Viernes 30 de Septiembre del 2016
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La felicidad no se compra ni se vende. Editorial de Jorge Dobner


Esta semana hemos conocido un nuevo ranking sobre los países más felices del mundo en el presente año. Por primera vez la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) incorpora la variable de flujos migratorios en relación a la felicidad descartando así las apreciaciones subjetivas de cada país. Hong Kong encabeza la lista, nada extraño para un gigante con alta vinculación al comercio internacional.

Lo que sí resulta significativo es que países como Japón (34) o Alemania (55) se encuentran muy por debajo de otros catalogados en vías de desarrollo, tal es el caso de Trinidad y Tobago (17), aún con su atractivo inversionista y espectacular crecimiento.

Incluso España (49) goza de mayor felicidad que los alemanes pues éstos con un sentido ciertamente autocrítico puntúan peor su entorno económico, político y social.

A menudo se puede pensar que el dinero da la dicha pero vemos que los resultados no reflejan una relación de proporcionalidad directa. De igual forma estudios anteriores tienden a desmitificar la asociación.

Ya en los años 80 la revista Forbes, que recoge el listado anual de las 100 personas más ricas del mundo decidió enviarles un cuestionario. Tan solo accedieron 49 pero sus respuestas evidenciaron que el 37 por ciento eran menos felices que el promedio norteamericano mientras que el 63 por ciento restante era poco más feliz que la media.

Luego ¿Qué nos hace ser felices?
Desde tiempos remotos supuso un enigma, el Antiguo Egipto como culto través de la deidad Bastet y los primeros pensadores, filósofos griegos argumentaban sobre ella.

Aristóteles decía “Solo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego”. Viene a confirmar que además de ilusión, esperanza, alegría también incorpora valores menos reconocidos pero igual de importantes: compromiso, sacrifico, hasta dolor.

Por eso al alcanzar una difícil meta sentimos más euforia y satisfacción sobre aquello que nos viene dado. La recompensa es por partida doble y aquí los factores psicológicos marcan la diferencia.

Cuando experimentamos felicidad hay algo de simbolismo, el valor sentimental de las cosas, recuerdos aún vivos. Opuesto al exceso del consumismo que olvida lo de hoy para pensar en la siguiente adquisición sin más referente que la producción en serie.
Porque pese a tener de todo quizá las generaciones pasadas hayan sido más felices que las vigentes. Frente a la adversidad entendían que ser feliz se compone de pequeños fragmentos, detalles cotidianos e intangibles, reunirse en la mesa o escuchar historias. Gracias a una mirada introspectiva que aliviaba cualquier factor externo.

Bien merece la pena rescatar la educación y buenas maneras de antaño sin por ello renunciar los avances que nos brinda el futuro.

Pues tal y como Antoine Saint-Exupéry recoge en su “El Principito”, fábula infantil para adultos: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Jorge Dobner
Editor
En Positivo

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