Jueves 29 de Septiembre del 2016
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Confianza en la democracia humana, fe en la justicia divina. Opinión de Manuel Castells


manuel castells-castellsEl Papa y la presidenta.
La arenga del Papa a los jóvenes durante su visita a Brasil ha conmovido al mundo y ha alarmado a las burocracias eclesiástico-políticas. “Salid a la calle y armad lío”, les dijo mientras de soslayo pedía excusas a los atónitos obispos (459 en el país), a los que les conminó a dejar el clericalismo.

O sea, pasó a los creyentes como fuerza activa de la Iglesia. Es como si a los partidos políticos les dijeran que se pongan al servicio de los ciudadanos en lugar de utilizar sus votos y sus impuestos para disfrutar de los privilegios del poder.

Fue el mismo Papa el que insinuó el paralelismo entre los dos aparatos, el clerical y el político, al elogiar la política (“forma superior de la caridad”) contrastándola con la corrupción y abusos de poder que caracterizan a buena parte de los políticos en casi todos los países.

Ahora se va entendiendo el profundo calado de la inesperada dimisión de Benedicto XIII. Asqueado de la venalidad y la hipocresía de la curia vaticana, de sus mangoneos financieros y sus intrigas políticas, le faltaron las fuerzas para luchar contra todo ese sistema bien trabado que se perpetúa a sí mismo.

Y abrió un proceso en el que consiguió que no fueran los candidatos de la curia los que le sucedieran, aunque carecemos de información sobre la estrategia que llevó a cabo. Salvo que el hoy Francisco ya estuvo entre sus principales competidores en la elección anterior. Cualquiera que fuese el proceso, los resultados están claros.

El papado ha puesto en marcha un proceso de auténtica reforma de la Iglesia que va más allá de los gestos simbólicos de humildad y de campechanería del papa Francisco.

Es muy posible que disuelva el banco vaticano, ampliamente considerado un instrumento de lavado de dinero de mafias diversas bajo bendición cardenalicia. Y se apresta a desmontar los entramados de poder que desde la curia se ramifican en todo el planeta. Para ello le basta con seguir la pista de las redes de protección de la pederastia, lacra de la Iglesia que no se ha erradicado en parte por la omertà típica de las burocracias conspiratorias y en parte porque algunos notorios pederastas han estado y están en posiciones de poder eclesiástico.

Pero Francisco sabe que la batalla decisiva está fuera de los laberintos vaticanos. Si se queda encerrado, está perdido.

La batalla está en la sociedad, está en ganar las mentes de millones de católicos que ya no creen en la Iglesia aunque sigan creyendo en Dios.

Sólo en la medida en que muestre que con su audacia renovadora incrementa la influencia de la Iglesia y recupera terreno ante el demoledor avance de la competencia de los evangélicos, podrá encontrar aliados en las estructuras clericales. Renovar el catolicismo y renovar la Iglesia son dos caras de la misma moneda.

Es una apuesta arriesgada pero ineludible, porque esta institución bimilenaria ha entrado en un proceso acelerado de decadencia, al tiempo que la religión como tal está en auge en todas las áreas del mundo salvo en esa pequeña isla laica que es Europa occidental. Y la clave del futuro de la Iglesia católica está en América Latina, algo que no es ajeno a la elección del primer Papa de esa región.

Es precisamente en América Latina donde el desafío de las nuevas iglesias está haciendo retroceder al catolicismo, en particular en los sectores más pobres y más religiosos de la sociedad.

Permítame un testimonio personal. Hace quince años recibí una invitación del arzobispo de Bogotá en nombre de la Conferencia Episcopal de América Latina para presentar mi análisis de la situación en las grandes ciudades en la reunión de los arzobispos de las grandes áreas metropolitanas de todo el mundo. Interesante experiencia, pensé, y allí fui, a un convento transformado en fortaleza en medio de la violenta Bogotá. Fue mucho más interesante de lo que imaginé. Porque al entrar en la sala me di cuenta de que yo era el único seglar de la reunión y de que mis datos eran simplemente el estímulo para que sus eminencias pensaran estrategias para contener la hemorragia de su influencia espiritual entre los pobres urbanos.

No le cuento las conclusiones porque no sería profesionalmente ético. Pero sí puedo testimoniar de la profunda preocupación y conciencia de la jerarquía eclesiástica ante la crisis que estaba experimentando su influencia. Tenían claro que debían desligarse de sus vínculos con las oligarquías económicas y políticas si querían sobrevivir como institución espiritual. Más fácil dicho que hecho.

Pero es esa la estrategia en que incide el papa Francisco. Y como ya duda de la capacidad de auto-rreforma de sus obispos, llama a los jóvenes a sacudirlos de sus ataduras, porque claro está que los jóvenes son el futuro.

Es significativo que esta declaración del Papa se haya hecho en Brasil en el preciso momento en que el sistema político brasileño está siendo sacudido por manifestaciones multitudinarias de jóvenes contra la corrupción y la arrogancia de los partidos políticos.

Manifestaciones simbólicamente apoyadas por la presidenta Dilma Rousseff, que se está enfrentando a la mayoría de la clase política para llevar adelante su programa de reforma de las instituciones políticas como forma de reconectar la política con la sociedad.

Curiosa coincidencia histórica que una presidenta exmarxista y laica y un papa reformista converjan en apoyarse en los jóvenes para reformar las estructuras de poder que lideran.

Las dos más viejas instituciones de la historia, el Estado y la Iglesia, tratan de salvarse de sus propios demonios. Al tiempo que declaran su independencia respectiva. Lo hacen para sobrevivir, claro. Pero saben que su supervivencia institucional depende de que sus fieles y sus ciudadanos recuperen la confianza en la dignidad de quienes dicen representarlos.

Y saben también que políticos sin caridad y clérigos sin vergüenza están cavando su propia tumba y destruyendo el legado de los valores que los justifican: confianza en la democracia humana, fe en la justicia divina.

Manuel Castells
Publicado en: La Vanguardia

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