Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Nuevo Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo


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El imaginario colectivo mediterráneo en un museo.
El Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo, inaugurado en junio, intenta realzar la cultura de una región cuya identidad cultural y política no siempre es fácil de delimitar. En el mundo de la vela sucede lo mismo: si no se aprovecha el más mínimo soplo de viento, no se avanza.

El proyecto de un museo sobre las civilizaciones de Europa y del Mediterráneo, lanzado hace 13 años, se malogró por las vacilaciones entre París y Marsella acerca de su lugar de implantación. La razón práctica que justificaba la creación de un museo así ya resultaba un tanto artificial. El Museo Nacional de Artes y Tradiciones Populares, un establecimiento polvoriento inaugurado en 1936 en París, debía cerrar sus puertas y legar sus considerables fondos a la ciudad foceana.

Se eligió como emplazamiento un lugar en el puerto, al pie del viejo Fuerte de San Juan, y el francés meridional Rudy Ricciotti se hizo con el concurso de arquitectura para levantarlo.

Marsella tenía otras preocupaciones
Pero Marsella tenía que hacer frente a otros muchos problemas: las tensiones sociales entre los barrios del norte y del sur, por ejemplo, o el empobrecimiento de su población, de la cual un 15 % vive bajo el umbral de la pobreza. El proyecto del museo se puso entre paréntesis hasta que Marsella-Provenza fue elegida Capital Cultural Europea en 2013, hace cinco años. Esta elección aportó un nuevo impulso al proyecto y dio el pistoletazo de salida a un auténtico frenesí inmobiliario.

Ante la Marsella del tráfico de estupefacientes, de la mafia y de la economía sumergida, comenzó a florecer otra Marsella, la de los proyectos culturales, de la renovación urbana y del aburguesamiento que todo eso conlleva.

Marsella, una tierra de acogida de África del Norte y única megalópolis de Francia que no ha relegado a sus poblaciones desfavorecidas a los suburbios, está descubriendo que la cultura puede constituir un motor económico.

El Palacio Longchamp y el Museo Borély se han renovado y se han convertido en museos de bellas artes, Norman Foster se ha encargado de la remodelación a fondo del Puerto Viejo, y junto al Museo de Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo (MuCEM), inaugurado a comienzos de junio, se ha creado la “Villa Mediterránea”, por iniciativa de la Región.

No oponer el Norte y el Sur
Envuelto con una redecilla de hormigón negro, al imponente paralelepípedo de Rudy Ricciotti se puede acceder por el tejado, mediante dos pasarelas, o por la planta baja, desde los muelles. En cualquier caso, el edificio respira calidad.

Sin duda se trata de uno de los museos más logrados de los últimos años en Europa.

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Con una superficie de exposición de cerca de 4.000 metros cuadrados y su conexión con el Fuerte de San Juan y la ciudad antigua, gracias a esas pasarelas vertiginosas, el edificio es la vez un museo, una atracción y un nuevo símbolo de la ciudad. Sin embargo, los fondos que posee no facilitan la tarea del MuCEM. El museo etnográfico es un concepto anticuado, que se remonta al siglo XIX. Por ello, el MuCEM pretende crear un museo de las civilizaciones de un nuevo género.

Queda por saber cómo lo logrará, a juzgar por los fondos que ha heredado (medio millón de herramientas, objetos rituales, muebles, prendas de vestir, carteles y otras tantas fotografías) y por la inmensidad del perímetro geográfico que abarca. Una cosa está clara: se hará hincapié en los vínculos que unen al Mediterráneo y a Europa.

Pretende evitar que se oponga la Europa del Norte y la del Sur, como expone Thierry Fabre, responsable de la programación del MuCEM: la visión de un “imperio latino”, como la que introdujo en el debate el filósofo Giorgio Agamben ha sido interpretada sobre todo por el Norte como una declaración de guerra. Para Thierry Fabre, Europa siente una inclinación natural por el Mediterráneo, que se estancó después de Goethe, la Campaña de Egipto de Napoleón y la moda del orientalismo.

Un nuevo horizonte cultural
Thierry Fabre rechaza tajantemente los “discursos sentenciosos sobre el Mediterráneo, cuna de la civilización”. La reactivación de esta inclinación natural no se dirige contra el Norte, sino que se trataría más bien de afirmar una singularidad que con mucha frecuencia se desdeña.

En su opinión, el Mediterráneo posee una “identidad narrativa” que siempre ha sido sólida, tejida de historias y de imaginarios colectivos. Thierry Fabre no conoce ningún otro imaginario, ni atlántico, ni báltico, con el rigor del imaginario caribeño, que pueda ser comparable.

Para Thierry Fabre, el salto democrático que se ha producido en los países de África del Norte y la inestabilidad política que la acompaña son la confirmación de que el viento sopla del Sur. Desde los primeros sueños del Mediterráneo de los pioneros del socialismo después de Saint-Simon hasta el arrebato de Nietzsche por la ópera Carmen, pasando por las odas al sol de Picasso, se dibuja un nuevo horizonte cultural en el sur de Europa, como lo proclama el MuCEM basándose en elecciones poco arbitrarias. Un horizonte cultural cuyas lagunas subsanará el Sur, incluso políticamente.

En este sentido, la contribución del MuCEM dependerá de su capacidad de superar su primera finalidad, un tanto imprecisa. Si bien la sorprendente afluencia registrada desde su inauguración (350.000 personas) es un síntoma de éxito, aún no constituye un argumento sólido. Pero Marsella y su museo, situados en una falla determinante en Europa, vislumbran la posibilidad de un futuro del que no son los únicos guardianes.

Joseph Hanimann
Fuente: SÜDDEUTSCHE ZEITUNG MUNICH-Presseurope

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