Domingo 25 de Septiembre del 2016
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Poder caminar, en Pamplona o en Tahrir, como mujeres realmente libres


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Desde la Plaza Tahrir a las calles de Pamplona.
Las últimas semanas nos han llenado la mirada de imágenes impactantes. Desde la Plaza Tahrir a las calles de Pamplona, ??hemos visto mujeres arrastradas por una turba masculina, manoseadas, violentadas y vejadas.

En un caso, se trataba de una muchedumbre manipulada con fines políticos; en el otro, más prosaicamente, de un grupo de borrachos. Pero todos estaban seguros de ejercer un derecho ancestral sobre los cuerpos de las mujeres; todos sentían que, poseyéndolos, afirmaban su poder y su preeminencia, su placer, certificaban su identidad… o hacían daño a sus enemigos.

Esas imágenes no son una reminiscencia del pasado. Muy al contrario, nos hablan de una amenaza de cara al futuro.

Las violaciones del Cairo pretendían aterrorizar a las mujeres, expulsarlas de la Plaza: sin ellas no habrá revolución. Por su parte, las exacciones machistas de las fiestas navarras muestran hasta qué punto permanece latente en la sociedad una pulsión violenta contra las mujeres, un impulso que puede brotar de la masa humana atomizada y entregada a sus atavismos.

El sistema que nos rige, levantado sobre una desigualdad estructural entre hombres y mujeres, sus regímenes y gobiernos, recurren y recurrirán a esta violencia, atizándola o encubriéndola, con objeto de someter a las sociedades. Esa es la lectura que corresponde ante a unos hechos presentados, a menudo, como “daños colaterales” de grandes acontecimientos o como incidentes, quizás deleznables, pero sin mayor trascendencia.

Cada día se torna más evidente que no estamos atravesando —tan sólo— una dura recesión económica, un episodio cíclico y convulso de reajuste del capitalismo.

No. Nos encontramos ante una crisis multiforme y de largo recorrido, una auténtica crisis de civilización. Y, si en algo es perceptible la trascendencia del momento, es en la virulencia desatada por doquier en torno al cuerpo de las mujeres.

Su destino está en disputa y se convierte, al mismo tiempo, un terreno de batalla para la configuración de los nuevos paradigmas de nuestra época. La posibilidad, para el capitalismo, de asentar una correlación de fuerzas favorable a sus designios y de generar un nuevo orden —jurídico, institucional, de valores sociales…— adaptado a sus exigencias de explotación, de acumulación y de expansión, dependerá de una manera más decisiva que nunca de un choque, sordo y constante, que alcanza todos los ámbitos de las relaciones humanas: la colisión entre el esfuerzo de las mujeres por irrumpir en la escena de la historia… y la vigencia del patriarcado, de una dominación machista que, semejante a una hidra de cien cabezas, se convierte en el vector de todas las regresiones, de una decadencia y una barbarie anunciadas, y que constituye, finalmente, la clave de bóveda del propio capitalismo.

Como dice el sociólogo quebequés Richard Poulin, “los hombres visten y desnudan a las mujeres”. No es casual que, estos días también, la Generalitat de Catalunya haya vuelto a plantear la prohibición del burka en el espacio público. Una vez más, lo ha hecho de manera artificiosa y perversa, magnificando un fenómeno absolutamente minoritario e invocando “razones de seguridad”.

No nos extenderemos aquí subrayando la clara insinuación racista de una medida que focaliza la detección de supuestas amenazas terroristas en la vestimenta de algunas mujeres musulmanas. En realidad, las muchachas occidentales que modelan sus cuerpos o eligen su indumentaria según los estereotipos dominantes y las exigencias de la moda, están tan sometidas a la tiranía machista desde la atalaya de unos tacones vertiginosos como pueda estarlo una mujer musulmana bajo un velo tradicional.

