Viernes 30 de Septiembre del 2016
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Opinión de Manuel Castells
La fuerza de los movimientos sociales espontáneos

Manuel Castells-Manuel-CastellsLa calle contra el islamismo.
Los movimientos sociales surgidos de la indignación contra las dictaduras eran y son, ante todo, democráticos y no religiosos

Cuando Mohamed Morsi ganó hace un año, por estrecho margen, la elección presidencial egipcia, los perennes escépticos del poder transformador de los movimientos sociales denunciaron la revolución de 2011 como la antesala del triunfo islamista.

Similares descalificaciones se aplicaron al conjunto de la primavera árabe. Y como la obsesión de EE.UU. y Europa siempre ha sido frenar el islamismo por todos los medios, analistas y políticos no entendieron la profundidad de la transformación que se había producido en las nuevas generaciones de países árabes y musulmanes.

Los movimientos sociales que surgieron de la indignación contra la insoportable opresión de las dictaduras apoyadas por Occidente eran y son, ante todo, movimientos democráticos y no religiosos.

También incluyen islamistas, porque son una fuerza esencial y organizada en la política de cada país, pero siempre se opusieron a que el islamismo fuese la bandera de la revolución.

Aunque los islamistas ganaron las primeras elecciones libres en Egipto, Túnez, Libia, Marruecos, fue sólo un reflejo de su pasado de resistencia a las dictaduras, no de su hegemonía entre los protagonistas de la revolución.

La verdadera transformación en todos los países fue el empoderamiento de quienes participaron en los movimientos y que decidieron que nunca más permitirían el secuestro de sus ideales de libertad, fuesen quienes fueran los que los gobernaran.

Por eso se opusieron a los militares en Egipto cuando intentaron imponer su control tras la caída de Mubarak. Fueron meses de resistencia en las calles contra la feroz represión de quienes hablaban de la revolución pero perseguían a los que la hicieron, en particular a las mujeres. Hasta forzar elecciones, que ganaron los Hermanos Musulmanes tras prometer que gobernarían para todos sin caer en la teocracia.

Promesa traicionada casi de inmediato. Morsi pudo desmantelar la jerarquía militar el 12 de agosto del 2012 con el apoyo del movimiento. Pero cuando decidió gobernar por decreto, situarse por encima de la magistratura y elaborar una Constitución sin respeto a las libertades ni los derechos de las mujeres, el movimiento se volvió en su contra.

El 4 de diciembre violentas manifestaciones ante el palacio presidencial se saldaron con 10 muertos. Desde entonces se inició una inmensa movilización popular que en las últimas semanas recabó 23 millones de firmas para una petición exigiendo la renuncia de Morsi, más firmas que los votos con los que fue elegido Morsi.

Como siempre, los ocupantes del poder se negaron a someterse de nuevo al veredicto popular. Y en esa tesitura, el ejército aprovechó para arreglar cuentas con Morsi, sabiendo que contaba con el apoyo popular mayoritario.

Aunque técnicamente sea un golpe, pertenece al tipo de acción militar que se apoya en un sentimiento popular para abrir un proceso constituyente que estabilice el país.

Algo así como el golpe de los militares revolucionarios de Portugal que derrocaron a la dictadura en 1974 entre el entusiasmo de la gente. Claro que cualquier poder militar tiene efectos colaterales, como la caza a los Hermanos Musulmanes y la represión arbitraria a quien se mueva.

Por eso el general Al Sisi, de nueva generación, se ha apresurado a nombrar como presidente provisional a un respetado jurista de formación parisina y a obtener la caución del Nobel de la Paz Mohamed El Baradei, posible candidato a unas elecciones constituyentes que no deberían tardar mucho en convocarse.

Mirando más allá de Egipto, observamos tendencias similares en otros países que fueron transformados por la primavera árabe, en particular en Túnez, donde los islamistas moderados de Enahda ganaron las elecciones pero fueron sometidos a la presión del movimiento hasta forzarles a negociar con partidos laicos y de izquierda y aceptar un consenso en el actual proceso de elaboración constitucional. O en Libia, donde tras un inicial periodo de influencia islamista se eligió hace un año una coalición de fuerzas democráticas.

Más significativo aún es la puesta en cuestión de la legitimidad democrática del islamismo en Turquía, a partir del momento en que Erdogan, el compadre de Zapatero en su Alianza de Civilizaciones, creyó que, tras ganar tres elecciones, podía mandar y ordenar como quisiera, iniciando una gradual islamización del país. De hecho, el AKP es la referencia explícita de los Hermanos Musulmanes en Egipto y del Gobierno islamista en Túnez.

Pero pese al crecimiento económico y la modernización de Turquía, cuando decidió desoír las demandas de los jóvenes de conservar el parque Gezi y ordenó la represión más violenta, se encontró con una respuesta masiva en decenas de ciudades turcas y con la retirada del apoyo que había logrado entre los profesionales e intelectuales que habían creído en sus promesas de democracia. Incluso en Irán, donde las bandas de esbirros de Ahmadineyad sofocaron a tiros el movimiento del 2009, tampoco desaparecieron las semillas de la esperanza.

Y hace dos semanas, en la elección presidencial, triunfó inesperadamente el candidato más democrático, dentro del islamismo, Hasan Rohani, que ofrece esperanzas de establecer un puente entre los ayatolás y una sociedad civil cada vez mas autónoma y audaz.

De modo que la fuerza de los movimientos sociales espontáneos y en red, que representan sobre todo a la nueva generación en países en donde la mayoría de la población está por debajo de los 40 años, está consiguiendo lo que EE.UU. o Francia no habían logrado apoyando las dictaduras en los países musulmanes: limitar el islamismo a su influencia real en la población y combatir cualquier signo de proyecto teocrático.

Y llegamos a la paradoja que el núcleo duro del islamismo hoy día (aparte de Irán, que aún es una teocracia) está formado por los regímenes de la península Arábiga, aliados estrechos de Occidente, guardianes a la vez de nuestro petróleo y de sus lugares santos.

Y aunque aún está abierto el proceso de la ininterrumpida primavera árabe (ahora también turca e iraní), podrían surgir sociedades modernizadas y democráticas pero en contradicción con un mundo occidental que las despreció y entregó a la tiranía.

Manuel Castells
Fuente: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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