Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Trabajar y vivir en el campo


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Adiós a la oficina y bienvenido el trabajo en el campo.
Vivir de la agricultura siempre ha sido una empresa muy laboriosa.
Sin embargo, un grupo cada vez más numeroso de estadounidenses está abandonando la seguridad y la tranquilidad que ofrece un trabajo de oficina para volcarse a la dura pero reconfortante tarea de ganarse la vida con el fruto de la tierra.

La motivación de algunos es producir alimentos más sanos para ellos mismos y para su comunidad, a otros los anima la idea de volverse autosuficientes o simplemente trabajar al aire libre, como lo hicieron sus antepasados.

Aún no hay estadísticas sobre cuántos están abandonando los escritorios para trabajar en el campo, pero Kimberley Hart, Karen Sommerlad y Erik Jacobs lo han hecho.

Campo en Estados Unidos
Hart dejó su trabajo haciendo vestuarios para las producciones de Broadway y se fue a cultivar vegetales en una modesta granja en las afueras de Nueva York, mientras que Jacobs hizo a un lado su profesión de fotógrafo de noticias en Boston para aprender los rudimentos de la agricultura.

Sommerlad, por su parte, abandonó su puesto en la Universidad de Harvard para plantar de todo, desde lechugas hasta calabacines.
Esta tendencia es más marcada en el noreste de EE.UU. -donde viven los tres- así como en California, posiblemente por la influencia de los movimientos que favorecen el consumo de los alimentos producidos localmente en las dos áreas.

Primeros pasos
En EE.UU. hay ahora unos 456.000 “agricultores principiantes”, definidos por el gobierno como aquellos con menos de una década de experiencia.

Según el Departamento de Agricultura estadounidense, es menos probable que estos reciban subsidios gubernamentales en comparación con los agricultores establecidos y más probable que tengan educación universitaria y otros empleos además de la granja.

Además, ganan menos con lo que producen en el campo y trabajan en granjas más pequeñas. En términos de edad, no son necesariamente más jóvenes que los agricultores establecidos.

Trabajo en el campo
A pesar de que las estadísticas oficiales aún no muestran un aumento de esta nueva clase de agricultores, existen muchas historias que dan cuenta de esta tendencia.

En la Escuela de Agricultura de Athol, en Massachusetts, la inscripción en los cursos anuales creció de 15 o 20 estudiantes hace cinco años a cerca de 50 este año, explica su director, Patrick Connors.
El programa de la escuela, dice, “surgió a partir de reconocer que cada vez más gente se interesa por aprender este trabajo”.

“Se ha vuelto una carrera viable”, agrega. “Hay mucha gente en Nueva Inglaterra y California que hacen de su granja un negocio -a pequeña escala- exitoso. Creo que mucha gente lo está empezando a considerar”.

La edad de los alumnos del año pasado oscila entre 19 y 53 años. Entre los estudiantes inscritos para el ciclo lectivo que comienza en 2013 figura un abogado, un médico, un maestro y varios ejecutivos.

Lo que se sabe con lo que se está aprendiendo
Pese a que nadie se enriquece manejando una pequeña granja, para Sommerlad y su marido, David Cobb, representa un segundo ingreso.

“Lo hacemos porque nos gusta cultivar alimentos y conectarnos con la comunidad”, explica Sommerlad. “Las ganancias son algo secundario”.

La meta de Hart, antes costurera hoy agricultora, es generar una ganancia este año de US$10.000. “Aunque las cosas nos salgan un poco mal, deberíamos poder generar esta suma de dinero”, dice.

Casi todos los pequeños agricultores -tanto los nuevos como aquellos de más experiencia- complementan sus ganancias con productos de fabricación casera como por ejemplo queso, elaborado con la leche de sus vacas.

Por lo general, uno de los miembros de la pareja mantiene su trabajo en la ciudad, mientras que el otro se dedica a la granja por tiempo completo.

Hart y su marido, Thad Simerly, hacen exactamente eso. Él sigue viajando a Nueva York para trabajar como restaurador, un oficio que le proporciona mucho más dinero del que puede -y podría- hacer con la granja.

En la Escuela de Agricultura, muchos graduados se valen de su antigua profesión para complementar los ingresos que obtienen del campo.
Jacobs sigue sacando fotos para sus clientes, además de registrar con su lente la experiencia en la granja.

Para este año tiene previsto trabajar como agricultor asalariado mientras su esposa continúa trabajando como fotógrafa para el Boston Globe.

Para alcanzar la felicidad
Otra de las cosas que los granjeros aprenden desde muy temprano es que es más conveniente alquilar la parcela que cumplir el sueño de tener un terreno propio.
Hart alquila la suya y ahora que Jacobs terminó su curso en la escuela hará lo mismo.
Alquilar en vez de comprar, dice, le permitirá estar libre de deudas y por lo tanto sin preocupaciones financieras.

Sommerlad y su marido son dueños de su tierra, pero en vez de comprar un terreno caro, cultivan vegetales costosos -que venden en restaurantes y ferias- en una parcela muy pequeña en Vermont.

Hicimos las cosas de modo tal que si ganamos dinero es genial, pero si no, no vamos a pasar hambre”, explica Sommerlad.

Los tres novatos coinciden en que la alegría que les da trabajar en el campo supera por lejos el hecho de que esta actividad no genera grandes beneficios económicos, al menos por ahora.

Hart dice que su meta es ser autosuficiente y vivir de un modo sustentable.
Para Jacobs, ésta es su manera de alcanzar la felicidad.

“Una de las cosas que me hace no perder la esperanza en el mundo es dedicarme a la agricultura. Reducir mi huella de carbono y vivir de acuerdo a mis valores me trae mucha paz”.

Karen Weintraub
Fuente: BBC Mundo

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