Siguiendo unas u otras pautas, en última instancia dictadas por los hombres, el control sobre el cuerpo femenino se convierte así en un medio potentísimo a la hora de definir las relaciones sociales, inducir determinados comportamientos —en este caso, xenófobos— o tutelar el espacio público: el ámbito más inquietante para el poder, el lugar por excelencia de construcción de la ciudadanía… y la antítesis de esa esfera privada en la que el capitalismo patriarcal ha moldeado la identidad de las mujeres y a donde, sistemáticamente, pretende enviarlas de nuevo mediante la actual ofensiva neoliberal de desguace del Estado del bienestar.

El feminismo necesita un nuevo aliento. Pero no lo encontrará si no logra situar su discurso emancipador por encima de las falsas alternativas en las que el sistema pretende recluir a las mujeres hasta hacerlas enloquecer o renegar de sí mismas.

Ante la violencia abrumadora de la opresión, surge la tentación de hacer del estigma una bandera. Así, por ejemplo, indignadas ante las penosas condiciones que viven las mujeres prostituidas, algunas compañeras gritan: “¡Todas somos putas!”, creyendo mostrar así empatía y solidaridad.

Múltiple error: ni las feministas que dicen eso practican decenas de actos sexuales tarifados al día, ni las mujeres que se ven obligadas a ello merecen el calificativo de “putas”. (Un término misógino, cargado de odio y desprecio, que designa a la mujer prostituida como una criatura lasciva e indigna, proclive a “entregarse a todos los hombres”.

Y un término que, al igual que su traslación al lenguaje posmoderno y políticamente correcto —”trabajadoras sexuales”—, descarga sobre la mujer prostituida la responsabilidad de su prostitución, evacuando de un plumazo las violencias de género sufridas, la opresión racial y de clase… y desdibujando la figura de proxenetas y “clientes” prostituidores. La reciente noticia sobre el caso de una chica rumana, retrasada intelectualmente y que ha sido explotada durante años en diferentes burdeles desde Terrassa hasta La Junquera, ilustra de manera aterradora la brutalidad de este universo).

Que un colectivo intente sobrevivir construyendo una identidad desde la opresión, es plenamente comprensible, y hay que leerlo como una desesperada exigencia de respeto a una humanidad que le es negada.

Pero un movimiento de liberación, si realmente es tal, no puede enarbolar esa negación de humanidad, que los opresores imponen a través de múltiples violencias, visibles o subterráneas, como un argumento capaz de conmoverlos.

Caer en esa trampa supone dar crédito a los discursos que nos hablan de consentimiento, a las imágenes que nos muestran víctimas sonrientes. Un crimen es un crimen, más allá de la supuesta aceptación de quien lo padece. En este caso, la existencia de la prostitución como institución socialmente aceptada, legalmente regulada o simplemente tolerada, hace que las mujeres seamos percibidas como prostitutas reconocidas o, simplemente, “potenciales”; es decir, aquellas cuyo precio todavía no se ha fijado. Para el patriarcado y su sistema proxeneta, efectivamente, “todas somos putas”.

No nos liberaremos adoptando odiosas nociones que han sido forjadas como cadenas para las mujeres, sino revelando ante los ojos del mundo la injusticia que se esconde tras las mistificaciones del poder. No se trata de “transgredir” el orden patriarcal, se trata de abolirlo.

Nadie ha de dictaminar quiénes somos, a dónde vamos, cómo vestimos. Nadie debe reinar sobre nuestro cuerpo, transformándonos en mercancía, en trofeo, en campo de batalla.

Mientras una de nosotras pueda ser impunemente atacada o humillada, todas percibiremos la amenaza que nos conmina a volver al hogar, escenario de tantas violencias. O incluso a buscar refugio, una vez más en vano, tras un burka.

Debemos tejer nuestras propias palabras, claras y comprensibles para poder caminar, en Pamplona o en Tahrir, como mujeres realmente libres.

Sylviane Dahan Sellem
Vocal de Mujeres y Derechos Civiles de la FAVB (Federación de Asociaciones de Vecinas y Vecinos de Barcelona).

Fuente: Público

1 comentario

  1. Hanna Moreno Responder

    Lo peor es que nosotras formamos parte de ese machismo al aceptar y formar parte de esa educacion, formando hijos que algún dia serán machistas e hijas que se avergüencen de su feminidad :(

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