Martes 27 de Septiembre del 2016
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El mundo es hoy, un lugar mucho más seguro que en el pasado.


Portrait of a boy with the map of the world painted on his face.

“El mundo es hoy menos peligroso de lo que creemos”

Una densa niebla, una fina lluvia y la omnipresencia de charcos enfangados a resultas de la nieve derretida confirman que Boston se resiste a desprenderse de los crudos inviernos, aquellos que la caracterizan tanto como las toneladas de materia gris que circulan por sus colleges. Sin embargo, la situación se ve muy distinta desde lo más alto del William James Hall, el centro que acoge la Universidad de Psicología, Sociología y Antropología Social en Harvard, allá donde B. F. Skinner trabajó en el proyecto Pelícano –amaestrando palomas para a emplearlas como proyectiles suicidas en la Segunda Guerra Mundial– y S. S. Stevens estableció las cuatro escalas de la medición científica.

En un gigantesco despacho –que incluye una poblada biblioteca, sillones, mesa de reuniones, dos ordenadores Mac de última generación y una amplia cristalera con vistas a un río Charles muy cerca de desembocar en el Atlántico tras cruzar por veintidós ciudades– investiga y escribe uno de los psicólogos más relevantes, célebres y polémicos del mundo.

Steven Pinker (Montreal, 1954) combina la autoridad que emana de ser catedrático de Psicología Experimental, director del Centro de Neurociencia Cognitiva del Instituto de Tecnología de Massachusetts y miembro de la Academia América de las Artes y las Ciencias con la popularidad que le ha brindado escribir best sellers en torno al comportamiento humano no exentos de controversia y poseer un fuerte gancho mediático.

A esto último contribuye su look a lo viejo rockero, que incluye vestir con frecuencia de negro riguroso y lucir una melena de rizos blancos que, debe reconocerse, combina bien con sus ojos verdes. En su libro más reciente, Los ángeles que llevamos dentro (Paidós), demuestra, a base de un riguroso análisis histórico y de abundantes estadísticas, que la violencia experimenta una caída libre desde hace siglos. Lo creamos o no, lo percibamos o no, vivimos con astronómica diferencia en la era más pacífica jamás vista.

¿Qué le condujo a especializarse en psicología experimental?

La psicología me atraía por el modo en que cubre un abanico de cuestiones eternas como cuál es la naturaleza de la inteligencia o de qué modo se genera la conciencia humana. Muchos ámbitos de las ciencias sociales buscan respuesta a estos asuntos, también la filosofía y la literatura, pero la psicología ofrece la posibilidad de acercarse a ellos experimentando, con métodos empíricos. Su ventaja es que no te desplazas por un vacío de datos.

¿Qué continúa sorprendiéndole del cerebro humano por muchas décadas que hayan transcurrido desde que empezó a estudiarlo?

La existencia de la conciencia humana, que bien puede ser el misterio a un tiempo más fascinante y permanente al que nos enfrentamos. Esto no quiere decir que no pueda ser estudiada científicamente, pues los procesos cerebrales y la dicotomía conciencia/inconsciencia se han abordado mucho, pero lo puramente subjetivo, todo aquello que es irreproducible en unos robots hiperinteligentes, quizás no deje jamás de ser una incógnita.

Su especialidad es la adquisición del lenguaje por parte de los niños.

Es increíble el modo en que el cerebro procesa la información lógica, el mero hecho de que seamos capaces de captar la diferencia entre la frase “el perro mordió al hombre” y “el hombre mordió al perro”, o entre “podemos engañar a todos a ratos” y “podemos engañar a algunos todo el rato”. También resulta apabullante la habilidad de los niños para aprender su idioma materno: a los tres años pueden seguir una conversación sin haber sido enseñados, amén de que con frecuencia son más rápidos que los adultos a la hora de asimilar un segundo idioma.

Hay muchos más motivos para maravillarse, como nuestra capacidad de analizar visualmente una escena, de entrar en una habitación desconocida y abrirnos camino hasta una silla sin tropezar con nada. O el análisis auditivo, que estemos facultados para escuchar una conversación al mismo tiempo que suena música de fondo o el aire acondicionado murmura, es decir, de separar todas las fuentes de sonido y unirlas en una sola y compleja onda. Y me paro aquí porque no acabaríamos nunca…

Entrando en materia de su último libro, el hecho de que a la mayoría le resulte difícil creer que la violencia tiene un papel mucho menor en la sociedad actual del que se le adjudica ¿explica que vivamos con unos niveles de temor y ansiedad injustificados?

