida preindustrial, que excluían los cambios, son ya residuales o casi desaparecidas en Occidente. Hemos entrado en un nuevo sistema industrial que vive y prospera de la innovación continua de ciencias y tecnologías en interacción mutua y, a través de ellas, de la innovación constante de productos y servicios. Se vive un cambio acelerado que afecta a todas nuestras formas culturales individual y colectivamente. Este nuevo tipo de sociedades ha producido una gran ruptura con el pasado: nuestros antepasados vivían bloqueando el cambio, nosotros del cambio constante.

Usando una imagen informática: nuestros mayores se programaron para bloquear el cambio, ese fue el papel de las creencias intocables, nosotros para cambiar.

Los cambios afectan a todos los niveles de nuestra vida: el crecimiento acelerado de las ciencias cambia constantemente la interpretación de la realidad, las tecnologías cambian continuamente nuestras formas de incidir en ella, nuestras formas de trabajar, de organizarnos y, como consecuencia, nuestras formas de sentir y actuar. Todo cambia continuamente. Las creencias religiosas y las laicas, deben ser excluidas porque fijan. Si se han de excluir las creencias, no son posibles las religiones como se vivieron en el pasado.

Por la dinámica imparable e inevitable de nuestros sistemas colectivos de sobrevivir nos vemos necesitados a no tener creencias ni religiones.

Los proyectos de vida individual y colectiva que las religiones nos proporcionaban en el pasado resultan inadecuados e inviables. Hoy los proyectos de vida colectivos, en continua transformación, los construimos nosotros mismos a nuestro propio riesgo y apoyados en nuestra cualidad. El cultivo de la espiritualidad, de la cualidad humana que fomentaban las religiones, tendremos que estructurarlo y motivarlo sin creencias, sin religiones ni sumisiones, como una indagación laica y libre individual y colectiva, pero heredando toda la sabiduría que durante milenios acumularon las religiones y tradiciones espirituales de la humanidad. En una sociedad globalizada, todas las religiones y tradiciones espirituales ya son nuestras.

Las generaciones menores de 45 años ya están, en su gran mayoría, sin creencias, sin religiones y, lo que es más grave, sin posibilidad de heredar y cultivar la gran sabiduría que nos legaron nuestros antepasados.

Empeñarse, como se está haciendo, en que cultiven la cualidad humana a través de creencias, religiones y sumisiones es una tarea imposible.

Si no queremos que las nuevas generaciones y la humanidad de las nuevas sociedades globales gestionen nuestros aparatos tecnocientíficos en constante y acelerado crecimiento sin cualidad humana, habrá que habilitar procedimientos para cultivar una cualidad humana, una espiritualidad, laica, sin creencias, sin religiones y sin dioses, a la manera que los entendieron nuestros mayores. Este es un desafío que no permite aplazamientos.

Hay que aprender a heredar el pasado sin tener que vivir como ellos; sería necedad querer partir de cero. Una sociedad de conocimiento, sin cualidad humana es una grave amenaza para el planeta.

Marià Corbí
Director del Centro de Estudio de las Tradiciones Religiosas (CETR)De naturaleza espirituales

De naturaleza espirituales.
Nuestra naturaleza es ser espirituales. Nacemos a la especie contando ya con un depósito de tradición y de conocimientos compartidos, facilitado por el uso del lenguaje, que nos permite trascender las necesidades inmediatas. Somos cultura. Y a través de la pertenencia a una sociedad desarrollamos la conciencia del yo. El interés por dejar un legado en forma de obra científica o literaria o de descendencia biológica, además del sentimiento religioso, se explican en parte por la necesidad de trascendencia característica del reconocimiento de la propia individualidad.

En la dialéctica con las religiones, los laicos hemos cedido tanto terreno que ahora hablar de espiritualidad laica parece un oxímoron.

No obstante, gran parte de nuestra actividad como seres humanos (los debates políticos e ideológicos, la solidaridad, el disfrute del arte o del deporte, el desarrollo de la ciencia o la creación artística) está basada en valores, creencias y expectativas que trascienden el mundo físico.

El cerebro humano es un maravilloso producto de la evolución. Los humanos, así como la materia de la que estamos hechos y la actividad racional sostenida por ella, somos parte de un mundo natural con impresionantes logros espirituales. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, uno de ellos, es espiritualidad laica en estado puro. Y sabemos además que nunca lo sabremos todo. Es una falacia el intento de suplir la ignorancia con hipótesis ad hoc. Ese procedimiento, si bien ofrece consuelo ante el terror que produce el misterio, no nos acerca un ápice a la comprensión de lo que somos.

Una trampa en la que caemos al hablar de espiritualidad es suponer que la ética está vacía si no se fundamenta en la creencia en un ser externo al individuo que dicta lo que es correcto.

Sin embargo, la ética que emana de nuestra conciencia de seres autónomos representa un estadio superior en nuestro desarrollo como seres humanos. El imperativo kantiano condensa la esencia de la racionalidad madura, que exige la toma de decisiones y la asunción de sus consecuencias.

Cuando colocamos fuera de nosotros (en los padres, en la Conferencia Episcopal o en Dios) la fuente de los valores, extendemos a toda la vida un comportamiento propio de la infancia.

Nada ganamos echando mano del pensamiento mítico y cerrando los ojos a nuestra naturaleza como seres espirituales, responsables de nuestro destino individual y colectivo, y capaces de conservar el asombro inquisitivo ante una realidad complejísima que no necesita de la existencia de fantasmas.

María José Frápolli
Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Granada

Fuente: La Vanguardia

2 comentarios

  1. Deacuerdo Responder

    Además de estar de acuerdo, opino que, teniendo claro que todas las ideologías son falsas, la única verdad es que el futuro hay que crearlo con el presente. Una manera podría ser educando en libertad ideológica, enseñando a los niños y jóvenes lo que es la vida, la realidad y cómo mejorarla, y dándoles herramientas para que decidan por sí mismos qué hacer con sus vidas en un entorno globalizado, en constante evolución y sin límite para la creatividad sostenible y respetuosa.

    1. Marc Moreno Responder

      Me ha gustado el artículo. No tengo nada claro que todas las ideologías sean falsas. Entonces todo es falso. Detrás de Educar en libertad ideológica ya subyace una ideología que enmarca los valores sobre lo que se transmite. Es decir, detrás de cualquier manifestación de pensamiento hay ideología.
      No queramos engañar como lo hace el neoliberalismo de la Troika, diciendo que intervienen países pero con tecnócratas, o sea sin ideología. Alguien cree que esos señores no se basan en una ideología: la de que primero son los poderes financieros y luego las personas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>