Lunes 26 de Septiembre del 2016
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La escritora francesa que denunció el capitalismo salvaje


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Viviane Forrester, la escritora que desenmascaró el capitalismo voraz.
Viviane Forrester, nacida Dreyfus (tomó el apellido de su segundo marido), pasará a la historia como una mujer valiente cuyas tesis audaces, escritura lúcida y compromiso vital la sitúan en las antípodas del intelectual de salón amable, omnicomprensivo y ocasionalmente exaltado (en su justa y serena medida).

Forrester, que nació el 29 de septiembre de 1925 en París, falleció el pasado 30 de abril en la capital francesa. Y aunque fue celebrada como novelista (Ainsi des exilés, L’oeil de la nuit), crítica literaria en las páginas de Le Monde y biógrafa de Virginia Wolf y Van Gogh, fue su condición de ensayista enragée (el razonamiento alimentado por la rabia o rage) la que le hizo traspasar las fronteras de su país y del ámbito literario.

En particular, su obra El horror económico (Fayard / Fondo de Cultura Económica), traducida a innumerables idiomas y distinguida con el Premio Médicis de 1996, constituye, quizá, su mejor legado a las generaciones actuales y futuras.

Esa herencia analítica de la que fuera cofundadora de Attac se materializa en una denuncia estremecedoramente profética de la destrucción progresiva del trabajo y la alienación de la ciudadanía a manos de un sistema ineficaz, corrupto e inasequible a la fiscalización o la autocrítica.

A esta dama de porte elegante y origen judío, que en 1943 se exilió temporalmente en España para huir del antisemitismo nazi, no se le cayeron los anillos por emplear términos importados de la teoría marxista, exponer la propaganda anestesiante o denunciar una “atmósfera totalitaria” marcada por la impotencia y sumisión de unos ante la dominación de otros.

Leer en 2013 su ensayo, que luego complementaría con Una extraña dictadura (2000), produce, tanto por su capacidad de discernimiento como por su filosófico amor a la envoltura formal de las ideas, un placer equiparable a leer a Rafael Sánchez Ferlosio (en particular, Non olet), Noam Chomsky, Susan George o Naomi Klein.

Forrester entabló una lucha quijotesca contra “la concepción del trabajo y del desempleo” y afirmó que “nos hacen seguir administrando crisis al cabo de las cuales se supone que saldremos de la pesadilla”, para terminar lamentando “el sufrimiento irreversible de las masas sacrificadas”.

Ya en 1996, esta parisina de voz dulce y habla robusta escribía lo siguiente: “A los parados se les inculca esa vergüenza que conduce a la sumisión plena, que desalienta toda reacción distinta de la resignación”. Veía, consternada, cómo “se induce a aquellos a quienes se avasalla a mendigar un trabajo, de cualquier tipo y a cualquier precio (es decir, el menor)”. Y, en un lacerante paralelismo cronológico, criticaba que a muchos de los desposeídos “con frecuencia no se los contrata ni se los contratará más”, mientras “vegetan, sobre todo los jóvenes, en un degradante vacío sin límites”.

En su obra-faro, Forrester denunció lo que consideraba eufemismos envenenados, como plan social (expresión francesa equivalente a la española expediente de regulación de empleo), mientras “términos como ganancia, proletariado, capitalismo, explotación e, ¡incluso esas clases por ahora impermeables a toda lucha! caen en el encanto del desuso”.

¿Cómo llegamos a semejante amnesia?, se preguntaba Forrester. La autora apuntaba a dos factores causantes de que hayamos perdido el coraje de llamar a las cosas por su nombre real: el miedo a caer en ridículo y la utilización de dichos términos por antiguos regímenes totalitarios.

Como idea vehicular de sus escritos aparece el rechazo de la indiferencia, que “permite todas las exacciones, las desviaciones más funestas”, ya sea frente a la miseria o frente al Holocausto. Es una idea que luego retomaría en su ensayo sobre el conflicto israelo-palestino El crimen occidental (2004).

Viviane Forrester dio cuenta de su itinerario como escritora, del amor y el desamor y otros marcadores vitales en su último libro publicado, Rue de Rivoli, un diario escrito desde la atalaya fértil de la vejez.

Su hijo, Bernard Stoloff, anunció tras el deceso que su madre preparaba un ensayo sobre la situación económica actual, que publicará la editorial Seuil. Un dato que encaja con la entrevista de France Culture radiada con ocasión de la publicación de Rue de Rivoli y Dans la fureur glaciale en 2011. En ella, la escritora rememora un paseo con Octavio Paz por las calles de Venecia y la pregunta que ambos se hacían: “¿Por qué escribimos?”. Ella respondió, con la aquiescencia del ilustre mexicano: “Para morir un poco menos”.

Juan Peces
Fuente: El País

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