Es muy probable. Somos más capaces que nunca de ofrecer noticias desde cualquier rincón del globo, pero estas siguen versando sobre lo que ocurre y no sobre lo que no ocurre.

Mientras la violencia no sea cero continuará habiendo material de sobra para llenar noticiarios.

Y, puesto que el sentido humano del riesgo se rige por incidentes vívidos antes que por estadísticas, estamos convencidos de que el mundo es mucho más peligroso de lo que en realidad es.

Nadie tiene a un reportero en Mozambique informando de que hace treinta años que se acabó la guerra civil o en aquellos países latinoamericanos donde reina la paz más absoluta.

Sólo si te fijas en los números podrás advertir hasta qué extremos el mundo es un lugar mucho más seguro que en el pasado.

De modo que la culpa se reparte entre nuestra forma de interpretar el mundo psicológicamente y de cubrirlo ­informativamente.

Exacto. Es la suma combinada de las prácticas de los medios de comunicación y el modo que tienen nuestros procesos cognitivos de registrar de forma intuitiva conceptos como el riesgo o el peligro. Estos últimos también provocan que la gente albergue, por lo general, más miedo de volar que de ir en coche, cuando lo segundo implica una amenaza mucho mayor.

¿Masacres como la del colegio de Newtown magnifican en el inconsciente colectivo el grado de violencia que nos rodea?

Episodios así suponen una diminuta fracción de la violencia global. Ni siquiera dentro de los límites de Estados Unidos, donde se producen 16.000 homicidios al año, son representativas de nada. Quizás estas matanzas se han incrementado un poco en los últimos años, pero siguen siendo tan excepcionales que no permiten hablar en ningún caso de una tendencia. Cuando algo es tan infrecuente, nos revelamos impotentes a la hora de explicarlo, pues cualquier mínimo error de estimación incluiría a cientos de miles de individuos que jamás cometerán estos actos tan bárbaros. Se señalan los videojuegos, el aislamiento del adolescente, el síndrome de Asperger, el disponer de armas en casa…, pero analizaríamos incontables casos que concentran varios de estos factores y ninguno de ellos actuaría igual. Enfrentada a este tipo de rarezas, la ciencia se queda sin palabras.

¿Hay algún estudio que demuestre que el progreso tecnológico aumenta la paz global?

Las estadísticas demuestran que las guerras de hoy son muchísimo menos destructivas que las de apenas unas décadas atrás, aquellas que dependían de la artillería, de tanques y bombarderos.

De hecho, las guerras más cruentas en curso, la de Congo y la de Siria, no implican vigilancia electrónica, drones (vehículos aéreos no tripulados) y alta tecnología en general. En comparación, la guerra de Afganistán ha causado muchas menos bajas en un periodo de tiempo mucho mayor.

¿De qué maneras piensa que un incremento significativo del poder de las mujeres beneficiaría al orden mundial?

Está demostrado que las sociedades que otorgan más cuotas de poder a las mujeres disfrutan de menores niveles de violencia, si bien es difícil precisar cuál es la causa y cuál el efecto.

Las mujeres, sin ninguna duda, son capaces de desplegar violencia, pero muy raramente la consideran la salida más adecuada a un conflicto.

Dos de las cinco causas principales que desembocan en violencia resultan más atrayentes para el hombre: la obtención de gloria, poder y dominación, por un lado, y su empleo como arma vengativa, por el otro. En otras formas de entender la violencia como, por ejemplo, en tanto que alternativa racional (responder a las hostilidades de un vecino), las diferencias de género son menos significativas.

También expone cómo la contracepción es un factor clave de equilibrio.

Por descontado. Aquellas sociedades, especialmente en Oriente Medio y el África subsahariana, en las que la mujer es desprovista del poder de decidir sobre su propia reproducción, se la obliga a contraer matrimonio muy joven y no se le facilitan métodos anticonceptivos tienen, por lo general, más hijos de los que desearían, lo que aboca a un desempleo masivo entre los jóvenes. Si a esto le sumamos la poligamia, factor que reduce la posibilidad de aquellos de formar una familia, el escenario no podría ser más conflictivo.

