Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Algo bueno está sucediendo en la Iglesia. Entrevista con Julio Pérez Pinillos


“En el Vaticano algo muy bueno está sucediendo”.
La cita es a media tarde en la terraza del mesón La Barbacoa, en una de las barriadas madrileñas donde en la posguerra incivil surgían cada noche apresuradas chabolas y, más tarde, las casas baratas de Regiones Devastadas. Al lado hay una tienda de decomisos y desastradas paredes con carteles del 13 de septiembre de 1973, contra el golpe criminal de Pinochet. Es el Vallecas profundo. A tiro de piedra queda Palomeras Altas, donde estaba la chabola a la que se fue a vivir Francisco José Gómez Argüello Wirtz, Kiko, cuando se cayó del caballo burgués para fundar el Camino Neocatecumenal, los famosos Kikos. Julio Pérez Pinillos estuvo en esa chabola, y en mil más. Pertenecían a su parroquia.

Nacido pobre en la estepa del Cerrato, Pinillos se libró del arado gracias al seminario de Palencia, donde entró chiquillo y se hizo sacerdote a los 23 años, en 1964. La suya es una vocación inquebrantable pese a su vida ajetreada: cura obrero (21 años en una multinacional sueca; 3 de repartidor de farmacia y 10 como profesor); consiliario de la Juventud Obrera Católica por nombramiento del cardenal Tarancón; líder sindical encarcelado en Carabanchel por repartir octavillas sobre el Primero de Mayo, y presidente de la Federación Internacional de Sacerdotes Católicos Casados durante una década. Hoy vive ilusionado con las palabras de Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, sobre el debatible celibato en la Iglesia, y también con el papa Francisco.

“Sus gestos levantan esperanzas. Suena a verdad. Esas frases clave: que los curas y los obispos no sean carreristas, que huelan a oveja y no a pastor. Emilia lo conoce y me contagia gran ilusión”.

Emilia es su mujer desde 1977, la madre de sus tres hijas: Emilia Robles, excoordinadora de Somos Iglesia, el alma ahora del movimiento Proconcil. Se conocieron en la fábrica y es también gran creyente católica. “Me dejé enamorar por ella y nos fuimos a ver al obispo Iniesta [auxiliar de Tarancón para Vallecas] para decirle que nos casábamos. Me dijo que el paso que íbamos a dar era difícil, que nos enfrentábamos a una lucha dura y lenta, pero que si creíamos que era evangélico, el evangelio no le permitía a él decirnos que no era correcto lo que íbamos a hacer. “No os rompáis como pareja, caminad con las comunidades, acompañándolas, y que cuando nos veamos en adelante, sea para hablar de cómo vivimos el evangelio vosotros y yo”, les pidió.

Julio y Emilia se casaron sin sacerdote ante una veintena de curas y 200 invitados. “Nosotros presidíamos la boda como ministros celebrantes y nuestros padres fueron los testigos. Nos habían abierto sus brazos. Mi padre me dijo: ‘Lo que haces mucha gente no lo ve bien. Te criticarán. Pero los libros hablarán de ti”. Hoy cree que el celibato opcional, voluntario, está muy cerca. “Lo que escuchamos desde el Vaticano nos da esperanza; algo muy bueno está sucediendo”.

Hace 30 años que Pinillos almuerza cada martes en La Barbacoa con sus compañeros de fatigas, “para cargar pilas y hablar del trabajo del arciprestazgo”. Ha sido autosuficiente: no cobra ni un céntimo del Estado, que es el que paga los salarios de curas y obispos. “Mientras haya personas que me pidan ayuda, ahí estaré.

Siempre me han aceptado como lo que soy: un cura casado, un cura obrero. Jesús no preguntó en la última cena si había un célibe entre los 12”.

Juan G, Bedoya
Publicado en: El País

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