Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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La permacultura es devolver a la tierra lo que hemos tomado de ella. Opinión de Rosemary Morrow


Rosemary Morrow

“Si haces algo bien de verdad, acabas mejorándolo todo”.
Entrevista a Rosemary Morrow, pionera de la permacultura.

Tengo 70 años y formo a formadores en permacultura para mejorar el planeta. Nací en Perth. Soy cuáquera: creo en el poder de la comunidad. Repensémoslo todo de nuevo con el sentido común de siempre. Colaboro con el Institut d’Arquitectura Avançada (IAAC) de Barcelona

 

El principio de la permacultura es devolver a la tierra lo que hemos tomado de ella y así crear un entorno sostenible en el que todo se renueve.

Bello y sencillo.
Para lograrlo, los tres principales objetivos son: cuidar de las personas, cuidar de la tierra y dar a los que no tienen lo que les sobra a quienes lo tienen todo.

Ese programa es más ambicioso que el cultivo ecológico de la alcachofa.
Porque no puedes hacer algo bien, por pequeño que sea, sin mejorar también el resto del sistema. Para cultivar con sentido, por ejemplo, hay que lograr también que lo cultivado tenga un precio justo que garantice una vida digna al permacultor.

Eso obliga a reformar los mercados.
Digamos que la permacultura explora todas las posibilidades de hacer las cosas mejor de lo que se hacen. En la agricultura, la permacultura es percibir la totalidad del sistema y después usar el sentido común. Mire allí…, por ejemplo.

Sólo veo una masía.
Pero hay que repensarla partiendo de las necesidades que quieres satisfacer con ella.

Yo no le veo ningún fallo.
Tiene un cobertizo en una colina. Y ese emplazamiento es un error, porque obliga al agricultor a subir la colina cargando los aperos de labranza, el abono…, todo.

Igual es que el límite de la parcela no llega más arriba o es de otro propietario.
Eso explica, pero no justifica que la ubicación sea inadecuada.

Cultivar bien requiere un enfoque integral, holístico, de la agricultura, que obliga a mejorar todo el entorno.

¿No es mero sentido común?
Sí, pero no es tan común, porque tendemos a juzgar cada necesidad de forma aislada sin verla en el mapa grande de las cosas, donde todo se integra e interactúa en patrones.

¿Qué son los “patrones”?
La naturaleza repite patrones con eficiencia: fíjese cómo se distribuyen las plantas y cómo vuelan los insectos y las aves. Siguen una serie de esquemas: sólo tenemos que estudiarlos e imitarlos y mejoraremos.

¿Matemáticas fractales?
Están en los inicios de la permacultura. Con ellas analizamos errores al organizar nuestras vidas y paisajes y adaptarnos al entorno. Vivir es repetirse, por eso cada pequeño detalle se multiplica y cada error también.

¿Hasta qué punto la permacultura puede pensar en todo e integrarlo todo?
Hace poco estuve en Timor Oriental…

Sufrió una horrible guerra civil.
Estaba allí dando una clase para formar profesores de permacultura y, de repente, se presentó un grupo de los antiguos colonos portugueses y me pidieron que saliera un momento del aula.

¿Y usted accedió?
Pues claro. Pero luego mis alumnos me explicaron que los colonos les habían hecho una oferta: “Concentremos las plantaciones -dijeron- y podremos cultivar café de forma muy rentable y ganar mucho dinero”.

¿No valía la pena estudiar la oferta?
La oferta llegó cuando mis alumnos se habían repartido la tierra ya para que cada familia tuviera su parcela. Y la rechazaron.

¿Y si el café les da más dinero?
El monocultivo permite especular a corto plazo, pero te fragiliza a largo: te hace dependiente de un precio y te pone en manos de los terratenientes, que controlan las reglas del juego en su beneficio. Al final, acabarás trabajando para ellos por una miseria.

Eso no es agricultura, sino política.

Debes pensar en verde. Y cuando vas a comprar café, preguntarte: ¿De dónde viene este café? ¿Qué precio tiene? ¿Quién se rompió la espalda cultivándolo y por qué esos niños que lo cultivan no están en la escuela?

¿Es una reflexión vital universal?
Es la permacultura. Preguntarse: ¿Qué sentido tiene cultivar café para explotar a otras personas? ¿Para qué quiero hacerme inmensamente rico si empobrezco a todos?

La ambición no siempre es avaricia.
Lo que me preocupa es dejar algo que valga la pena en este planeta: mejorarlo un poquito. Por eso, doy clases para formar a profesores de permacultura en muchos países, como aquí en Barcelona. Si esos profesores se limitan sólo a enseñar a plantar alcachofas ecológicas, no es suficiente para nadie.

¿Cuál es su estrategia, entonces?
Impregnar de mentalidad permacultora cada cultura local.

Que en las escuelas se enseñe a pensar de un modo integral, honesto y sincero para lograr armonía de los humanos y no humanos con el entorno. Una pequeña mejora puede llevar a otras grandes.

Pues le deseo mucha suerte.
Hablo de ser prácticos y racionales, porque los sistemas de explotación de la tierra y las personas no lo son. Son insostenibles y acaban generando catástrofes.

¿Por qué se hizo permacultora?
Soy de Perth, que derrochaba agua: mil litros por persona al día. En los setenta nos dimos cuenta de que el agua no es infinita y que no podríamos seguir así. Y leí a David Holmgren y Bill Mollison. Y descubrí un nuevo modo de pensar en todo, pero con el sentido común de siempre.

Nada es pequeño
Rosemary Morrow y los apóstoles de la permacultura descubrieron que si haces algo muy bien, aunque sea algo pequeño como cultivar coles, acabas mejorando todo el planeta.

La permacultura empezó así como un ensayo de cultura en su sentido original de ‘cultivar, crecer, crear…’. Y se ha convertido en una enmienda de sentido común a la totalidad egoísta del sistema, diseñado para que el 1 por ciento de los humanos posea el 99 por ciento de todo.

El poder de las cosas bien hechas lleva hoy al permacultor a luchar contra monocultivos especuladores para que sus huertecitos tengan sentido. Por eso, creen que no hay progreso individual sin compromiso colectivo.

Lluís Amiguet
Fuente: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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