Miercoles 28 de Septiembre del 2016
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Opinión de Marius Carol
Los columnistas y el pesimismo

maruis carolEl columnista abrumado.
Nick Nolte interpretaba a un veterano periodista del Chicago Chronicle en la película I love trouble, tan encantado de haberse conocido que creía que lo que menos importaba de su trabajo era el texto que rellenaba el hueco que dejaba libre su firma en la columna de opinión.

El columnista suele ser una persona con voluntad de interpretar la realidad, de analizar sus disfunciones, de regenerar la sociedad. Por eso mismo tiene especial consideración en el mundo del periodismo, así que goza de prestigio y respetabilidad social. E incluso de un cierto poder al poner el foco en determinados acontecimientos, contribuyendo a generar eso que se llama opinión pública.

El día en que uno pone el punto final sabiendo que el artículo le ha salido redondo aspira a que el ordenador le aplauda, como Orson Welles pensaba que le ocurriría un día con su máquina de escribir. Eso era lo que pretendía dar a entender Nolte cuando pensaba que su firma era el mensaje casi tanto como la columna.

Pero de un tiempo a esta parte, uno se encuentra con lectores que afean al columnista el hecho de que los articulistas nunca miran la actualidad con optimismo y, lo que es peor, en su selección de los asuntos que les preocupan, las opiniones acaban por sumergirse en las miserias, las incapacidades y las corrupciones de la vida política, que dejan al lector con mal cuerpo.

Por otra parte, produce frustración el intentar un juicio moral o una crítica edificante que no sea una voz en el desierto. Fernando Vallespín escribía recientemente en El País que el columnista contempla la realidad y esta le devuelve más de lo mismo: “Es como trabajar en un hospital rodeado de enfermos”. Y considera que su drama es no poder relajarse con algo menos escabroso como son los deportes, la cultura o la gastronomía.

El columnista anda abrumado por una realidad neblinosa que no escampa.

Los atributos del articulista de opinión deberían ser la originalidad de las situaciones y la provocación de los planteamientos. No obstante, últimamente hay quien sostiene que el columnista escribe siempre el mismo artículo cambiando nombres y ciudades, de tal modo que acaba por ser previsible o aburrido.

En la época en que un caso de corrupción sorprendía y un abuso de poder escandalizaba, el columnista levantaba su pluma como si fuera la lanza de san Jorge para ensartar la mentira.

Ahora la actualidad es un barrizal en el que el ciudadano puede ser devorado por las arenas movedizas. En un país en que el jefe del Estado y el del Gobierno sufren el chantaje de examigas y extesoreros, en que presidentes de las autonomías suben al barco de narcotraficantes, en que el dinero del paro andaluz enriquece a altos cargos, en que con las subvenciones a la música un vividor monta su orfeón financiero, el columnista necesita aire más que tiempo y el lector paciencia más que rabia.

Marius Carol
Fuente: La Vanguardia

En Positivo no se identifica necesariamente con las opiniones publicadas que reflejan el pensamiento del columnista excepto, cuando los editoriales o artículos son firmados por la propia redacción.

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