Si las mujeres controlaran su reproducción, estos desajustes demográficos se minimizarían, y con ellos, la probabilidad de episodios violentos.

Su libro documenta de forma exhaustiva una disminución progresiva de la violencia en los últimos siglos, pero ¿qué puede ocurrir en el futuro? ¿Confía en que persistirá esta caída libre?

Contra la creencia popular, no existe un movimiento pendular en la historia y tampoco ningún patrón. No es tan sencillo como decir: “Puesto que un país o el mundo entero ha vivido sin violencia por X tiempo, se avecina una escalada de tensiones que multiplicará las posibilidades de que aquella estalle”.

En cualquier territorio pueden producirse choques impredecibles, repuntes inesperados, lo que es muy diferente a la ley del péndulo, la cual marcaría que, tras tantas décadas sin algo, ahora toca ese algo. Nadie puede garantizar que una nueva guerra es imposible, pero con idéntica seguridad podemos afirmar que no es inevitable.

Hay categorías de violencia que todo apunta a que seguirán decreciendo: la institucional, la dirigida contra las mujeres y los niños (abusos sexuales, bullying…), la étnica, la pena capital (se apunta al 2027 para su total erradicación… También se antoja muy improbable que grandes potencias y países en desarrollo entren en guerra.

Al menos, tanto como que vuelva la esclavitud o la quema en piras de personas, o su destripamiento en plazas públicas, formas salvajes de ajusticiamiento que una vez erradicadas desaparecen definitivamente.

¿Y las guerras civiles?

Las guerras civiles también están a la baja, ya que los países se están enriqueciendo, la democracia gana puntos, el intercambio comercial va al alza, el crecimiento de la población se equilibra… Así pues, los factores de riesgo van por la dirección correcta, pero, de todos modos, hay un grado de aleatoriedad que impide lanzar predicciones sobre su plena evaporación.

En un planeta con siete mil millones de personas siempre existirá la posibilidad de que un grupo de jóvenes radicales funde un frente popular de liberación e inicie una guerra civil.

Debemos ser humildes sobre nuestra capacidad de anticiparnos al futuro porque hemos demostrado una reiterada incompetencia al respecto.

¿La capacidad para avanzar en la lucha contra el cambio climático forma parte de un cambio de conciencia que ha contribuido a reducir los niveles de violencia globales?

Sin duda. Con frecuencia las mismas personas al frente de las organizaciones medioambientales forman parte de las que abogan por la reducción de la violencia. En cierto modo, las primeras pueden ser vistas como una extensión de la preocupación moral por las generaciones futuras, mientras que las segundas reflejan una preocupación moral por las personas de la misma generación. Otra cuestión es si el fracaso en evitar la degeneración medioambiental puede traer un aumento de la violencia, lo que no está nada claro. Causará sin duda muchos daños, miseria, sufrimiento y desperdicios, pero no necesariamente desencadenará guerras.

¿Nadie se mata por la deforestación o los gases de efecto invernadero?

Las guerras efectivamente no se juegan sobre el tablero de la salud medioambiental. Sus desencadenantes son el miedo, la gloria, la venganza, la ideología, la justicia, los agravios… Los tsunamis de Indonesia y Japón tuvieron consecuencias horripilantes, pero no hicieron sonar los tambores de guerra. Contra lo que dictan las teorías materialistas y deterministas, según las cuales la guerra de Iraq se hizo por el petróleo y la de Vietnam por el tungsteno, en la lucha por los recursos naturales no se halla el origen de los conflictos bélicos, una afirmación así es dogmática. En el último siglo sólo un número insignificante de choques bélicos ha tenido detrás los minerales, el petróleo o el agua.

En Los ángeles que llevamos dentro tiene un reconocimiento muy especial para los defensores de los derechos de los animales.

Al contrario que en otras áreas donde existe un interés propio que explica la reducción de la violencia, caso de los efectos pacificadores del intercambio comercial, el respeto a los derechos de los animales resulta especialmente encomiable ya que no lo activa otra cosa que la compasión. El aumento de los vegetarianos y de las leyes que protegen a los animales o la reducción del número de cazadores nace de la pura conciencia, no hay motivaciones económicas detrás.

