Sábado 01 de Octubre del 2016
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Opinión de Francesc de Carreras. Todos hemos nacido en algún lugar y vivimos en algún lugar


Francesc de CarrerasArendt frente a Scholem.
Todavía está en nuestras pantallas la película Hannah Arendt, se la recomiendo. Trata de la vida y las ideas de esta intelectual de estirpe judía, nacida en Hannover en 1906 y que, a partir de la subida de Hitler al poder, tras unos años en París, se trasladó a EE.UU., donde vivió hasta su muerte en 1975.

En sus años universitarios alemanes, Arendt estudió bajo la influencia de sus maestros Heidegger y Jaspers, pero su obra refleja un tipo de pensamiento original, al margen de las corrientes dominantes. La mayoría de sus escritos han sido traducidos al castellano.

La película se centra en un conocido episodio: los reportajes que Arendt publicó en la revista New Yorker sobre el famoso juicio a Eichmann, uno de los ejecutores del holocausto, capturado por un comando israelí en Buenos Aires y trasladado sin permiso de la justicia argentina a Jerusalén, donde fue juzgado, condenado a muerte y ejecutado. Arendt, a partir de estos artículos, publicó después su libro Eichmann en Jerusalén.

Un estudio sobre la banalidad del mal (Lumen, Barcelona, 1967). Estos reportajes, tal como se relata en el filme, le causaron complicaciones y rupturas personales con algunos de sus colegas y amigos judíos.

Uno de sus principales críticos en aquellos difíciles momentos fue el filósofo y teólogo israelita, de origen alemán Gerhard Scholem (1897-1982), profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén desde los primeros años veinte. Es famoso el cruce de cartas entre ambos a raíz de los controvertidos reportajes. Como complemento del filme, es interesante leer la respuesta de Arendt a la primera carta que le envía Scholem. Su texto completo figura en la recopilación H. Arendt, Lo que quiero es comprender (Trotta, Madrid, 2010), y dos son las principales ideas que queremos destacar.

En primer lugar, la independencia intelectual de la escritora, un componente esencial de su forma de ser y de pensar. Así, le dice Arendt a Scholem: “Lo que le confunde a usted es que mis argumentos y mi planteamiento no son previsibles.

O, dicho con otras palabras, que soy independiente. Con lo cual quiero decir, en primer lugar, que no milito en ninguna organización y hablo siempre a título personal. Y también, en segundo lugar, que intento pensar por mí misma (…)”.

Diez años después, en un coloquio público en la ciudad de Toronto, a la pregunta que le formuló Hans Morgenthau sobre si era conservadora o liberal, respondió de la siguiente manera: “Usted sabe que la izquierda piensa que soy conservadora, y los conservadores piensan a menudo que soy de izquierdas, o que voy por libre, o vaya usted a saber qué. Debo decirle que el asunto me deja completamente indiferente. No creo que de esta manera las verdaderas cuestiones de este siglo vayan a recibir ninguna luz, sea del tipo que sea”.

En segundo lugar, en coherencia con lo anterior, Arendt no niega su ascendencia judía pero considera que tal hecho no puede determinar sus actitudes ni pensamientos.

Así, cuando Scholem le recuerda su condición judía al decirle que “la considero enteramente parte de este pueblo (del pueblo judío)”, Arendt le replica: “La verdad es que nunca he pretendido ser nada distinto de lo que soy, ni siquiera he sentido la más mínima tentación al respecto. Lo contrario me parecería tan disparatado como pretender que soy hombre en vez de mujer (…) La condición judía es, para mí, uno de los hechos indudables de mi vida y nunca he pretendido modificar en nada tales facticidades.

Una actitud semejante de agradecimiento radical hacia aquello que es tal como es, que no ha sido hecho, tiene carácter prepolítico pero puede al tiempo (…) comportar consecuencias políticas negativas: torna imposibles determinadas formas de comportamiento, en mi opinión precisamente aquellas que usted pretende leer en mis afirmaciones. (…) No logro entender por qué me mete usted en un cajón en el que ni encajo ni he encajado nunca”.

Y cuando Scholem le reprocha que, como tantos otros intelectuales procedentes de la izquierda alemana, no observa el debido ahabath Israel (amor a Israel), se muestra totalmente de acuerdo:

“Tiene usted toda la razón cuando afirma que yo no siento un ‘amor’ semejante, y ello por dos razones. Primera, porque nunca en mi vida he ‘amado’ a pueblo o colectivo alguno, ni al alemán, ni al francés, ni al norteamericano, ni tampoco a la clase obrera o cualquier otra cosa de este tipo. En realidad sólo amo a mis amigos y me siento completamente incapaz de otra clase de amor.

En segundo lugar, tal amor a los judíos me resultaría sospechoso, puesto que yo misma soy judía. No me amo ni a mí misma ni nada de lo que sé que, de algún modo, pertenece a mi propia sustancia. (…) Así que, en este sentido, ni ‘amo’ a los judíos ni ‘creo’ en ellos; simplemente pertenezco a este pueblo de manera natural, fáctica”.

Todos hemos nacido en algún lugar y vivimos en algún lugar. Otra cosa es que “seamos propiedad” de este lugar y debamos adecuarnos a su “supuesta” forma de ser.

Hannah Arendt, una pensadora “imprevisible” que pensaba por sí misma. Vean la película, lean su biografía, estudien sus obras.

Francesc de Carreras
Publicado en: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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