Quizás no han conseguido tantos avances como otros movimientos, pero están ganando impulso, lo que los convierte en un indicador fiable más del descenso de la ola global de violencia.

Su defensa de la ficción como generadora de empatía supone todo un alegato a favor de la lectura.

Leer ficción nos permite ejercitar la musculatura solidaria que posee la imaginación, ese acercarse a lo que supone ser otras personas, que es una de las acepciones de la empatía. Leer no ficción nos permite acrecentar los conocimientos sobre cómo funciona el mundo, lo que reducirá el riesgo de ser víctimas de intoxicaciones ideológicas, de caer en pensamientos paranoicos y conspirativos del tipo: “Los judíos controlan el mundo en la sombra”, “los negros nos roban el trabajo”, “Obama pretende implantar la charia en Estados Unidos”…

A su modo de ver, la adopción de muchas de las recetas del liberalismo clásico ha resultado determinante para la paz y el equilibrio social.

Por encima de todo, el liberalismo clásico se diferencia del marxismo de izquierdas y del nacionalismo de derechas en que antepone los derechos del individuo sobre la clase, la raza, la nación, la religión… Coloca pues el acento en los deseos y las necesidades de hombres, mujeres y niños por encima de lo que dictan la tradición y la autoridad. De modo que, con la excepción de los marginales grupos ultras a ambos lados, sean estos neonazis o neomaoístas, puede afirmarse rotundamente que el mundo se ha vuelto más liberal.

Hoy incluso la mayoría de los partidos conservadores lo son más que las formaciones políticas que se llamaban a sí mismas liberales hace 50 o 60 años. Una prueba irrefutable es que en Estados Unidos, que en muchos asuntos va más retrasada que gran parte de Europa, ya no hay debate acerca de la segregación racial o del acceso de la mujer al ejército, o que las prácticas homosexuales en privado ya no son punibles sino que ahora el foco está sobre el matrimonio gay.

Frente a los que claman por un empobrecimiento intelectual, usted sostiene que cada vez somos más listos.

Los tests de inteligencia lo demuestran sin dejar resquicio para la duda. Tomemos como ejemplo la televisión: siempre ha habido programas estúpidos, pero ahora circulan productos de una sofisticación, de un ritmo y de una complejidad narrativa asombrosos, jamás vistas, que exigen una mente rápida y despierta para su descodificación.

La cooperación, ya sea en el ámbito familiar o en el económico, parece ser el quid para mantener a raya la violencia.

Gran parte de la violencia masculina consiste en competir por el dominio, el estatus o el prestigio, mientras que la vida en pareja y el cuidado de los hijos son formas de cooperar con los otros que apartan a los hombres de las peleas en los bares o los disuaden de pertenecer a bandas criminales.

En cuanto a la cooperación económica, funciona uniendo los intereses de diversas partes, surge de entender que, por muchas que sean las diferencias que nos separan, “lo que es bueno para ti es bueno para mí”, o, expresado de forma más cruda, “si bombardeo China, me quedo sin el que me fabrica el iPhone”.

La principal conclusión es algo tan zen como “si tú estás bien, yo estoy bien”.

Al final del libro sugiero una posible teoría unificadora que explique el descenso de la violencia a partir de una variación del “dilema del prisionero” al que rebautizo “dilema del pacifista”.

En pocas palabras, consiste en que todo el mundo está mejor si decide no recurrir a la violencia porque esta provoca más daños que beneficios.

Y esto, incluso si a título particular me conviene causar daño a otro, ya que, a largo plazo, un agresor puede convertirse en víctima y viceversa. La lógica dicta que depongamos las armas, el problema es cómo conseguir que el prójimo tome tu mismo camino de forma simultánea, ya que un pacifista unilateral puede ser fácilmente devorado.

Todos los mecanismos que han conseguido reducir la violencia han tenido en común que han dado con el modo de presentar las ventajas de la paz como mucho más atractivas que sus desventajas.

Antonio Lozano
Fuente: La Vanguardia

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Steven PinkerSteven Pinker (Montreal, 1954) combina la autoridad que emana de ser catedrático de Psicología Experimental, director del Centro de Neurociencia Cognitiva del Instituto de Tecnología de Massachusetts y miembro de la Academia América de las Artes y las Ciencias con la popularidad que le ha brindado escribir best sellers en torno al comportamiento humano

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